En algún momento lograron engañarnos, y lo hicieron
tan bien que hoy pocos, muy pocos, son capaces de reconocer el engaño.
Supongamos, en primer lugar, que vamos a comer a un
restaurante, pedimos la cuenta, la mesera nos las trae, y el precio que debemos
pagar por la comida consumida es, digamos, de 170 pesos.
Supongamos, seguidamente, que en vez de pagar con un
billete de cien pesos, tres de veinte, y una moneda de diez, o con la tarjeta
de crédito o débito, intentamos liquidar la cuenta con una onza de plata, Plata
Libertad, ¡plata pura!, cuyo precio de venta, al momento de escribir este
artículo es, precisamente, de 170 pesos[1].
¿Qué cree usted, lector, que pasaría?
Lo más probable es que en el restaurantero no acepte,
en pago por la comida consumida, la onza de plata, y prefiera, ¡de manera por
demás inexplicable!, un papel impreso por el Banco de México (el billete de
cien pesos), tres pedazos de plástico fabricados por el banco central (los
billetes de veinte), y un trozo de metal, aleación de plata y cobre (la parte central de la moneda
de diez pesos), y de bronce y aluminio (el anillo perimétrico de la misma).
Ya se ve porqué afirmo que en algún momento lograron
engañarnos, y que lo hicieron tan bien que pocos, muy pocos, son capaces de
reconocer el engaño, al grado de preferir, a cambio del trabajo realizado,
papel, plástico, o trozos de cobre, bronce, aluminio, en vez de plata, ¡de
plata pura! ¿No le parece lector, que en algún momento perdimos el camino?
El caso del restaurantero imaginario, ¿será la
excepción que confirma la regla, razón por la cual todos los demás, usted y yo
incluidos, sí aceptaríamos, en pago por nuestro trabajo, plata pura y no hojas
de papel, pedazos de plástico, o trozos de cobre, bronce, y aluminio? Y si lo
aceptáramos, ¿el encargado de pagarnos de tal manera lo haría?
Todo intercambio supone dar algo de
valor a cambio de algo de valor. ¿Pero qué es lo que, de manera inmediata recibimos,
a cambio, por ejemplo, de nuestro trabajo? Hojitas de papel, pedacitos de
plástico, o trocitos de cobre, bronce y aluminio (metales industriales), que no
tienen ningún valor intrínseco. Entonces, ¿por qué los recibimos? Muy sencillo:
porque en algún momento lograron engañarnos, y lo hicieron tan bien que hoy
pocos, muy pocos, son capaces de reconocer el engaño, pese a que, según lo
determina
¿Qué quiere decir lo
anterior? Que es legal, ¡y evidentemente conveniente!, aceptar una onza de
plata, Plata Libertad, ¡plata pura!, a cambio de un bien o servicio cuyo precio
sea 170 pesos, que es el precio de la mentada onza al momento de escribir estos
Pesos y Contrapesos. Y, sin embargo,
no lo hacemos, ¿por qué? La respuesta es la misma: porque en algún momento lograron
engañarnos, y lo hicieron tan bien que hoy pocos, muy pocos, son capaces de
reconocer el engaño.
Estas reflexiones, ¿son ociosas?
[1] Una onza de plata se puede cambiar por 170 pesos: un billete de cien, tres de veinte y una moneda de diez.