La columna de las objeciones a los impuestos a lo
socialmente nocivo es casi tan abultada como la columna de las ventajas de
estos instrumentos de política pública. Lo cierto es que este es un terreno en
el que, sin perder de vista la necesidad de preservar la libertad de elección
de cada persona, no caben las respuestas absolutas.
No sabemos. Lo que hoy nos parece una externalidad negativa con el paso del tiempo –y con el
avance científico y tecnológico- podría desaparecer. También puede suceder lo
inverso, que lo que hoy nos parece una externalidad
que merece premiarse –digamos, sustituir el uso de los derivados del petróleo
por el uso de energéticos “verdes” como combustible- genere excrecencias
nocivas e indeseables que no habíamos previsto. (En cierta forma, esto está
sucediendo con el uso de aceite de palma como energético alternativo que está
causando, indeseablemente, la devastación de selvas en algunas regiones del
sudeste de Asia).
Ya se mencionó ayer el problema clave de la
elasticidad de la demanda ante aumentos en los precios. El caso específico de
los impuestos al tabaco ha mostrado que el tabaquismo es una adicción
suficientemente poderosa como para volver casi inelástica la demanda de los
fumadores adictos. Se conjetura que, de cualquier forma, en el caso de los
impuestos al tabaco y otros “impuestos al pecado” o pigouvianos,
la recaudación puede destinarse a paliar los daños a la salud causados por esa
adicción; pero es obvio que los beneficios de la prevención –abstención del
tabaco- son infinitamente superiores a los beneficios del mejor tratamiento
médico disponible una vez que el daño está hecho.
La objeción de fondo se refiere al respeto
irrestricto que los gobiernos deben tener hacia la libertad de elección de las
personas. Pero, puestos a elegir, siempre será preferible que el gobierno
incentive determinadas conductas mediante herramientas no-coercitivas (como un
gravamen) a que se erija en supremo policía autoritario que prohíba y castigue
conductas que se consideran indeseables. Tal es el caso, dramático, de las
llamadas drogas duras. Vista la ineficacia y las terribles consecuencias
derivadas de la prohibición de tales drogas (incremento sustancial de la violencia
y de la criminalidad, porque la prohibición genera un gigantesco incentivo
perverso de carácter económico a favor del tráfico ilegal), parece claro que
sería más eficaz –y más respetuoso de la libertad de elegir- optar por la
legalización de los estupefacientes pero gravarlos con impuestos pigouvianos (y destinar los recursos recaudados a campañas
de prevención y de información masiva sobre los terribles daños que causan
tales drogas: “Usted elije cómo matarse:
Es más barato e indoloro arrojarse a las vías del tren que inhalar cocaína”),
aunque el solo planteamiento de la legalización escandaliza todavía a muchos.
Habrá que seguir con el asunto.