La economía parece
estar condenada a permanecer en una eterna disyuntiva entre los resultados de
investigaciones analíticas sobre el fenómeno de la escasez (por lo cual, la economía
estudia, precisamente, cómo economizar)
y el romance de la política, donde los políticos suelen interpretar la economía
como instrumento para dirigir, orientar, y repartir recursos, con fines
preconcebidos y flamantes promesas de campaña.
Para bien o para mal,
ello ha derivado en una serie de propuestas que se repiten ad nauseam, que ya forman parte de la
sabiduría convencional en los círculos de debate, tanto político como popular.
Una de las inocencias más sonantes, que persiste en el debate (en los medios,
entre empresarios, ciertamente entre políticos), a pesar de la brutal evidencia
empírica en su contra, es que la estrategia de estabilizar la unidad de cuenta
(o sea, bajar la inflación y consolidar un clima de estabilidad de precios) se
ha logrado a costas de un bajo crecimiento y una acelerada pérdida de
competitividad.
Esta versión tropical
de la famosa curva de Phillips, implica que para
crecer, para generar empleo, debemos sacrificar la austeridad, y reconsiderar
el papel del banco central como garante de la estabilidad del poder
adquisitivo. Y ello se repite como si fuese ciencia exacta, incluso como un
dogma de religión proto-económica. Una inocencia que
se deriva de este dogma es que, al bajar la inflación, se ha acelerado la
apreciación de la moneda, y con ello la sobre-valuación
del peso frente al dólar (por lo cual es rarísimo, entonces, que tengamos
superávit comercial con, ni más ni menos, la zona dólar).
Para ser competitivos,
hay que idear un esquema de ingeniería cambiaria basado en depreciaciones
controladas, que arrojen mayor empleo, y mayor crecimiento. Este dogma ha
sobrevivido toda la experiencia con un sistema de flotación. Además, es
contradictorio: si hay mayor crecimiento, mayor inversión, habrá una
revalorización de la cotización del clima mexicano de inversión—lo cual se
refleja en una apreciación de la unidad de cuenta, o sea, el tipo de cambio. Si
algo vale más, es porque se revalúa, no porque se devalúa. Así lo avalan los resultados:
en los últimos treinta años, las potencias exportadoras del mundo han vivido un
proceso sistemático de apreciación cambiaria.
En las palabras de Donald Brash, arquitecto de la
política monetaria de estabilidad de Nueva Zelanda, la cual es, hoy por hoy,
una de las economías más competitivas del mundo: “si se quiere fortalecer el
salario real, la implicación es que a pesar de ello, los exportadores podrán seguir desafiando a las
importaciones, o compitiendo en el exterior al tipo de cambio prevaleciente, y
que podrán hacerlo, a pesar de aumentos salariales. Si desean una depreciación
del tipo de cambio, por implicación están diciendo que desean reducir los
salarios reales. No pueden afirmar que pretenden ambos, un tipo de cambio
depreciado y mejores salarios, o, por lo menos, no lo pueden afirmar con
seriedad.”
O simplemente se trata
de inocencia, la inocencia de desconocer los principios del costo de
oportunidad, o de las ventajas comparativas, o del papel de los incentivos en
un mundo de escasez. En este sentido, la inocencia económica suprema es, sin
duda, que los problemas económicos actuales se deben solucionar por medio de
recursos públicos, y una mayor distribución de la riqueza. ¿No habrá mejores,
si bien más difíciles, soluciones a los problemas que vivimos? ¿Es cierto que
el ogro filantrópico hace siempre mejor las cosas que los particulares comunes
y corrientes?
¿Será que nos hemos puesto a pensar,
en serio, sobre las consecuencias de vivir en un mundo de escasez, donde la
riqueza se debe crear antes de repartir? ¿O, estaremos, por desgracia, por
destino, por eterno subdesarrollo mental, condenados a debatir estos temas como
si cada día del año es el 28 de diciembre?