En cierta forma el preámbulo de la democracia moderna
empieza el 30 de enero de 1649 con un decapitado: Carlos I de Inglaterra. Más
allá de sus aciertos o desaciertos como gobernante, a ese monarca le costó la
vida sostener un principio que resultó disfuncional con una sociedad de hombres
rabiosamente libres. Carlos I rehusó someterse al juicio de tales hombres.
Apeló, como lo habría hecho cualquier otro monarca de la época, al derecho
divino: Ninguna corte humana podía juzgarlo ya que su autoridad, aseguraba,
provenía del mismo Dios.
Sin embargo, esa sociedad de hombres libres lo juzgó
y ordenó su ejecución pública como traidor.
A la distancia, la ejecución de Carlos I parece un
hecho execrable, un exceso injustificado que, sin embargo, unos años más tarde,
en 1688, funcionó como la “amenaza creíble” en el pacto que limitó para siempre
el absolutismo. La lección en contra del absolutismo se aplicó no sólo a los
reyes, sino incluso a los gobiernos republicanos, como quedaría claro, un siglo
después, en la revolución de independencia que daría a luz a los Estados Unidos
de América.
En un agudo análisis de la llamada “gloriosa revolución”
de 1688, Douglass C. North
y Barry R. Weingast (Constitutions and Commitment:The Evolution of Institutions Governing Public Choice in Seventeenth-Century England, The Journal of
Economic History, December 1989), muestran como el nuevo acuerdo entre la
monarquía inglesa y el parlamento, representante de esa sociedad de hombres
libres, no fue una típica declaración de ideales abstractos, sino un pacto
entre partes con cláusulas específicas, amenazas creíbles, establecido para
preservar los derechos individuales a la libertad, a la propiedad y a la
riqueza derivada de ella. Tal acuerdo hizo posible la prosperidad de Inglaterra
y del Reino Unido en los años posteriores. Sólo a partir de ese acuerdo
fundamental –un ejemplo vivo del tan predicado “contrato social”- podemos
entender fenómenos posteriores como la revolución industrial y la decidida
apuesta de
Hay en estos episodios históricos una lección actual
para países como México, que están a la búsqueda a la vez de una democracia
consolidada y de una prosperidad generalizada: El buen gobierno no llegará por
una dádiva providencial o un azar venturoso, sino a partir de acuerdos y pactos
que limiten el poder y preserven los derechos fundamentales del hombre a la
libertad, la seguridad y la garantía irrestricta de los derechos de propiedad.
La ley y la libertad, la doble “L”, sigue siendo la asignatura más importante
que debemos cursar y aprobar.