Supongo que alentados por las fiestas navideñas, los
editores de The Economist han
destinado su artículo principal de esta semana al viejo asunto de si la
prosperidad derivada de la economía de libre competencia en los mercados, si el
capitalismo, para decirlo con una palabra fuerte, nos hace más o menos felices.
La mayoría de la gente sabe la respuesta: La felicidad no es
un asunto de economía, ni siquiera de sistemas políticos más o menos
equitativos que nos hagan sentir mejor. La conclusión de la revista mata muchas
ilusiones pero es certera: “El capitalismo puede hacer que te vaya mejor. Y
también dejarte libre para ser tan infeliz cómo tu elijas. Pedirle más es
pedirle demasiado”.
Otra manera de decirlo: El capitalismo NO está
contraindicado para la felicidad, pero tampoco es el medicamento de
prescripción para lograrla.
Lo sorprendente no es esto, sino que multitud de políticos,
estrategas de mercado, publicistas, ideólogos de ocasión, consideren pertinente
medir los resultados de un sistema de derechos de propiedad, producción y
distribución de bienes y servicios, en términos de felicidad producida.
Ridículo. No saben lo que es la felicidad.
Una economía que funciona bien es aquella en la que los
recursos escasos se emplean de la forma más razonable, respetando la libertad y
la propiedad de cada cual, lo que genera un aumento significativo en el
bienestar material del mayor número posible de personas. Nada más y nada menos.
No es la bienaventuranza, ni el paraíso eterno. Sólo es el arreglo más inteligente
que podemos encontrar para que, sin que nadie sea despojado de su libertad ni
de lo que es suyo de pleno derecho, podamos aumentar el caudal de satisfactores
materiales disponibles para el mayor número posible de personas. Una batalla
bien ganada contra la escasez, pero una batalla de una guerra interminable, en
la que la escasez seguirá siendo, aquí en la tierra, la norma.
Por supuesto, la privación de bienes, la escasez, suele
producir infelicidad. Pero la abundancia de bienes materiales tampoco genera felicidad
automática.
Tengo para mí que la mayor parte del odio que concita la
economía de libre mercado entre muchas personas radica en que esas mismas
personas están buscando la felicidad donde no puede estar. Tal odio tiene su
raíz en la envidia –el pesar por el bien ajeno- que es una de las condiciones
más tristes en que puede caer el ser humano. La envidia es una deformación
cognoscitiva que nos hace pensar que sólo puedo ser feliz si el prójimo es
infeliz. A poco que lo meditemos veremos que es esa cosmovisión de “suma cero”
–lo que tiene “A” le resta necesariamente a lo que tiene “B”-, la fórmula
perfecta para la infelicidad. Esa sí. La envidia.