Después de
la aprobación casi por unanimidad de
¿Cuánto del
presupuesto del sector público federal es en realidad un desperdicio de
recursos lo que implicaría una destrucción neta de riqueza? ¿Cuál es la
verdadera contribución de cada rubro de gasto al bienestar presente de la
población? ¿En cuanto efectivamente contribuye cada peso del gasto del sector
público a incrementar el potencial de crecimiento de la economía? Un rápido
vistazo al presupuesto aprobado para este año nos muestra que efectivamente
existe un monto significativo de recursos que pueden ser calificados como
desperdicio: programas que siguen allí solamente por inercia presupuestal
aunque su existencia ya no se justifique (suponiendo que cuando se crearon sí
se justificaban); rubros de gasto que atienden a grupos particulares de
interés, incrementándoles su flujo de ingreso a costa del bienestar de la
generalidad de la población; estructuras burocráticas sobrantes; proyectos de
gasto público que fueron aprobados y que se ejercerán sin haber sido
correctamente evaluados para establecer que tengan un valor presente neto
positivo; etcétera. Así, antes de entrar a la discusión de si es necesario
aumentar la recaudación, lo primero que tendrían que ver los legisladores es
cuanto del presupuesto de más de 2.2 billones de pesos no debería ni siquiera
haber sido aprobado y/o cual es una asignación socialmente más eficiente de ese
total de recursos.
Si se
concluye que efectivamente, habiendo establecido una asignación socialmente
óptima de recursos públicos (supuesto guajiro dado que se trata de políticos y
burócratas que gastan recursos que no son de su propiedad), es necesaria una
mayor recaudación, entonces se puede pasar a la segunda parte de las preguntas
fundamentales partiendo del hecho básico de que los impuestos tienen como única
función dotar al gobierno de recursos y que usar el sistema tributario para
redistribuir el ingreso es ineficiente. Con esta consideración, los
legisladores se deben preguntar:
Partiendo de
que todos los impuestos generan una pérdida en el bienestar de la sociedad,
¿cuál es la combinación óptima de impuestos tal que para una recaudación
determinada se minimice el costo en bienestar social? ¿Cuál es la estructura
tributaria que, para una recaudación determinada, genere los incentivos
eficientes al trabajo, el ahorro y la inversión nacional y extranjera? ¿Cuál es
el diseño tributario que minimice los costos de administración para las
personas físicas y las empresas, así como los costos de fiscalización para el
gobierno? ¿Cuál es la estructura tributaria que minimice los incentivos a la
evasión y la elusión fiscal? ¿Cuales son las tasas impositivas de cada gravamen
que le permitan al gobierno obtener la recaudación deseada sin generar
simultáneamente un alto costo en bienestar social y sin que se constituyan como
un elemento que inhiba el crecimiento económico? ¿Qué hacer con los precios de
los bienes que el gobierno produce?
Si los
legisladores realmente le entran a discutir y contestarse todas estas
preguntas, entonces quedará claro que el supuesto consenso del que ahora tanto
se vanaglorian en realidad no existe. ¿Están dispuestos a reducir
significativamente la tasa y los escalones del ISR a personas físicas? ¿Están
dispuestos a homogeneizar el IVA? ¿Están dispuestos a eliminar de una vez por
todas los regimenes especiales de tributación que benefician a los grandes
transportistas y agricultores? ¿Están dispuestos a eliminar la consolidación
tributaria de pérdidas fiscales? Y más. ¿Consenso? Ni de milagro.