JUEVES, 23 DE ENERO DE 2014
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Fernando Amerlinck







“Al XX lo llamo Siglo de Lenin porque es él el autor e inspirador de lo más característico del siglo, el estado totalitario. El Siglo de Lenin pasará a la historia por los crímenes estatales perpetrados contra su propia gente bajo la coartada purificante de una ideología colectivista.”


Al comenzar este 2014 evoco centenarios negros: efemérides de sucesos nefandos y desgracias, muestra de que a veces triunfa lo peor. En 1913 y 1914 nació la época de crímenes contra la humanidad que yo llamo Siglo de Lenin.

No hablo de México y de sus propias autodestrucciones sino de la extrema violencia y pérdida de civilización y libertad que sufrió el mundo, especialmente a partir de 13 y 14. Esos años anunciaron tragedias inéditas que vistieron de sangre y terror a más de la mitad del planeta al menos hasta 1989 pero que subsisten hasta hoy. Antes de eso, en 1912 una desgracia sirvió como aperitivo simbólico para anunciar desastres en cierne.

No tendría sentido recordar fechas nomás porque sí; es relevante para hoy y mañana repasar lo que ocurrió hace un siglo.

1912: Un símbolo que pervive

En 1912 una tragedia simbólica canceló el optimismo con que comenzó el siglo y dio un frenón a las ilusiones sobre la invicta tecnología. En su viaje inaugural el Titanic, el mayor y más suntuoso buque del mundo, reputado como inhundible, no atiende mensajes de alerta, golpea hielo en el ángulo ideal para que entre la mayor cantidad posible de agua, no lleva botes ni para la mitad, empieza a radiar SOS justo cuando se fue a dormir el radioperador del único barco cercano, se hunde con rapidez, los pocos que alcanzan salvavidas se congelan en el agua helada, y el único navío que se entera oportunamente del desastre llega justo a tiempo para no poder salvar a nadie.

Esa primera tragedia perfecta sigue concitando fantasías e imaginaciones un siglo después. Veo en tal suceso, para el mundo, un preludio del sangriento siglo XX y fin del relativamente pacífico XIX.

Salvo los fuegos guerreros que ensangrentaron todo continente (y no hablaré del suicidio nacional preporfiriano de México), campeó la Pax Britannica luego de que el nefasto Napoleón perdiera en Waterloo, 1815. Gozó el mundo de un inmenso progreso en todos los ámbitos. Estados Unidos se hizo una potencia y las ciencias habían avanzado tanto, que en 1899 Mr. Charles H. Duell, comisionado de patentes de EEUU, llegó a decir que todo lo inventable ya se había inventado.

1913: Un crimen económico y financiero

En la potencia económica emergente del mundo —Estados Unidos— ocurrieron en 1913 dos cosas importantísimas: la legalización del impuesto sobre la renta y la Reserva Federal. El impuesto sobre la renta alteró un paradigma: el fruto del trabajo, las ganancias y los ingresos de los individuos ya no pertenecen a ellos sino al gobierno, salvo la proporción que éste les permita conservar. El individuo dejó de ser soberano sobre su patrimonio y sus cuentas quedaron al escrutinio del Poder. Tanto se volteó la tortilla que el impuesto sobre la renta parece hoy tan normal e inevitable como la muerte: así de natural parecía la esclavitud a los estados sureños de EEUU y a las sociedades antiguas, y las tiendas de raya a los peones y hacendados porfirianos.

Los propulsores de ese impuesto lo justificaron durante años con lo de siempre: que los pobres, que la distribución de la riqueza, que la justicia social. Lo mismo de hoy y de todo tiempo futuro. No dijeron lo que sabemos: una multa es un impuesto que castiga a quien hace cosas mal; un impuesto es una multa que castiga a quien las hace bien.

El otro gran cambio también se gestó con anticipación. Desde 1910, en secrecía, con nocturnidad y toda mala leche, unos pocos financieros que representaban ¼ de toda la riqueza mundial de su tiempo (gente de Morgan, Rockefeller, Rothschild, etc.) se reunieron en un club de Jekyll Island, Georgia, con un subsecretario del Tesoro y un senador a modo, Nelson Aldrich (futuro consuegro de Rockefeller). Idearon en una reunión ultrasecreta un mecanismo para quedarse ellos con el poder de emitir dinero, pero con fuerza de ley. Y sin que se llamara banco porque había animadversión y hasta prohibición constitucional de un banco central.

