Michael Godwin, abogado usamericano, ha enunciado una ley de uso universal que lleva su nombre. Dice más o menos así:
“Conforme se prolonga una discusión va creciendo la probabilidad de que un interlocutor compare a su oponente con Hitler o los nazis”.
Un corolario de la Ley de Godwin complementa el argumento con esta consecuencia:
“Al incurrir en lo anterior, probablemente pierda el argumento quien habló de Hitler o los nazis”.
Se parece a ello un método para descarrilar una discusión cuyo latinajo fue inventado por el filósofo judío Leo Strauss: Reductio ad Hitlerum. Una especie de reducción al absurdo (método que si se usa bien, ayuda a encontrar argumentos falsos) pero el sólo jugar la carta de Hitler suele servir nada más para ensuciar al interlocutor, sin gran provecho para la calidad de lo que se discute. Igual que deturpar al oponente llamándolo fascista, cosa que dicen ayer, hoy y mañana el dictador de Venezuela y los comentócratas de nuestra “izquierda”. Necesariamente quien se oponga a Nicolás Maduro tiene que ser fascista, imperialista, vendepatrias, etcétera.
Quien cae en la Ley de Godwin acaba vulgarizando la colosal maldad y tragedia del nazismo. Sacar la carta nazi para pretender ganar un argumento embarrando al oponente al asociarlo con el mal absoluto suele ser superficial, injusto y exagerado. (Es mucho más popular hablar mal de Hitler que de dictadores asesinos peores pero no tan mal vistos —pues se dicen de izquierda— como Lenin, Stalin, Mao, Ceausescu o Pol Pot.)
Adolf Hitler fue contemporáneo de un notabilísimo político al que también cita y recuerda todo el mundo: el indispensable, el hasta venerable Winston Churchill. En Inglaterra lo consideran el más grande y admirable de todos los ingleses. Max Hastings, historiador crítico, se avienta a decir “Churchill fue el más grandioso inglés y uno de los más grandiosos seres humanos del siglo XX, y de todos los tiempos” (!!!). Hasta el sosegado Paul Johnson se desboca: “De todas las figuras cumbre del siglo XX, buenas y malas, Winston Churchill fue la más valiosa, y también la más amable”.
Así como la Ley de Godwin ve degenerarse un argumento al comparar con Hitler al contrincante, observo cómo en numerosísimos discursos, ensayos y artículos se suele citar a Churchill desde sus dichos serios (la democracia es el peor de los sistemas siempre y cuando se excluyan todos los demás) hasta sus chistes (estoy borracho, señora, pero mañana estaré sobrio y usted seguirá siendo fea). Yo acudo frecuentemente al inagotable caudal churchilliano de anécdotas, dichos y locuciones. Tanto lo hago que propongo, análoga a la Ley de Godwin, la Ley de Amerlinck:
“Cuando alguien quiere reforzar un texto o conversación con argumentos de autoridad, reforzarlo con pruebas de talento o colorearlo con anécdotas y dicharachos, caerá en la tentación de recordar a Churchill”.
De tan utilizados, los dichos de ese gran estadista han tomado el lamentable espacio de lugares comunes, recursos verbales predecibles, clichés. Si Churchill y los nazis y fascistas están al alcance hasta de un asambleísta del PRD o un dictador venezolano, lo dicho y hecho por aquellas grandes figuras históricas acaba perdiendo seriedad y degenerándose en simple y llana demagogia. Lamentable trivialización, que nubla a tales personajes.
Hitler y Churchill son apasionantes, así como el fenómeno de la II Guerra. Fue ésta muy diferente del diabólico absurdo de la I Guerra, orgía mundial de sangre derramada por egos en conflicto que definió la naturaleza y carácter de un siglo horrible para la mitad del planeta: el Siglo de Lenin. La II Guerra sí fue necesaria; había que acabar con Hitler y su estirpe asesina. Así Churchill, vencedor de ese conflicto contra el Mal absoluto parece identificarse con el Bien absoluto. ¿Será?
Habrá de ser así, si eso dijo él mismo. Había prometido escribir él la historia de esa guerra y vaya que lo hizo, y vaya que pronunció la mayor sentencia absolutoria sobre sí mismo. Su magna Historia de la Segunda Guerra Mundial, que vendió 200,000 ejemplares en dos semanas en Inglaterra, son 6 volúmenes de gran literatura y deficiente historia, abundosa en autoelogios y lamentablemente ayuna de autocrítica.
