En mi Aquelarre
Económico de ayer planteé la
opinión de reconocidos académicos de que la única solución para enfrentar los
problemas derivados del narcotráfico, era declarar ganada esa guerra y proceder
a legalizar el uso de drogas hasta hoy prohibidas, sujetarlas a elevados
impuestos y tratar la adicción a su uso como un problema de salud pública.
Esa política debe emprenderla la
principal nación de destino de las drogas, Estados Unidos, para que en el mundo
globalizado del narcotráfico el resto de los países puedan hacer lo mismo. Sin
embargo, la probabilidad de que tal cosa suceda es inexistente en las actuales
circunstancias políticas.
Surge, por lo tanto, la cuestión de
cuál sería la estrategia menos costosa para un país como México que se ha
convertido no sólo en sitio de tránsito de drogas, como lo fue inicialmente,
sino en un centro importante de producción, comercialización y consumo de las
mismas, y en el domicilio de algunas de las principales organizaciones de
narcotraficantes del mundo entero.
Es evidente que México no puede
seguir una política de legalización de las drogas en forma unilateral e
independiente de Estados Unidos porque ello pondría en severo entredicho la
relación bilateral y seguramente causaría la imposición de sanciones
comerciales y financieras con grave daño para el país.
Hay que tener presente que aún el
sensato intento que hizo la administración de Vicente Fox el año pasado por definir los montos mínimos de droga
cuya posesión no constituye delito, de acuerdo a las leyes vigentes, crearon un
gran escándalo en Estados Unidos y severas presiones sobre su gobierno.
Tal iniciativa del Congreso mexicano
para modificar el Código Penal Federal y
Por lo tanto, no queda otra que
enfrentar al narco con los únicos medios que quedan
al alcance del gobierno, que son la investigación criminológica y las fuerzas policiales,
el ejército y la armada, para encarar a los capos y sus mesnadas, aunque con
frecuencia cuentan con mejor armamento y, gracias a su enorme poder económico, superior
información e “inteligencia.”
Tal estrategia resultará muy costosa
porque los recursos del narco son los suficientes
para corromper y destruir instituciones fundamentales para el buen
funcionamiento del país como las fuerzas armadas y policíacas, el aparato
judicial y hasta cuadros clave en los mandos del gobierno.
Sin necesidad de modificar las leyes
en el sentido que había propuesto el Congreso y que Fox acabó vetando presumiblemente
por la presión de Estados Unidos, las procuradurías de justicia y los jueces
pueden instruir al ministerio público qué cantidades menores de droga no debieran
ser objeto de una persecución policial y judicial activa.
De esta manera se lograría concentrar
el grueso de la fuerza pública en perseguir a los narcotraficantes al mayoreo,
que son los que representan un mayor peligro, y se liberarían recursos que hoy
se dedican a perseguir a intermediarios menores en la cadena del narco.
Adicionalmente, la autoridad
financiera debe seguir acotando el ámbito de las transacciones pecuniarias para
continuar obstaculizando el lavado de dinero, que permite sacar de la
ilegalidad a las enormes utilidades del narcotráfico y trocarlas en “fortunas
respetables.”
La extradición de los capos y una
mucho más estrecha cooperación con las autoridades de Estados Unidos y Canadá
para plantear una estrategia común a nivel regional contra el narco también ayudarían, pero me temo que no son sino
paliativos ante un problema que en la ilegalidad no tiene una solución fácil.