A ese banco central lo llamaron Federal Reserve System. Reserva daba impresión de solidez, y es tan federal como Federal Express. Pero no la elige democráticamente nadie, no responde a nadie, y sus socios son banqueros privados. Es un trabuco tan bien diseñado que la Suprema Corte no lo ha declarado anticonstitucional, por más que niegue el espíritu de los célebres padres fundadores de Estados Unidos, especialmente Jefferson (a quien los bancos le parecían más peligrosos que los ejércitos en pie de guerra). Advertía:

“Si el pueblo norteamericano permite alguna vez a los bancos privados controlar la emisión de su dinero, primero por inflación y luego por deflación los bancos y corporaciones privarán a la gente de su propiedad hasta que sus hijos se encuentren sin casa en el continente que conquistaron sus padres… Hay que quitar el poder de emisión a los bancos y restaurarlo al pueblo, al que le pertenece.”

La Fed acaba de cumplir 100 años. Los celebró emitiendo 85 millardos de dólares por mes y no habló de que fracasó en su cacareado propósito de evitar crisis financieras (1929, 1987, 2008 y más etcéteras) ni de otra proeza: 5 centavos de 1913 comprarían un dólar hoy. En 1971 una onza de oro valía $35, y hoy está baratito a $1,250.

Estados Unidos se había convertido en potencia económica sin impuesto sobre la renta, sin Fed y con un capitalismo bastante más puro que el pervertido luego de 1913, sólo con el impulso creador de su gente y moneda basada en oro. En 1913 el oro valía menos de $20 la onza —igual que en 1776. El sólo anunciar Bernanke que en 2014 bajaría de 85,000 a 75,000 millones de dólares mensuales la falsificación legal de dinero, sacudió a los mercados. Y más temprano que tarde veremos que tal nivel de moneda de papel no puede quedar sin efectos.

1914: Crímenes bélicos sin fin

En 1914 las furias guerreras se desataron como nunca antes: murieron unos 39 millones de soldados en la Gran Guerra, tan mundial o más que la de 1939-1945 pero infinitamente más inútil. Europa comenzó una severa declinación que aún no termina, para provecho de Estados Unidos y los dictadores de Rusia.

En 1915 el Reich hundió el Lusitania y usó por primera vez gas venenoso; el Imperio Otomano perpetró el primer gran genocidio de los tiempos modernos, cerca de un millón de armenios. En 1916 casi un millón de combatientes murieron en Verdún, tras 11 meses de batallar (en el Somme murió millón y cuarto en 5 meses). En el Marne, medio millón. Etcétera y etcétera.

En 1917 entró con pleno vapor el Siglo de Lenin cuando los bolcheviques asaltaron el poder. En 1918 asesinaron al zar Alejandro y a su familia: en noviembre estalló la paz con un armisticio sucio. Más sucio aún fue cómo en 1919, en las cocinas de Versalles, nació la siguiente gran carnicería mundial, huevo de la serpiente nazi.

Al XX lo llamo Siglo de Lenin porque es él el autor e inspirador de lo más característico del siglo, el estado totalitario: “Un sistema político en que el estado ejerce autoridad total sobre la sociedad y busca el control de todos los aspectos de la vida pública y de la privada, hasta donde le sea posible” (Robert Conquest).

Gobernantes ladrones, dictadores asesinos y gobiernos autoritarios había habido siempre desde toda la más antigua historia, pero no legitimaban su conducta en un monopolio de los buenos propósitos como genialmente hizo Lenin, al bañar sus crímenes con el manto de una ideología de ayuda al pueblo. Su sobresaliente creación habría de justificar, hasta hoy, los peores y más brutales crímenes contra los pueblos, hechos a nombre del pueblo y para beneficio de éste.

Lenin y su diabólica invención de las ideocracias totalitarias (así las llamó Octavio Paz; Paul Johnson “utopías despóticas”) habría de reproducirse en una legión de gobernantes asesinos, muy defendidos por la “izquierda” o la “derecha”. El más simbólico —un eficaz actor cuyo estilo imitó Hitler— se apellidaba Mussolini. Los más recientes de su estirpe se apellidan Castro, alabados hasta hoy por los mexicanos de “izquierda”, y el norcoreano Kim Yung-un (lloró la muerte de su padre el PT).

