La
gente espera que los políticos sean capaces de alcanzar acuerdos que
contribuyan a un mejor desempeño económico y una mayor armonía social en el
país. Cuando los líderes políticos insisten en acusarse mutuamente, todos
terminan perdiendo y, lo que es peor, la democracia también se debilita.
Los
eventos políticos de los últimos seis meses han golpeado duramente a la
posibilidad de una concertación en el continente Latinoamericano. La falta de
proyecto común se ha constituido en la principal debilidad. Hay una carencia
completa de un liderazgo político en la región, desde México a
Esta
falta de liderazgo pragmático en la región es lo que ha generado el retorno de
viejas figuras al especto político de las Américas, dígase,
el caso Ortega en Nicaragua o Alan Garcia en Perú. Y
cuando no hablamos del retorno de viejas figuras al escenario político, vemos
la aun existencia y proliferancia de discursos políticos
que ya debían haber expirado. Tal podría ser el caso de Argentina, Ecuador,
Bolivia, y Venezuela.
¿Cómo
podemos explicar el actual escenario Latinoamericano? Grave es pensar que la única
explicación se debe a esa vieja relación y compleja evolución entre el dinero y
la política. Campañas políticas poco transparentes permiten que cualquier aprovechado
se introduzca en las estructuras políticas. Sin embargo, hay algo más de fondo.
Cuando el poder nacional no es capaz de asumir la fundamental función de
cualquier gobierno -mantener el orden y el respeto de las garantías
individuales- al no cumplirse, se genera un ambiente de expectativa para los
discursos mesiánicos, para los discursos de salvación nacional. Discursos
donde, en ultima instancia, se nos ofrece un mayor crecimiento de los poderes
estatales. Nuestra clase política no está a la altura de lo que se merece cada país
latinoamericano.
Ni
en términos económicos hay indicios claros de querer profundizar las reformas
estructurales, sino por el contrario, es clara la tendencia de estatizar los
activos económicos. Y en materia política, el juego democrático se ha
convertido en un lento y tortuoso proceso que en lugar de “mover los engranajes
de la maquina política”, los hace más pesados. Y cuando las instituciones
republicanas no caminan, se abre el espacio para la maldición del mesianismo político.
Desgraciadamente un país como México, como tantos en
la región, no terminamos de esperar el "Mesías", el
"salvador", el "ungido" que lo venga a sacar de la pobreza
y el atraso, cuando lo que se necesitan son instituciones político-sociales
fuertes que atenacen a cualquier iluminado entusiasta: Sólo éste poder, decía Montesquieu, puede contener el poder.
Hemos de
acordarnos que el conocimiento no puede concentrarse en una sola mente.
Lamentablemente, sí es posible concentrar los recursos y las garantías
individuales. Y a eso se encamina la región.