Para variar, voy a ser políticamente incorrecto y diré que
he echado en falta, en estas primeras semanas de gobierno de Felipe Calderón, a
su antecesor, Vicente Fox.
No extraño las gracejadas en público, ni las equivocaciones
y excesos verbales. Tampoco extraño las pesadas, abrumadoras y molestas,
intromisiones de doña Marta, ni la verborrea jesuítica del vocero Aguilar. No,
por favor, no me malentiendan. Extraño al silvestre demócrata espontáneo que
era Vicente Fox porque estoy encontrando a Felipe Calderón -¿quién lo diría?-
pesadito, solemne, retórico, con aromas y modos del rancio PRI, con ciertos
reflejos de “típico político mexicano” que lo mismo hace fe de latino-americanismo
vacuo, que se lanza a decir que los precios del maíz y de la tortilla los
estabilizará a voluntad.
Esos dos ejemplos –el del voluntarismo maicero y el del
sueño bolivariano, desempolvado tras sacarlo del arcón de las nostalgias- me
acabaron de abrir los ojos: No me gusta, hasta ahora, el estilo calderoniano de
gobernar.
Sí, ya se. Me van a decir que es parte del oficio político,
que hay que tragar algunos sapitos, que hay que soltar algunas mentirillas
políticamente correctas para no alborotar al gallinero, que hay que complacer a
la vieja clase política –a los Manlios, a los
Gamboas, a los Jackson, a las Paredes, a las
Gordillos- y a los periodistas avezados, y a los negociantes enchufados, que se
formaron como soldaditos del PRI y a quienes siempre se les atravesó Fox, ese impertinente
sincerote y un tanto atrabancado que –según las capacidades de su saber y de su
entender- se la jugó por la democracia y por superar, de una vez por todas, esa
parafernalia solemne, soberbia, leve o desdeñosamente
autoritaria, del “Señor Presidente” infalible e intocable.
De acuerdo, Calderón aprendió de los errores de Fox mucho de
lo que NO se debe hacer, pero ese inevitable deslinde respecto del antecesor,
esa ruptura con el pasado inmediato, nos está arrojando –cada vez con mayor
frecuencia- a un panista tricolor en
No es cierto que seamos, aunque ofenda nuestras creencias
supersticiosas y mágicas, más latinoamericanos que norteamericanos; esa es retórica
añeja para consumo popular, que no se compadece con la realidad concreta y
cotidiana de nuestra inexorable integración en y con Norteamérica. Como dijo
muy bien Luis González de Alba: la gente en México
huye hacia el Norte en busca de mejor suerte y trabajo, nunca –que se sepa-
sueña con asentarse en el Sur bolivariano.
Tampoco es razonable que el Presidente –en pleno siglo XXI y
cuando se supone que ya aprendimos dolorosamente los males que causa el
voluntarismo populista- “ordene” a sus empleados, que son los Secretarios de
Estado, que bajen tal precio o suban tal otro, a voluntad.
¿Nadie le informó al Presidente que detrás del alza en los
precios del maíz hay fenómenos específicos de mercado, oferta y demanda, para
los cuales no hay otra respuesta que volvernos más productivos y menos
retóricos?
¿Ya calculó Calderón, al hacer su profesión de fe latinoamericanista,
la contundente integración, para bien o para mal, de la economía mexicana con
la de Estados Unidos?, ¿estimó, antes de echarle un lazo al impresentable
Daniel Ortega, que los mexicanos en Estados Unidos ya suman más que todos los
mexicanos en
Otras cositas incómodas van desde el abrazo reverente –como
si fuese la esencia de la patria– al águila del
escudo nacional que diseñó el PRI de los años sesenta (el autor original del
águila “completa”, dicen mis fuentes, fue el arquitecto Pedro Moctezuma) con tal de tirar a la basura apresuradamente el
águila estilizada y moderna (cuestión de gustos, dirán), hasta la vuelta a la
fotografía oficial del Señor Presidente –a colgarse en toda oficina
gubernamental de cierto nivel- solemne, acartonada, con mirada de estatua vaciada
en bronce. Pasando, también, por la desagradecida indiferencia (o secreta
complacencia) con la que el gobierno calderoniano ha dejado que la jauría de
los resentidos se cebe en contra del buen nombre del mejor Secretario de
Hacienda que hemos tenido en el México moderno.
Uno de los tantos yerros de Fox, por ejemplo, fue conservar
esos dos restos del uniformismo priísta que son
Ojalá me equivoque. Ojalá
lo que yo veo como recargadas pinceladas del más rancio y solemne PRI de antaño
sean meras ilusiones ópticas de un provinciano despistado, como yo, que ya
necesita anteojos. De veras. Ojalá.