Mayores
pensiones a jubilados, más aportaciones a estados y municipios, mayores subsidios
a campesinos, más fondos para universidades públicas, mayor presupuesto para
fomentar el turismo, más recursos para indígenas y mujeres, más apoyos fiscales
a las pequeñas y medianas empresas, más presupuesto para combatir el SIDA,
mayores recursos para la protección ecológica, más dinero para dar más
educación básica y salud a los mexicanos, mayores recursos para el fomento a la
cultura y el deporte, más recursos para atender adicciones, mayores subsidios
para adquirir vivienda, mayores transferencias fiscales a paraestatales como
PEMEX, IMSS, CFE, ISSSTE, Luz y Fuerza del Centro, más recursos para la ciencia
y la investigación, más recursos a partidos políticos, mayor apoyo para
combatir el “calentamiento global”, más y más lana del contribuyente para
apoyar actividades que los políticos consideran “prioritarias” y “necesarias”
para los mexicanos.
Nuevamente,
da tristeza el pobre criterio técnico para asignar los recursos escasos del contribuyente.
Nuevamente surgen los forcejeos para pelear por el presupuesto público.
Nuevamente, los políticos y sus grupos de interés peleando por los recursos de
los contribuyentes. Nuevamente, el jaloneo por la cobija presupuestal nos
recuerda el monstruo gubernamental que los políticos mexicanos han creado.
Nuevamente la feroz pelea por los recursos del contribuyente nos recuerda qué
tan mal gasta el gobierno.
Si
hiciéramos un análisis serio de la rentabilidad social del gasto público (ver
si los beneficios sociales son mayores a los costos sociales para tal ó cual
obra y/o servicio público), la mayor parte de los proyectos del gobierno serían
rotundamente cancelados. De ahí la reticencia de muchos grupos de interés por
no querer ser evaluados con metodologías científicas de la economía (análisis
costo-beneficio, costo efectividad, programación lineal, métodos econométricos)
en las tareas de gasto que realizan con las aportaciones del erario.
Analicemos
un caso amigo lector, para que vea la irracionalidad con que operan los
políticos y algunos periodistas que los secundan.
La semana
pasada, el rector de
La
desigualdad educativa se ha incrementado en los últimos años. Mientras que la
población de menores recursos (aquella que se encuentra en el último decil de ingresos), revela un promedio escolar de 5.5 años
cursados (ni siquiera alcanzan los 6 de la primaria), la población de más altos
ingresos (la que está situada en el decil más alto)
posee un promedio educativo de 13.3 años cursados. ¿Por qué decimos que la
brecha educativa entre ricos y pobres ha crecido? Hace 20 años, la población
pobre tenía un promedio de 2.9 años cursados, mientras la población rica poseía
un promedio educativo de 9 años. Esto significa que de haber una brecha de 6
años hace dos décadas, hoy el diferencial se ha ampliado a casi 8 años. Ahí
está el detalle amigo lector. Estas cifras nos demuestran por qué el gasto
público destinado a educación se ha ido principalmente a los niveles medio y
superior, lo que claramente beneficia a los más ricos. La enorme mayoría de
nuestra población no estudiará en una universidad pública ó privada. La
propuesta del equipo económico del Presidente Calderón era correcta. Reducir el
presupuesto a educación superior y aumentarlo a la educación básica iría en
favor de la equidad.
También
hay que dejar claro que no basta con destinar gasto público creciente para
mejorar nuestro nivel educativo. En los últimos años el gasto público creciente
destinado a la educación básica ha ido a parar no a mejorar los métodos de
enseñanza y/o a mayor capacitación pedagógica de los maestros ó a mejorar la
infraestructura de las primarias y secundarias. No, la mayor parte del gasto
público destinado a educación básica ha ido a parar a las arcas de los líderes
sindicales. Los resultados: líderes sindicales con propiedades en Miami,
maestros mal preparados (y metidos en la grilla) que no desquitan el sueldo y
alumnos que en los exámenes internacionales de educación básica salen evaluados
en el penúltimo lugar. No, definitivamente no, mayor gasto público no es para
nada sinónimo de eficiencia.
Lástima
del inútil diputado presidente de
Los
jaloneos recientes presupuestales nos dan cuenta de qué tan urgente es realizar
la reforma fiscal. Nadie, nadie quiere perder sus privilegios fiscales. Es
necesario, asimismo, insistir en que NO es el gasto público el que resolverá
todos nuestros problemas. Al contrario, la exigencia de mayor gasto público,
omitiendo las bases sobre las que se financiará dicho gasto, nos puede meter en
serios problemas. En la economía alguien tiene que pagar lo que otro gasta, y
esa persona es casi siempre el contribuyente. Nada es gratis en la economía. Si
el gobierno le da lana a un sector es por que ya le quitó a otro. Si el
gobierno se endeuda porque gasta más, significará que en el futuro tendrá que
haber más impuestos para pagar los excesos de la erogación (alguien tiene que
pagar) ó que se verán deteriorados determinados servicios públicos esenciales
como seguridad pública e impartición de justicia por
otorgar recursos fiscales a sectores privilegiados como lo son los grupos de
interés.
Aparentemente, el presupuesto cumplirá con
Si agregamos los requerimientos financieros del sector público (RFSP)
que incluye conceptos no tomados en cuenta en el balance fiscal tradicional
como lo son los recursos de infraestructura en el sector energético
(PIDIREGAS), los pagos de deuda del IPAB, el rescate carretero, los
requerimientos de la banca de desarrollo y los fondos de fomento, vemos que el
déficit fiscal real aumentara en un 100%, pasando de 0.8 del PIB a 1.6% (estos
son datos contenidos en el paquete presupuestal del mismo gobierno). ¿Por qué?
Primero, porque nadie quiere ceder en términos de austeridad (no bastó la
pequeña señal de austeridad de la actual administración), segundo, porque
tenemos un gobierno grandote que lo mismo tiene que invertir en educación y
seguridad que en producir electricidad, petróleo, gas, gasolina, fomentar el
turismo (haciéndole “gratis” la chamba a los hoteleros), ofrecer servicios
médicos, sostener las dietas caras de los ineficientes diputados (por cierto,
que vergüenza, PRI, PRD y PT se oponen ferozmente a que les reduzcan su
presupuesto, vaya con estos falsos paladines de la austeridad, vividores es lo
que son), financiar a las mafias incrustadas en los distintos partidos
políticos, otorgar subsidios vía la onerosa banca de desarrollo, fomentar la
cultura (haciéndole el favor a los intelectuales ricos de izquierda) y el
deporte, etc., etc.. La triste realidad es que tenemos un gobierno obeso y
oneroso produciendo bienes que el sector privado podría perfectamente ofrecer
con mayor eficiencia y eficacia. De nada sirve cumplir con
Recuerde siempre amigo lector, gobierno gastalón, pueblo pobre. Es urgente avanzar en la cultura de
evaluación del gasto público. Es urgente una reforma fiscal que limite el
funcionamiento del gobierno a sus tareas esenciales y que acabe de una vez por
todas con todos los privilegiados grupos de interés que año con año se pelean
por una tajada de los recursos de las personas productivas: los contribuyentes.