Si la solución para lidiar con el
problema que plantean para la economía mexicana la existencia de monopolios no
es adoptar controles de precios que causarían daños mucho más severos que los
que se pretenden prevenir, como discutimos en días pasados, ¿qué podemos hacer
al respecto?
Hay que empezar, antes que nada, por
definir de qué estamos hablando. Existe un monopolio puro o absoluto cuando hay
una sola empresa que ofrece un producto o un servicio para el que no existen
substitutos cercanos, en un mercado determinado.
Obviamente al ser la única empresa
en el mercado puede vender su producto o servicio más caro de lo que podría
hacerlo de haber competencia, por lo que la existencia de monopolios favorece
enormemente a los accionistas de la empresa a costa de los consumidores que
pagan precios más elevados.
Para que pueda existir un monopolio
puro, además de haber una sola empresa cuyo producto o servicio no tenga
substitutos cercanos, es necesario que haya barreras que impidan el acceso de
otras empresas a ese mercado, barreras que pueden ser naturales o artificiales.
Un monopolio “natural” es aquel en
el que los costos fijos para instalarse en un mercado son tan elevados que hacen
imposible que acudan a ofrecer ese servicio o producto más oferentes.
Normalmente en estos casos las economías de escala son tan importantes que
sería muy ineficiente tener varias empresas.
Ejemplos típicos de monopolios
naturales son las empresas que ofrecen los servicios de agua, drenaje o gas
entubado en una ciudad, la distribución de fluido eléctrico, y servicios de
transporte público como el metro, aunque este tiene substitutos más o menos
cercanos en el transporte público de superficie.
Para evitar que los monopolios
naturales abusen de su situación se justifica que las autoridades los regulen o
que ellas mismas ofrezcan el servicio. En el primer caso, se puede inducir a la
empresa a que mantenga costos elevados, al asegurarle un margen de utilidad
independientemente de su eficiencia.
En el segundo caso se tiene la
virtual certeza que la entidad estatal encargada de ofrecer el servicio en
cuestión será ineficiente porque no existen los incentivos para que no lo sea.
Este caso está claramente ejemplificado por el servicio de agua potable en la
ciudad de México que su nuevo alcalde, Marcelo
Ebrard,
colocó en el centro de la atención pública en días pasados.
El servicio de agua potable en la
capital es malo y caro para quienes tienen instalado medidor, mientras que es
virtualmente gratuito para quienes no lo tienen y pagan una cuota fija o, peor
aún, están conectados al servicio en forma clandestina. Además, es sabido que
la red de distribución se encuentra en un estado desastroso por lo que se
desperdicia una gran cantidad de agua.
En la última casa que tuve en
Si la regulación pública no funciona
apropiadamente y los monopolios naturales en manos burocráticas menos, ¿cuál es
la solución? Subastar el servicio al mejor postor periódicamente y otorgarle el
contrato a la empresa que ofrezca proporcionar el mejor servicio al menor
precio.
Si bien los monopolios naturales plantean
problemas graves para llegar a la solución económica y de equidad óptima, ese
no es el caso de los monopolios que no son naturales porque para ellos las
barreras a la entrada de nuevos competidores son artificiales.
Mañana exploraré el caso de estos
monopolios “antinaturales.”