Cuanto dijo ese hombre de grandes frases y maestro de la lengua inglesa abona sin tacha a lo que desde muchacho lo obsesionó: la fama personal, su prestigio, su poder. Su dicho ha tomado el rol de verdad indiscutible: se demuestra con contundencia el valor y poder de la palabra, más aún si está bien dicha y bien escrita. No conozco a un mejor vendedor de sí mismo, entrenado obsesivamente en el arte de darse a conocer y ganar prestigio como gran hombre, valeroso guerrero e impecable patriota.
Las grandes frases y los buenos propósitos pueden más que los fríos, duros, aburridos hechos; es más sexy oír palabras bonitas y elegantes que verificar resultados. Son bellísimos los propósitos, especialmente si vienen de la “izquierda”, desde Lenin hasta López Obrador. Una buena frase vale más que mil datos.
Habrá dicho el mismísimo Jesucristo que el árbol se conoce por sus frutos pero es más dificultoso ver hechos fríos que conformarse con dichos: promesas a la mexicana. Buenos deseos. Grandilocuencia. Discursos. Bellos pronunciamientos. Tratados teóricos que pocos entienden pero sirven de coartada a los políticos. Grandes frases que cautivan y emocionan. Demagogia. En todo eso se dan el quienvive aquellos dos grandísimos expertos en la palabra: Hitler y Churchill. El primero con discursos incendiarios que apelaban al estómago y al resentimiento de las masas. El segundo, con infinitos discursos y ocurrencias, documentos, reportajes, cartas, órdenes escritas; artículos periodísticos que le daban de comer en sus largas épocas de ostracismo y quemazón política. Y libros. Tan prolífico autor se ganó el Nobel de literatura en 1953.
Agradezco a Francisco Gil-White, autor de la gran obra El Colapso de Occidente. El siguiente holocausto y sus consecuencias, poner a Churchill en perspectiva con la prueba más eficaz para ubicar a cada quien en su lugar: los hechos. Un libro tan vasto como bien documentado no se puede comentar en este espacio pero enfáticamente invito a mi único lector a descargarlo en Amazon. Baste decir que Francisco documenta cómo Sir Winston desde antes de la I Guerra era germanófilo y un demostrado racista, que desde la I Guerra sirvió a la causa de los enemigos de la Gran Bretaña. Algo que yo no sabía es cómo, ya desempleado y con apremios de dinero en 1929, lo atendió a todo lujo, cooptó y puso en su nómina el magnate periodístico Hearst (quien cargaba también en el bolsillo al nefasto Franklin Roosevelt). Y claro que de eso no habla Churchill en sus memorias, historias y discursos.
Por algo sufrió su buena dosis de años en el congelador, larga espera como la que también vivió Hitler al salir de la cárcel. Churchill estaba tan quemado que desde 1929 sufrió diez años fuera del gabinete. Necesitó una crisis gigantesca —la guerra mundial— para regresar al candelero, así como Hitler aprovechó una crisis gigantesca —la depresión de los treintas— para ganar relevancia.
Esos dos gigantes tienen puntos de espejo, pero lejos está Churchill del Bien absoluto sólo por haber confrontado a Hitler. En la I Guerra endilgó a Inglaterra derrotas tan vergonzosas que debió dejar de ser Primer Lord del Almirantazgo. Y como buena veleta y tránsfuga entre partidos, estaba tan lleno de contradicciones que fue admirador de Hitler —como en general de lo alemán— en varios de sus supuestos años de antinazi. En sus épocas de quemazón se levantó a base de su maestría en el lenguaje, encanto personal, seguridad en sí mismo, amplísima cultura y su porfía de ser relevante y manejar una colosal crisis. Sin Hitler, Churchill no habría pasado de nota de pie de página en la historia y la literatura. (Y sin Churchill a partir de 1940, Hitler pudo haber ganado la guerra.)
Hay una gran diferencia entre ambos personajes. Es fácil conocer a Hitler por sencillo y de muy pocas ideas: la superioridad aria, el odio a los judíos, el espacio vital, la sobrevivencia del más fuerte. Ideas simples pero que llevó a sus últimas consecuencias, en una especie de reducción al absurdo de nociones casi infantiles de tan simplotas.
En cambio Churchill es complejo y riquísimo, prolijo y contradictorio, elegante y simpático, talentosísimo, apasionante: abunda casi en todo. Es tan grande como la tentación de recurrir a él para inspirar escritos eficaces. Mi improbable lector podrá observar cómo, con el irrefrenable impulso de mi grafomanía, caeré una y otra vez en la Ley de Amerlinck, por más que procure —sin duda con poco éxito— evitar caer en la de Godwin.