El Manual del Perfecto Idiota
Latinoamericano (Mendoza, Montaner, Vargas Llosa)
es tan ilimitado como los anchísimos dominios de la idiotez. Y si la humana es
inconmensurable, la latinoamericana es de dimensiones galácticas.
Hoy retoma su perenne, eterna,
inmortal, imperecedera, perdurable, perpetua, impertérrita, pertinaz,
inagotable, absoluta, inextinguible, permanente, sempiterna, añosa, centenaria,
imborrable, infinita y por demás inmarcesible validez, el sabroso panfleto idiotológico sobre las más inveteradas prácticas de nuestro
subcontinental ser. El Manual es dolorosamente
presente, hoy más que cuando fue escrito (1996).
Habla Hugo Chávez y las galerías se
transfiguran en mudo o locuaz aturdimiento. Se le alían los más señeros
gérmenes de nuestra idoticracia; nuevos y eminentes portentos
de la oligofrenia voluntaria toman el poder ante aplaudientes,
extasiadas masas. El latinoamericano es una especie de sadomasoquista al que lo
sado le queda como aspiración vital, pues se conforma
con lo masoquista. El sádico frustrado admira a quienes quisiera emular; añora
que satisfagan su ego con 25 miligramos de poder (una charola, un uniforme de
policía, un título nobiliario de “licenciado”, una ventanilla para atacar al
ciudadano). Y es que en Latinoamérica, se siente el verdadero Poder cuando
Mas los poderosos –¡oh dolor!— son pocos. Hace falta una mayoría de idiotas
masoquistas para sentir al poderoso en turno (que si a eso llega, no es tan idiota):
lo encumbran votos, marchas, aclamaciones y pregones por la redención. El
votante se pone, solito, un yugo de buey sobre la cerviz para arar en ajeno y
cosechar lo que otro, menos idiota, le roba. Y aunque se reviente el barzón y
vengan devaluaciones y latrocinios, mantiene a la yunta andando.
Acá se agota la democracia en homenajes
y asambleas para legitimar la voz de los demagogos, los filantrópicos ogros, y el
poder benévolo de los dictadores. En otros continentes la democracia derriba déspotas,
pero en pocos lugares como acá la gente busca voluntariamente a un sátrapa
(incluso tras derrocarlo) y le regala otra oportunidad de ser atacado,
agraviado, violado y robado. Acá votan a un Chávez, un Ortega, un Evo, un
Palacio, un Kirchner, un Castro, un Alán García, un Bucaram, un Getulio Vargas, un Velasco, un Carlos Andrés Pérez, un Papá
(Doc, Lázaro), un Perón y una Perón, un López Obrador.
La cosecha de tiranos nunca se acaba.
¿Nunca? Acaso sí. Según el padre de
un coautor del Manual, Mario Vargas Llosa, “hoy los países pueden elegir ser
prósperos”. Y según otro coautor, Carlos Montaner
(Las raíces torcidas de América Latina, 2001), incluso “la región más pobre,
inestable y atrasada de Occidente” puede salir del laberinto: “examínense de
cerca las ideas y las propuestas de nuestro tiempo que han servido para rescatar
a ciertos pueblos de la miseria o para consolidar la prosperidad de los que ya
eran notablemente poderosos”. Habla de Japón, Singapur, Corea del Sur, España.
En otras palabras, imitemos resultados macizos, no teorías fallidas.
Aquellos pueblos no salieron de su
miseria proclamando el socialismo, ni expropiando la propiedad ajena, ni
nacionalizando empresas, ni denunciando al imperialismo, ni ondeando
estandartes con la efigie de Lenin y Stalin, ni blandiendo hoces y martillos, ni atacando al modelo
“neoliberal”, ni lloriqueando con que “los agraviados somos nosotros”, ni
defendiendo conquistas irrenunciables, ni profiriendo leperadas contra quien no
piensa como ellos o llamando traidor a quien pretenda una autocrítica.
Eso allá. Acá somos diferentes. Como
Latinoamérica no hay dos.