La mayoría
de los jóvenes estudiantes en Hispanoamérica tienen, así sea vagamente, una
noción de lo que fue y significó
Sin embargo,
la incruenta revolución inglesa que terminó con el absolutismo monárquico y
engendró la fundamental carta de los derechos individuales (bill
of rights) a la
libertad y a la propiedad, es la verdadera piedra fundacional de la democracia
moderna. La algarada francesa, en cambio, plena de episodios de masas, que
embelleció románticamente Víctor Hugo, que concluiría en el terror, en la
guillotina y, más tarde, en los sueños napoleónicos de grandeza inhumana, poco
tiene para dejarnos en materia de enseñanza democrática.
Curioso
sesgo de nuestra educación. Curioso “olvido” de uno de los episodios
fundacionales del mundo moderno y de la política práctica. Curiosa exaltación
del idealismo revolucionario de masas desposeídas y de los “purificadores”
baños de sangre, que contrasta con el desdén hacia la misma noción de la
política como pacto civilizado y civilizador entre intereses contrapuestos,
como hazaña práctica del profundo respeto a la libertad individual y a los
derechos de propiedad.
El
historiador Robert Conquest
ha hecho una inteligente disección de lo que significan estas cosmovisiones
contrapuestas. Hablando de lo que nos dejó
Pocas veces,
como en los acontecimientos político-electorales que van de
Nos faltó,
nos sigue faltando –como al sediento, el agua- la cultura de la doble “L”: Ley
y Libertad.