En
esta era de un progresismo desbocado personificado en figuras como Hugo Chávez,
Evo Morales y el resto del zoológico, el historiador, Charles Murray, quien escandalizara al mundo con la publicación de
su libro, The Bell Curve,
luego de agredir el igualitarismo nacido en un mal parto de
La humanidad, en su larga rebelión en contra de las
monarquías y sus herederos, ha llevado el ancestral concepto de igualdad a
niveles que el supremo objetivo de justicia y oportunidad ha mutado arribando a
ese fatal igualitarismo cuyo moderno ejecutor, ahora, es el
aparato gubernamental enterrando la recompensa de acuerdo a esfuerzo y habilidades,
ejercidos en el campo parejo de competencia abierta para todos.
Murray se ubica en el centro del
huracán afirmando los seres humanos somos diferentes y, por lo mismo,
requerimos diferentes tratamientos y producimos resultados igualmente
diferentes. Pasa a definir un pequeño porcentaje de la población mundial que
porta un coeficiente intelectual (IQ) de más de 120 puntos, a los cuales
etiqueta como “intelectualmente favorecidos.” Es decir, menos del 10% de la
población mundial es intelectualmente superior.
Señala
cómo en los EU—donde todavía operan los mercados en profesiones elite:
medicina, ingenierías, economía, ciencias, academia, etc,
la asignación que produce la libertad recluta esos intelectualmente benditos
para ocupar esos campos. Este porcentaje de la población produce la mayoría de
los libros, los buenos artículos en los diarios, las mejores películas. Son
también quienes invaden laboratorios para inventar nuevos medicamentos, chips
para computadoras, novedosos programas y toda clase de tecnología avanzada que
catapulta el progreso.
Combinando
este pequeño grupo de agraciados, nos daremos cuenta de la gran influencia que
tienen en el comportamiento de las economías, en la salud o enfermedad de
nuestra cultura, en la seguridad o debilidad de nuestras instituciones y, por
lo mismo, en la buena o mala marcha de los países. Es cuando Murray procede con su nueva afirmación: “El futuro de la
humanidad depende de la forma en que eduquemos la siguiente generación de seres
agraciados con esta inusual forma de inteligencia.”
Sin
embargo, debido a ese deformado igualitarismo, no solamente se ignora este
segmento de la población, se le discrimina. Llega a mi mente la genial escena
de la cinta;
Pero
además, en esta era no es conveniente hablar de la existencia y responsabilidad
especial de los superdotados, porque hacerlo es reconocer desigualdad en
habilidades y pecar de elitismo. En México, esto provoca situaciones felliniscas como el movimiento de los estudiantes para
lograr el pase automático y, por lo mismo, miles de títulos profesionales para
gente que difícilmente pueden leer y escribir, que luego pasan a manejar los
destinos del país especialmente en la burocracia.
Pero
un peligro aun más grande, es que a esos seres intelectualmente premiados se
les instale un mal programa a través de nuestros fatales sistemas de educación.
Una computadora construida con el hardware más avanzado, portando un mal
programa produce resultados verdaderamente destructivos. Es cuando encontramos
hombres como AMLO, poseedor de una indiscutible inteligencia, cuyas conductas
fueron moldeadas por destructivos programas intelectuales acompañados de
valores totalmente deformados, y tenemos a Frankenstein.
En
otras sociedades, ignorando el concepto de humildad, se promueve esos
favorecidos se consideren superiores. Por ello, prepararlos para asumir su
responsabilidad debe incluir sumergirlos en el estudio de la ética y de la
historia. No es suficiente el que esos niños dotados sean gentiles, deben
distinguir el concepto del bien y mal. Y es aquí donde Murray
provoca su siguiente explosión afirmando: “No se les debe promover tengan el
mismo respeto por los Aztecas y los Griegos. Se les debe dar una dosis ligera
de los aztecas y una profunda de los griegos.” Es decir, no se les debe enseñar
el no hacer juicios, sino hacer juicios inteligentes.
Llama
a revivir el concepto de educación liberal y su propósito: Preparar a la elite
para su tarea y si su afirmación se asemeja a los Guardianes de Platón,
acudamos a la sabiduría de Buckley cuando afirmara:
“En nuestros sistemas políticos, es más probable llegar a ser gobernados por
los primeros 200 nombres en el directorio telefónico, que por la facultad de Harvard.” Tal vez por eso los expertos afirman conceptos
como, “el mandato de la mayoría, el justo reparto,” son emanados del Manifiesto
Comunista.
Quizá
entonces entendamos también las palabras de Thoreau:
“Las masas nunca emergen a semejanza del mejor de sus miembros, por el
contrario, se degradan al nivel del más ruin y bajo.”
Pero
a pesar de las acciones afirmativas, igualdad de oportunidad a huevo, los
superdotados avanzan en el dominio de las áreas importantes de las sociedades.
Lo que ahora procede, es aceptarlo y proceder a instalarles los programas
adecuados para que asuman sus responsabilidades con la sabiduría requerida.
Para ello es importante entender que: “Todos los seres humanos somos iguales,
pero no debe ser el nacimiento, sino la virtud y el trabajo lo que provoque su
diferencia. Y tratar una igualdad forzada, es una irresponsabilidad
universal.”
Murray cierra afirmando esto no es
finalizar un argumento, es el inicio de una discusión; no es presentar recetas,
sino buscar realismo en nuestros sistemas de educación. Es aceptar que algunos
niños sobresaldrán sobre otros, proceder a encontrar la fórmula para educar a
los menos dotados, y puedan tener las mejores oportunidades sin cobijar
complejos, envidia ni resentimientos.
Hay
que entender y aceptar la existencia de inteligencias privilegiadas, y buscar
la mejor forma de nutrir a esos niños que la poseen para darles las armas y se
conviertan en los líderes justos del mañana. Tal vez entonces no retumbe en mis
oídos la respuesta de un joven burócrata de cuarta, cuando al arengarlo para
desarrollar su capital intelectual responde: “El progresar en política, es
cuestión de servir a buenos padrinos.” AMEN.