12/29/2006
De solsticios, natalicios y nuevas eras
Fernando Amerlinck

Toda Navidad es tiempo de nacimiento y recuperación, prisas y llamados a la calma, sentimientos encontrados, iliquidez y gasto desbocado, reflexión e irreflexión, recuerdos y nostalgia, soledad y tumulto, fiestas y melancolía.

 

La Saturnalia romana (de ella devino el festejo de la Natividad, por allí del siglo IV) era parecida, salvo que los esclavos tomaban el papel de patrones. Festejaban con fiestas y bacanales en honor a Saturno, a la llegada del solsticio de invierno, el fin de las noches largas, y días después, el alumbramiento de un nuevo año. Era una época especial, ahora como entonces.

 

Escribí el último día del siglo XX, en Roma, un artículo titulado 2001: Acaso sea especial. No lo resultó tanto; el comienzo del siglo no fue tan glorioso y significativo como la obra de arte de Kubrick y Clarke 2001: Una odisea espacial, que me hizo soñar en el futuro, junto a muchos millones más, en el rumboso 1968.

 

El 2000 cargó de ilusiones a la mayoría de los mexicanos, cuando el antiguo régimen cedió en paz el camino al nuevo aire foxiano. En 2001 comenzó la implosión de aquél entusiasmo, y perdió gas el gran ánimo nacional que se respiraba en las calles.

 

Tras seis años de transición inconclusa, el naciente 2007 parece que sí será especial, y no sólo porque en nuestro país un nuevo gobierno empieza con los mejores augurios. Este año será, en palabras de un pensador que mucho sigo y más respeto, una cúspide; un punto de quiebre para la humanidad. “En las décadas por venir la gente mirará a este año y dirá que este es el tiempo en que todo cambió. No significa el fin de las hostilidades, pero sí el principio del fin.”

 

¿Será? Hace seis años albergué esperanzas parecidas. Dije entonces algo que quiero repetir, sólo cambiando 2001 por 2007:

 

“En el 2007, año de dualidades, quedará a prueba nuestra capacidad de conciliar y generar concordia entre fuerzas opuestas: pelearán los murmullos del resentimiento contra el empuje de la mirada adelante; contenderán las fuerzas de apertura y cerrazón, la quietud y el movimiento, el pasado y el futuro; la amargura resignada de quien no acepta que sí se puede, frente a la tracción emprendedora de pocos que podrían ir siendo más… Sólo con eso se podría liberar la energía creadora del mexicano…

 

“A un ciclo yang siempre lo sucede un yin. Qué papel deba jugar México en ese juego y rejuego de los flujos y reflujos, es algo que pondrá a prueba nuestras capacidades creativas, y de trabajar libremente y en concordia.

 

“Me atrevo aquí a hacer otra profecía para el fin de estos tiempos y el principio de los nuevos. México será relativamente más importante, y hablará con cada vez más pertinente voz en la esfera mundial. Nuestra fuerza cultural y espiritual es más apta para una velocidad pausada, más humana y serena, menos obsesiva y avasalladora que la que ha dado cierre al siglo XX.

 

“El espacio de esta generación es más terrenal. Somos peregrinos en nuestra tierra, decía Octavio Paz. Este largo peregrinaje de la vida es un gran viaje, rico en venturas y en trances: una odisea. Y no hay Odisea sin Ulises, ni Ulises sin su amada Penélope, ni Penélope sin su patria Itaca, que para nosotros se llama México…

 

“Quién sabe si en 2007 vivamos un gran prodigio de encuentro y noticia que nos permita hacer, de este claroscuro intermedio que es el mundo, un espacio un poco más abierto y generoso en el cual vivir. Eso sí que haría, del 2007 y de los años que se nos acumulen en este mundo y en cualquier otro, algo muy, muy especial…”

 

Terminaba ese escrito con esto que quiero refrendar hoy: “…de lo que no me queda duda es de lo especialísimo de saber que estamos vivos, tú que me lees y yo que escribo, con quienes están cerca y a quienes queremos. No vivimos, aquí abajo, en el paraíso; pero tampoco es el infierno. En este bellísimo purgatorio que se llama Tierra hemos alcanzado un nuevo milenio en un apreciable estado de salud y de consciencia. Más que suficiente motivo para dar gracias.”



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