Y relata el Popol Vuh:
“Estos son los nombres de los animales que
trajeron la comida: Yac [el gato de monte], Utiú [el coyote], Quel [una
cotorra vulgarmente llamada chocoyo] y Hoh [el
cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia de las mazorcas amarillas
y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil
y les enseñaron el camino de Paxil.
“Y así encontraron la comida y ésta fue la
que entró en la carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su
sangre, de ésta se hizo la sangre del hombre. Así entró el maíz [en la
formación del hombre] por obra de los Progenitores.
“Y de esta manera se llenaron de alegría,
porque habían descubierto una hermosa tierra, llena de deleites, abundante en
mazorcas amarillas y mazorcas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes,
anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia
de sabrosos alimentos había en aquel pueblo llamado de Paxil
y Cayalá.
“Había alimentos de todas clases, alimentos
pequeños y grandes, plantas pequeñas y plantas grandes. Los animales enseñaron
el camino. Y moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas,
hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento
provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del
hombre. Esto hicieron los Progenitores, Tepeu y Gucumatz, así llamados.
“A continuación entraron en pláticas acerca
de la creación y la formación de nuestra primera madre y padre. De maíz
amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los
brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de
nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.”
Esta parte del Popol Vuh que reseña la creación del hombre a partir del maíz,
“cae como anillo al dedo” por los acontecimientos recientes en el mercado de
maíz y el de la tortilla y es una muestra de por qué,
como país, seguimos atados al pasado y en consecuencia sin poder prosperar. Sin
dejar de reconocer la importancia que tiene el maíz en la dieta del mexicano,
seguir pensando en términos culturales para decidir la política pública, esa
idea de que el mexicano está hecho de maíz, es la mejor forma de seguir
condenando a una parte significativa de la población, 25 millones de personas,
a vivir en la pobreza perpetua. Por más que insistamos en que el maíz es el
corazón de la cultura mexicana, no deja de ser una realidad inexorable que
México no tiene ventaja comparativa en la producción de maíz. Como apunté en el
artículo de la semana pasada, la orografía e hidrografía del territorio
nacional no son las que se requieren para la producción intensiva de granos,
entre ellos el maíz. A esto hay que agregarle que una parte importante de la
producción agrícola se hace de manera notoriamente ineficiente bajo el sistema
ejidal, además de la atomización de la tierra en muy pequeñas unidades
productivas (el minifundio) que condenan al campesino mexicano a cosechar en
cuatro o cinco hectáreas, con una tecnología de producción obsoleta, la
cantidad suficiente de maíz para su autoconsumo, en el mejor de los casos, por
no más de seis o siete meses. Es un arreglo institucional que lo condena a él y
su familia a vivir perpetuamente en la pobreza.
Insistir en mantener este arreglo institucional de propiedad
de la tierra, subsidiando a estos campesinos para que sigan produciendo maíz,
sin reconocer que es más barato importarlo de aquellos países que sí tienen
ventaja comparativa en la producción de este grano, es una muy mala política
pública. Mantener a los campesinos arraigados en su terruño, esclavizados a su
pedacito de tierra, viviendo como lo han hecho sus ancestros por varios siglos,
es carecer de una visión de un futuro próspero para México. La solución al
problema de un elevado precio de la tortilla no pasa por fortalecer, mediante
subsidios, la producción de maíz en el minifundio, como tampoco es la solución
al gravísimo problema de pobreza que aqueja a esta enorme cantidad de
mexicanos. Para que dejen de ser pobres es indispensable que dejen de producir
maíz.