De forma coloquial puede decirse que el objetivo del
liberalismo –tanto en su vertiente económica como política- es lograr un mundo
en el que las canchas de juego tengan el suelo parejo. En México suele decirse
“lo que es parejo no es chipotudo” (un chipote es una
protuberancia que se forma en la cabeza como resultado de un golpe; una
anomalía). Debe ser obligación del Estado garantizar que no haya “chipotes” en
el terreno de juego; si hay prácticas monopolísticas, por ejemplo, debe
combatirlas. Lo malo es cuando, contra toda lógica, para “emparejar un chipote”
generamos otro. Las anomalías NO se combaten con nuevas anomalías. Apurando la
metáfora: No podemos “curar” un chipote provocando una encefalitis, una
inflamación generalizada de pronóstico fatal.
Lo que sorprende a muchos en la historia de cómo Nueva
Zelanda desmanteló exitosamente su sistema de subsidios a los productores
agropecuarios es que fueron éstos mismos, precisamente, quienes finalmente
apoyaron ese proceso. Laura Sayre, del Rodale Institute –una institución global líder en la investigación
y promoción de la agricultura regenerativa en el planeta- sintetiza siete
razones por las cuales los neozelandeses apoyaron el fin de los subsidios a la
producción agropecuaria en su país:
1.
Generaban
resentimiento entre los propios agricultores, ya que inevitablemente algunos de
ellos se sentían menos beneficiados que otros, o inclusive perjudicados por las
“ayudas” recibidas por sus competidores y colegas.
2.
Generan
resentimiento entre los no agricultores que pagaban doble por el sistema de
subsidios, primero a través de los impuestos y después por los precios más
altos de los alimentos.
3.
Alentaban
la sobreproducción, lo que generaba desplomes en los precios, lo que
incentivaba la demanda de nuevos subsidios –para compensar la baja en los
ingresos de los productores– y más sobreproducción;
con frecuencia este círculo vicioso desemboca en el absurdo de pagarles a los
productores ¡para que ya no produzcan!
4.
Se
alentaba la sobreexplotación irracional de la tierra –para aprovechar los
subsidios- causando deterioro ambiental.
5.
Gran
parte del dinero de los subsidios beneficiaba más a proveedores y otros
sectores relacionados indirectamente con el campo que a los mismos productores (por
supuesto, los menos beneficiados eran los consumidores).
6.
Se
creaban distorsiones adicionales en el mercado –nuevos “chipotes”- como la
inflación derivada de la sobrevaluación de algunas
tierras sólo en función de que poseerlas permitía acceder a los subsidios.
7.
Provocaban
incontables incentivos perversos, como dar subsidios adicionales a quienes
tenían sus tierras descuidadas (verbigracia, sin linderos claros o sin medidas
de conservación) para que las cuidaran, en detrimento de quienes responsablemente
habían destinado recursos propios para cuidar y conservar sus tierras.