La discusión es mucho más vieja de lo que se cree. Y desde
antiguo ha sido resuelta, en el plano de las razones y los argumentos, en
contra de los subsidios a “lo bueno”.
Un prestigiado intelectual francés, a quien identificaremos
–por ahora- como “L”, argumentó a favor de los subsidios públicos a la
producción de obras teatrales en su país diciendo que la cuestión económica del
asunto se resume en una palabra: Empleos. “Se trata –decía- de empleos tan
productivos como cualesquiera otros. Los teatros, como ustedes saben, aportan
los salarios de no menos de ocho mil trabajadores de todo tipo: pintores,
albañiles, decoradores, encargados del vestuario, arquitectos, que son la vida
y la industria de muchos de los barrios de esta capital, y ellos claman por
recibir el apoyo de vuestras simpatías”.
Un economista contemporáneo, a quien llamaremos “B”, le
contestaba al intelectual: “¿Recibir mis simpatías o mis subsidios?”.
Terminaba su perorata el intelectual diciendo, más o menos,
que esos miles de trabajadores encargados de llevar diversión y cultura a
cientos de miles de franceses, no sólo en Paris, sino en las provincias,
necesitaban proveer las necesidades de sus familias y tener una vida digna. Es
a ellos, remataba, “a quienes estaremos dando esos sesenta mil francos (del
presupuesto público) que hoy se discuten”.
Aplausos de la asamblea y gritos entusiastas: “¡Muy bien!”.
Respondía el economista: “¡Muy mal!”. Y explicaba: “Esos 60
mil francos es lo que se ve. Pero de
dónde saldrá ese dinero, a quién se le quitará y en qué dejará de gastarse, es lo que no se ve”. El punto central
es que cualquier gasto público significa impedir que ese dinero sea gastado por
las personas o las familias en lo que mejor les parezca. Significa un gasto
privado que dejará de hacerse. ¿Quién será tan arrogante para dictaminar que es
mejor gastar ese dinero en una obra de teatro que en unos zapatos o en una
reparación de plomería en un hogar pobre o en una frazada para protegerse del
frío?, ¿quién será tan arrogante para decir que el autor de una comedia teatral
es superior al zapatero, al plomero, al hilandero o al fabricante de ropa?
El intelectual de la historia se llamaba Alphonse
Marie Louise de Lamartine.
El economista Frederic Bastiat.
La discusión tuvo lugar en la asamblea francesa alrededor de 1848.
Si hacer obras de teatro es tan fértil y productivo como
fabricar zapatos, reparar cañerías o confeccionar ropa –como, en efecto, debe
serlo- muy bien puede florecer esa manifestación del arte y la cultura sin
necesidad de subsidios.