Una
regla no escrita de la política es que la corrupción tiende a aumentar mientras
más tiempo se mantiene el mismo partido en el poder. El control del ejecutivo
familiariza a los partidos con los mecanismos de asignación de recursos del
estado. Peor aún, independientemente de las motivaciones iniciales que tuvieran
para buscar el poder, el paso del tiempo convierte toda ideología en una
tradición y toda misión en una rutina. Aquellos que otrora querían construir la
democracia, devienen en funcionarios públicos que saltan de puesto de confianza
en puesto de confianza más preocupados de mantener sus cargos que de ver sus
viejos ideales convertidos en realidad.
La
historia de las coaliciones en América Latina y en el mundo nos enseña que pasado
mucho tiempo en el poder, la corrupción se convierte en la principal causa de
la derrota electoral. El exitoso gobierno de Felipe González en España terminó
siendo derrotado mucho más por los efectos negativos de la corrupción que por
las ideas y propuestas del Partido Popular. Por más credibilidad que tuviera el
mismo González, los electores españoles decidieron que era hora de cambiar de
timonel cuando los escándalos de corrupción terminaron por paralizar las
iniciativas legislativas de los socialistas. José María Aznar
fue el primer derechista después de la muerte de Franco en llegar
democráticamente al poder impulsado por un poderoso voto de castigo del
electorado español hacia el socialismo. En el pasado, Chile también experimentó
el fenómeno de la captura del estado. Los partidos políticos oficialistas se
convirtieron en agencias de empleos durante el Frente Popular. Y no se diga
nada de las décadas de gobiernos priístas, en los cuales, toda la estructura política
del país se pintó de color revolución.
Democracias
y dictaduras sucumben a la tentación de meter las manos cuando llevan muchos
años en el poder. A diferencia de las dictaduras, las democracias tienen
mecanismos institucionales que permiten vigilar los actos del ejecutivo y
sancionar las malas prácticas. En realidad no hay ningún problema con buscar
una continuidad política, pero hay que justificar las razones. La continuidad política
debe promoverse y buscarse para lograr profundizar aquellas reformas estructurales
de liberalización que no fueron posibles de implementarse en el primer término.
La continuidad debe buscarse si ya existen cuadros técnicos que pueden mantener
a flote los acuerdos políticos. La continuidad política debe preferirse, si hay
sabiduría y experiencia, frente a un nuevo esquema político que carezca de
conocimiento de causa.
Pero
esta noción de continuidad madura y racional enfrenta hoy un desafío
monumental.
Mientras
más se demore en actuar decididamente para fortalecer las instituciones de
fiscalización existentes y adoptar medidas draconianas a favor de la probidad,
más se alimentará el creciente descontento de una opinión pública hastiada con
los crecientes escándalos de corrupción. La rampante corrupción institucional, el
enriquecimiento ilícito a base de las arcas nacionales, la explosión de nuevas burguesías
bajo la sombra del poder político, mina las bases morales de cualquier gobierno,
sin importar cuales pudieran haber sido sus logros.
A
lo largo y ancho de la región, la lección de los últimos 15 años en materia
electoral política nos enseña que, cuando el electorado sopesa, no importan los
grandes logros económicos o la estabilidad, sino la fibra moral de un gobierno.
Darle forma a un proyecto político maduro significa no solamente una agenda de
reformas funcionales a todo nivel, sino, además, la aceptación de que nada
justifica (ni siquiera el éxito rotundo de las reformas) el uso indiscriminado
y oscuro de los recursos fiscales. Esta incomprensión de la fibra moral
política nos demuestra, con los escándalos de corrupción en los casos de Cavallo, Pinochet, Salinas de
Gortari y tantos otros, que no importa qué tan fundamental hayan sido las
reformas económicas, el mal uso de los recursos fiscales tira por tierra la continuidad
de estos procesos. Hay un componente moral en la forma en cómo se implementan
las reformas, sobre todo aquellas que traspasan del entorno estatal al entorno
privado. No reconocer esto impide que lo político tome forma, que la agenda
política pueda echar mano de aquellos instrumentos racionales y funcionales que
permitirán la construcción del desarrollo.
El continente
latinoamericano no hace mucho tomó la senda de la liberalización, la apertura
de mercados, el crecimiento económico y el gobierno ágil. Hoy en día el
escenario es otro: La concentración de poder, la estatización y la búsqueda de
aplanadoras políticas o asambleas constituyentes. Habrá que esperar que los
nuevos “liberadores” cometan sus propios errores, pero mientras tanto, se hace
imposible darle forma a lo político.