1/15/2007
Reflexión, ¿ociosa?
Arturo Damm

En algún momento lograron engañarnos, y lo hicieron tan bien que hoy pocos, muy pocos, son capaces de reconocer el engaño.

 

Supongamos, en primer lugar, que vamos a comer a un restaurante, pedimos la cuenta, la mesera nos las trae, y el precio que debemos pagar por la comida consumida es, digamos, de 170 pesos.

 

Supongamos, seguidamente, que en vez de pagar con un billete de cien pesos, tres de veinte, y una moneda de diez, o con la tarjeta de crédito o débito, intentamos liquidar la cuenta con una onza de plata, Plata Libertad, ¡plata pura!, cuyo precio de venta, al momento de escribir este artículo es, precisamente, de 170 pesos[1]. ¿Qué cree usted, lector, que pasaría?

 

Lo más probable es que en el restaurantero no acepte, en pago por la comida consumida, la onza de plata, y prefiera, ¡de manera por demás inexplicable!, un papel impreso por el Banco de México (el billete de cien pesos), tres pedazos de plástico fabricados por el banco central (los billetes de veinte), y un trozo de metal, aleación de  plata y cobre (la parte central de la moneda de diez pesos), y de bronce y aluminio (el anillo perimétrico de la misma).

 

Ya se ve porqué afirmo que en algún momento lograron engañarnos, y que lo hicieron tan bien que pocos, muy pocos, son capaces de reconocer el engaño, al grado de preferir, a cambio del trabajo realizado, papel, plástico, o trozos de cobre, bronce, aluminio, en vez de plata, ¡de plata pura! ¿No le parece lector, que en algún momento perdimos el camino?

 

El caso del restaurantero imaginario, ¿será la excepción que confirma la regla, razón por la cual todos los demás, usted y yo incluidos, sí aceptaríamos, en pago por nuestro trabajo, plata pura y no hojas de papel, pedazos de plástico, o trozos de cobre, bronce, y aluminio? Y si lo aceptáramos, ¿el encargado de pagarnos de tal manera lo haría?

 

Todo intercambio supone dar algo de valor a cambio de algo de valor. ¿Pero qué es lo que, de manera inmediata recibimos, a cambio, por ejemplo, de nuestro trabajo? Hojitas de papel, pedacitos de plástico, o trocitos de cobre, bronce y aluminio (metales industriales), que no tienen ningún valor intrínseco. Entonces, ¿por qué los recibimos? Muy sencillo: porque en algún momento lograron engañarnos, y lo hicieron tan bien que hoy pocos, muy pocos, son capaces de reconocer el engaño, pese a que, según lo determina la Ley Monetaria de los Estados Unidos Mexicanos, “también formarán parte del sistema (monetario) las monedas metálicas acuñadas en platino, en oro y en plata, cuyo peso, cuño, ley y demás características señalen los decretos relativos”, monedas que “gozarán de curso legal por el equivalente en pesos de su cotización diaria”.

 

¿Qué quiere decir lo anterior? Que es legal, ¡y evidentemente conveniente!, aceptar una onza de plata, Plata Libertad, ¡plata pura!, a cambio de un bien o servicio cuyo precio sea 170 pesos, que es el precio de la mentada onza al momento de escribir estos Pesos y Contrapesos. Y, sin embargo, no lo hacemos, ¿por qué? La respuesta es la misma: porque en algún momento lograron engañarnos, y lo hicieron tan bien que hoy pocos, muy pocos, son capaces de reconocer el engaño.

 

Estas reflexiones, ¿son ociosas?



[1] Una onza de plata se puede cambiar por 170 pesos: un billete de cien, tres de veinte y una moneda de diez.



«Regresar a la página de inicio