Se han vertido muchos argumentos
alrededor del alza del precio de la tortilla. Se ha afirmado que se debe a
prácticas especulativas y a una estructura poco competitiva del mercado de
maíz, y se ha intimado que es culpa de la incorporación de México a la economía
globalizada.
Ante la confusión y las
declaraciones contradictorias, el presidente Felipe Calderón ordenó a los funcionarios de su gobierno que
tomaran las medidas necesarias para asegurar el abastecimiento apropiado y que
se investigara si en la industria maicera ha habido violaciones a las leyes.
No podía faltar en este asunto la
irresponsable actitud del PRD que anunció de inmediato marchas de protesta a
nivel nacional. Sus legisladores advirtieron que lo que ocurre ahora con el
precio del maíz es sólo una probadita de lo que vendrá cuando se abran las
fronteras en el 2008.
Para desenredar esta complicada y políticamente
peligrosa madeja, vale hacer las siguientes consideraciones:
1.
El aumento registrado por los precios del maíz es un
fenómeno mundial derivado de su creciente demanda.
2.
El fuerte e inesperado crecimiento de la demanda se debe
tanto al acceso a los mercados mundiales de China e India que han presionado al
alza precios de alimentos y materias primas, como al creciente uso de productos
agrícolas para elaborar etanol y abatir el consumo de derivados del petróleo,
cuya escalada en precios parecía imbatible hasta hace unas semanas.
3.
Independientemente del alza en su precio internacional, es
claro que el funcionamiento del mercado del maíz en México dista mucho de ser
un ejemplo de competencia perfecta, por la existencia de un productor dominante
–Maseca– y de una compleja red de instrumentos de
intervención pública, como permisos de importación-exportación, subsidios
diversos, etc. Sin embargo, es difícil estimar el impacto cuantitativo de estas
fallas en el mercado del maíz para magnificar los recientes aumentos en precios.
4.
Aspirar a restaurar, como pregonan los perredistas,
una quimérica autarquía maicera inexistente desde hace años, no sólo es una
tontería sino que en la actual circunstancia resultaría suicida.
Las soluciones al problema inmediato
fueron planteadas con acierto por el gobierno. Traer maíz de dónde sea para
asegurar el abasto a precios razonables, y analizar la estructura competitiva
de la industria para plantear las reformas que mejoren su funcionamiento.
Pero más allá del corto plazo, hay
que desactivar el teatro político que están montando los perredistas
y sus aliados –movimientos como “el campo no aguanta más”– en su oposición a
ultranza a que se aplique la apertura que está programada para culminar el año
próximo en maíz y otros productos básicos.
A este respecto el problema que el
gobierno debe explicar claramente, es que no se puede seguir retardando la
modernización del campo mexicano en el que trabaja una proporción elevada de la
población económicamente activa que produce muy poco.
Cuando se negoció el TLCAN se
percibió la necesidad de proveer los medios económicos para generar los empleos
alternativos para sacar a los trabajadores excedentes del sector agropecuario y
así elevar su productividad, y subsidiar la subsistencia de quienes no pudieran
salir del ámbito rural.
Esos planes de transición fracasaron
por la debacle económica de diciembre de 1994 y la subsecuente
incapacidad del gobierno para seguir con el proyecto original. La solución hoy
no es, sin embargo, regresar al pasado. Por contra, hay que hacer lo necesario
para elevar la productividad del campo mexicano.
El remedio de largo plazo para
nuestro maíz es trabajar intensa y efectivamente en hacer más competitivas sus
estructuras de mercado, y aprovechar la fase final de la apertura comercial
como la gran oportunidad para que el sector agrícola compita en donde tiene
ventajas comparativas.