Uno de los compromisos
de campaña más importantes de Felipe Calderón fue la propuesta de implementar un
sistema fiscal basado en el impuesto único. Esta alternativa equivale a un
verdadero “borrón y cuenta nueva” con el laberinto tributario que el país ha
heredado de un pasado fiscal caracterizado por privilegios, evasión,
complejidad, baja tributación y corrupción.
En términos generales,
un sistema de impuesto único gravaría el ingreso y gravaría el consumo… y nada
más. Todos los impuestos especiales y las tasas adicionales (con la posible
excepción de los impuestos ecológicos o los de salud, como el impuesto al
tabaco) se eliminarían. Empero, todos los tratamientos especiales (con la
posible excepción de una exención para las familias mas necesitadas) también se
eliminarían. Absolutamente todos: las exenciones, las deducciones, las
compensaciones, los regímenes preferenciales o tasas diferenciadas, los
subsidios fiscales, los créditos, los incentivos—todo ese vasto universo de
parches que ha generado la necesidad de contratar a ejércitos de contadores,
abogados y fiscalistas para cumplir con la ley sin
tener que cumplir con la obligación tributaria.
En un estupendo estudio
sobre la materia, Adolfo Gutiérrez Chávez nos comparte tres condiciones para
que el impuesto único genere efectos positivos en
Por
otro lado, la tasa del impuesto debe ser baja, menor a la tasa total de
impuestos que paga la sociedad bajo la estructura impositiva vigente. Las tasas
altas reducen la base tributaria, ya que los agentes tienden ver un mayor costo
de oportunidad en cumplir que en evadir. El resultado final es una distorsión
generalizada en el sistema de productividad. En palabras políticamente
correctas: la forma más efectiva de incrementar la progresividad,
y recaudar más de los ricos, es bajar la tasa marginal de impuesto.
Una
última condición para un borrón y cuenta nueva exitosa es que, en un marco de
impuesto único, la tasa del impuesto debe ser la misma para todos, independientemente
de su ingreso; es decir, la tasa marginal debe ser igual a la tasa general. Una
tasa “única” mantiene la equidad horizontal, mientras que para cumplir con la
llamada equidad vertical se puede introducir un monto exento, igual para todos
los agentes. Ello permite otorgar la famosa “progresividad”
al nuevo sistema fiscal, ya que propicia una incidencia creciente en la medida
que aumenta el nivel de ingreso.
Ahora
bien, en el documento aludido, el autor se pregunta: ¿cuál debe ser la tasa del
impuesto único? Todo depende de los objetivos. Pero el objetivo de un impuesto
único no es elevar la recaudación (aunque sí la eleva), sino eficientar y hacer más competitivo el sistema fiscal. Por
ello, la tasa única debe ser equivalente a la tasa que permita el mismo nivel
de recaudación actual. Esa tasa, según este análisis, es de 22%.
Esta es una
propuesta mucho más competitiva que el esquema de tasas vigentes, pero la tasa
es todavía demasiado alta en comparación a nuestros principales competidores en
el actual universo de regímenes de inversión. Pero incluso a esa tasa marginal,
este tipo de borrón y cuenta nueva fiscal daría un formidable aliento económico
a las perspectivas de crecimiento del país.