Suena bonito eso del “Estado de Bienestar”. La noción de un
Estado providente y proveedor que nos garantice salud, educación, vivienda y
otro cúmulo de satisfactores –a los que sin duda todo ser humano tiene derecho– hace brincar de gusto a economistas, políticos,
periodistas, intelectuales, líderes sindicales y hasta a uno que otro cura
despistado.
El martes, Macario Schettino, un
analista serio, publicó en El Universal un
interesante artículo con el título: Para
discutir lo fiscal que en su parte medular propone lo siguiente:
“Necesitamos decidir si queremos tener un Estado de Bienestar en México o no.
Si lo queremos, hay que pagarlo. Para que no quede duda de qué significa este
tipo de Estado, se trata de que todo mexicano, por el hecho de serlo, pueda
tener acceso a educación básica, salud elemental y seguridad social (…) Eso es
un Estado de Bienestar (…) Si eso queremos, yo me sumo. Me parece que es
natural que si creemos que hay derechos que todos los humanos tenemos, es correcto
garantizarlos”.
Hasta aquí Schettino, quien me ha
abierto los ojos: De ninguna manera quiero eso que él llama “Estado de
Bienestar”.
En el razonamiento de Schettino se
identifica “derecho” con “garantía” y se implica, no entiendo por qué, que el
Estado –los gobiernos, en la práctica- “debe” proporcionar esos satisfactores porque
son “derechos” de todo ser humano.
Yo le exijo al Estado que respete mi derecho a la salud (y a la enfermedad), mi
derecho al trabajo (y al ocio), mi derecho a tener (o no tener) educación. Pero
de ahí NO se sigue que el Estado deba darme,
quiera yo o no, la salud, el trabajo, la educación (o lo que el gobierno en
turno entienda por “salud”, “trabajo” o “educación”). Una cosa es no estorbar
que yo coma –que es lo menos que debe hacer un gobierno decente-, y otra muy
distinta darme de comer en la boca.
El dichoso “Estado de Bienestar” es una falsificación del
Dios providente y proveedor de la religión; pero además éste es un dios
arrogante que ni siquiera le permite a las pobres criaturas decidir por sí
mismas.
Yo no quiero en absoluto a ese dios del Estado metido en mi
bolsillo y en mi vida, decidiendo por mí, pensando por mí, arriesgando por mí… Que
el gobierno respete mis derechos y los derechos de los demás –naturales, no
otorgados por el fastidioso y arrogante Estado-, pero que no me de lo que no le
he pedido, que no decida por mí lo que sólo a mí me corresponde, que no me
impida cometer mis propios y libérrimos errores y aciertos. Que no me cuide
como si fuese mi amo y yo fuese un animalito de su propiedad, indefenso e incapaz
de valerme por mí mismo.