Ricardo III, otra obra magistral de William Shakespeare,
es un gran tratado sobre la psicología del mal político. El drama teje la
compleja interrelación entre los fenómenos de poder, autoridad, y el papel del
líder (más bien, la ausencia del mismo) en la evolución de un orden de libertad
y legitimidad. Los temas giran alrededor de la esquizofrenia, así como un
absoluto pesimismo sobre el presente, y el futuro, de la sociedad—culminando la
profecía relatada en Ricardo II sobre
las últimas consecuencias, de tiranía y de sangre, de farsa y de soledad, que
derivan de la ausencia de un régimen legítimo.
Ricardo III es el
arquetipo del poder absoluto. Es un anti-héroe, más
allá del bien y del mal, en un universo donde todos los participantes tienen
una mancha moral, una cola que pisar, una responsabilidad
que compartir en la corrupción del régimen. Sin duda, este tirano exhibe
virtudes supremas en su búsqueda del trono. No tiene piedad en la ejecución de
sus enemigos, incluso presume abiertamente su amoralidad. Hasta inicia su drama
con un canto al cinismo: “este es el invierno de nuestro pesar.” En un mundo
lleno de enanos morales, Ricardo no tiene nada que perder. Incluso, hace lo que
hace porque está aburrido. Se propone, contra viento y marea, realizar lo
imposible—llegar a la cima del trono, a toda costa, cueste lo que cueste.
Esta
característica lo hace atractivo. Ricardo III intenta reinventarse, ser rey no
tan solo de la sociedad, sino de la realidad, conquistando el mundo de acuerdo
a su código, a su visión, a su pasión. Está conciente que no podemos cuestionar
moralmente su figura sin pedir el principio, y por ello declara “la conciencia
es una palabra que usan los cobardes para asustar a los fuertes.” Shakespeare nos comparte una profunda lección política en esta
caracterización de horror moral. En la realidad descrita, todo se encuentra
fuera de lugar—el cuerpo político, el lenguaje, las normas morales, el matrimonio,
hasta las aberraciones físicas de Ricardo. En esas condiciones, sin un orden de
pesos y contrapesos que limiten el ejercicio voluntarioso del poder, emergen figuras
colosales con proyectos alternativos, con regímenes paralelos, antagonistas que
mandan al diablo las instituciones vigentes con tal de poder asumir la silla
del reinado.
Sin
un orden de instituciones, todo se vale, por lo cual, en épocas de crisis, no
hay forma de asegurar que la consciencia dé el resultado moral deseable. El
acenso de héroes y antihéroes es producto de un vacío institucional, de la
ausencia de tradiciones, ley escrita y no escrita. Un orden de libertad y
responsabilidad aborrece la figura mesiánica, ya sean estos buenos, malos o
trágicos.
Ricardo
es el apostador por excelencia. Vaya, hasta se atreve a ordenar el asesinato de
sus primos—“deseo ver a los bastardos muertos.” Su
odio al ser humano refleja, en el fondo, un complejo de inferioridad, lo que
produce una incapacidad de empalizar. Desea hacer lo imposible, no la libertad,
sino la liberación de todos. No es un trasgresor con un deseo de revolucionar
el orden, como lo pretendió ser Enrique Lancaster, ni
siquiera una figura seducida por el poder absoluto y la corrupción absoluta. Es
un drama, una novela, un presumido que quiere mostrar, a toda costa, su
machismo desviado, en un contexto de corrupción, de enanismo moral, donde ningún
alma se salva de la suciedad del entorno. Es un maestro en la manipulación de
su corte, del corazón popular y la mentalidad colectiva. Es, pues, un tirano
por excelencia—motivado por el poder, por el impulso afrodisíaco de controlar y
humillar a otros.
Ricardo III
es una demostración de las consecuencias de libertad sin restricción, sin el
contrapeso de leyes, en una sociedad carente de legitimidad, de reglas
sencillas para este mundo complicado, de derecho y tradición. La simbología
prevaleciente es la de infierno, de veneno, de frío y de traición. La lección,
en el fondo, es que, para evitar los horrores de un Ricardo III, una sociedad
requiere pesos y contrapesos, normas que limiten los abusos de nuestras
ambiciones personales de explotar el poder, sin consideración al resto de los
miembros de nuestra sociedad.