Por sus multimillonarios muertos, el Siglo de Lenin, pasará a la historia menos por sus guerras que por los crímenes estatales mecanizados y científicamente perpetrados contra su propia gente bajo la coartada purificante de una ideología colectivista. Las inmensas guerras ensangrentaron el siglo con unos 39 millones de soldados la Primera Guerra y 24 en la Segunda, pero en ésta murieron además casi 50 millones de civiles. Les ganan en muertos los genocidios (armenios, URSS, judíos, China, Cambodia y cuantos más). Se habla mucho más de 6 millones de asesinados por los nazis, que de las multimillonarias víctimas de los totalitarismos de “izquierda”. Lenin hizo experimentos agrícolas colectivizadores que Stalin imitó (murieron 6 a 8 millones sólo en 1932-1933), Mao (entre 23 y 46 millones, antes de millones más en la revolución cultural) y el también popular y marxista Pol Pot, que acabó en 4 años con el 25% de su población. El colectivismo de toda geometría colectivizó el asesinato justo y necesario. El asesinato de quien merecía morir. El de los “enemigos del pueblo”. Si las guerras ultraferoces y el eliminacionismo ideológicamente justificado no hacen diabólico a un siglo, no sé qué lo pueda hacer.

Con Lenin desapareció la persona individual. Lo dijo él mismo: “En una sociedad sin clases el individuo es el Estado; por lo tanto ¿cómo podría estar en conflicto, a menos que el individuo fuese enemigo del Estado?” Nunca un gobernante, pensando así, había pavimentado ideológicamente y con tan implacable eficacia la disolución del individuo y la pérdida total de sus derechos. Y aunque no en todas partes se llegue al extremo de aniquilar a la persona, la tendencia colectivista viene de esa raíz (y del soñador Rousseau y la “voluntad general”).

Es vital darnos cuenta, si tenemos en algún aprecio nuestra dignidad personal y hasta sobrevivencia, cuando alguien se arropa en el provecho colectivo y la rectoría del estado contra la voluntad del individuo, su voz, su mente, su integridad, derechos y patrimonio.

¿Y ahora qué?

1913 y 1914 inauguraron un siglo inédito en desgracias, muerte, violencia, y odio ideológico. Europa se desgarró mientras Estados Unidos —especialmente en la Primera Guerra, a la que entró hasta 1917— miró desde lejos cómo se mataban sus competidores por el dominio del mundo. Tras los suicidios de Europa, con poca sangre suya, Estados Unidos llegó a barrer despojos y reemplazar el poderío que ese continente había construido por siglos. Los europeos hicieron contra sí mismos el trabajo sucio. Desde ambos lados de Europa, el Tío Sam y los dictadores soviéticos vieron que todo eso era bueno.

La mitad de Europa, arrasada primero por los nazis y la guerra, quedó devastada por la Unión Soviética; sólo hasta 1989 se despertó de medio siglo de pesadillas. Inglaterra dejó de ser reina de los mares y perdió su imperio. Lo mismo ocurrió con el colonialismo europeo, cuyas metrópolis malamente podían administrar en ultramar desde una casa devastada. Años después las tendencias socialistas soñaron en un estado de bienestar que no supieron financiar, y sobrevino un llamado a cuentas que nadie sabe cómo pagarán.

¿Hasta cuándo? Con codicia ilimitada, a partir de 1913 Estados Unidos echó a perder lo que lo había hecho grande: su Constitución, la inventiva de su gente libre, su industriosidad, su sólida moneda, bancos de verdad. Impuesto sobre la renta; el complejísimo andamiaje privado de la Fed para succionar dinero dando vueltas al sistema de pagos; trucos financieros como los derivados; y luego de 1971, falsificación de moneda, haciendo del poderoso dólar una moneda fiat. Y con todo ello, la cultura del déficit y la deuda.

Las costuras y andamiajes de ese otrora admirable país están pasando aceite y sufren la resaca de sus burbujas y borracheras financieras: castillos de saliva firmemente cimentados sobre la ilusión de que su moneda tiene valor propio. Y la Fed combate el incendio con lanzallamas de 75 millardos mensuales de alegría gastalona y deudas impagables.

Al otro lado del Pacífico, vela sus armas y otea un futuro que resucite su antiguo esplendor un continente curtido en la paciencia, cuyas raíces se hunden en un pasado muy profundo. Frente a la exhausta Europa y los sobrecalentados Estados Unidos, el futuro del planeta se pinta de amarillo.

• Totalitarismo

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