Miami (AIPE)- Diecisiete años después de la caída del Muro de Berlín, es
impresionante e indiscutible el éxito logrado por los socialistas en América
Latina, confundiendo y engañando a la gente. Dos de sus más flagrantes mentiras
es que la libre competencia y el libre mercado favorecen a los empresarios en
perjuicio de los pobres; la otra es que los gobernantes y burócratas siempre saben
lo que más conviene a todos los ciudadanos, como si la población de un país
fuese incapaz de pensar y actuar por sí mismos, seleccionar o decidir en base a
sus propios gustos, intereses y ambiciones en la vida. Para el socialista, el
individuo no existe sino que forma parte de una masa amorfa y no-pensante a
quien el gobierno tiene la misión cuasi-divina de
alimentar, guiar, educar, manipular, cuidar, darle techo, curar y enterrar,
asegurándose por encima de todo que no alboroten el pensamiento de los demás ni
se hagan olas en contra de la verdad partidista.
Durante mucho tiempo se le ha dado el beneficio de la duda al socialismo,
creyendo que el fin justifica los medios y que el burócrata es mejor persona que
el comerciante o el inversionista. Pero la cruda realidad es que Perón, Kirchner, Castro y Chávez tienen tanto o más en común con Hitler y Mussolini que con Stalin y Mao. Sin embargo, los
primeros se consideran pertenecientes a la extrema derecha y los últimos a la
extrema izquierda, lo cual indica que los extremistas piensan y actúan de
manera y con fines parecidos, endiosando al Estado y utilizando todo el poder
gubernamental en destruir la libertad individual, los principios de la ética
cristiana y todas aquellas actuaciones contrarias a “la verdad” emanada del
palacio presidencial.
El socialismo latinoamericano del siglo XXI es la causa común de
personajes con antecedentes tan disparejos como Hugo Chávez (teniente-coronel
golpista, egresado de una escuela militar donde le enseñaron el comunismo que
luego pulió en el Foro de Sao Paulo, a los pies de Fidel Castro), Evo Morales
(indígena boliviano, impulsado al poder por la nefasta guerra contra las drogas
de Washington) y Rafael Correa (comunista ecuatoriano, con un doctorado en
economía de
La gran pregunta es por qué éste es el tipo de gente que gana las
elecciones en
Quienes tienen mucho que perder son bastante más cuidadosos. Además, los
grandes “capitalistas” latinoamericanos muy pocas veces creen en el
capitalismo, si éste se define como libre comercio e igualdad ante la ley. Sus
grandes fortunas no fueron hechas compitiendo con mejores productos y servicios
en un mercado abierto, sino gracias a ventajas, protecciones, financiamiento
barato y subsidios recibidos de gobernantes intervencionistas que repartían
privilegios a sus amigos y “defendían” al país de importaciones baratas y de la
competencia de empresas multinacionales. Y los ricos no hacían olas porque
siempre podían viajar a Miami a comprar o disfrutar lo que no se ofrecía en su
país.
Parece, entonces, que seguirá aumentando la fuga de cerebros y de mano
de obra latinoamericana en la misma medida que se multiplican las restricciones
a la libertad de empresa y así veremos crecer aún más el número de compatriotas
no dispuestos a que su futuro sea determinado por un burócrata o el político de
turno en el poder.
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