VIERNES, 24 DE ENERO DE 2014
Mi amigo Ernesto Fontaine

¿Usted considera que la política debe estar por encima de la economía?
Sí, la política debe estar por encima de la economía
No, la economía debe estar por encima de la política
No, la economía debe estar al margen de la política
No sé



El punto sobre la i
“Trato de tomar los mejores elementos de la justicia social y de la libertad económica. Lo que exploro es la posibilidad de una tercera constelación, más alta que las otras dos, moralmente mejor. Libertad económica, sí; justicia social, sí.”
John Tomasi


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“Querido Ernesto, ¡te extrañaremos mucho!”


Hace un par de días me llamó mi querido maestro Arnold Harberger para darme la triste nueva que había fallecido nuestro entrañable amigo común Ernesto Fontaine, gran economista chileno, que fue el primer doctorado en Economía en la Universidad de Chicago proveniente de América Latina.

 

Ernesto había llegado a EU en la avanzada de estudiantes chilenos que se había beneficiado del convenio establecido entre la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC) y la Universidad de Chicago entre 1956 y 1964 que habría de cambiar de cuajo la historia de su país al entrenar una masa crítica de economistas aptos y decididos.

 

Esta masa crítica de buenos economistas empezó por revolucionar la manera en que se enseñaba economía en Chile al ampliar el alcance de las poderosas ideas de cómo una economía de mercado en la que funcionan los precios como la principal guía que orquesta la actividad económica, es por mucho el mejor sistema institucional.

 

Este grupo habría de ser la clave para que Chile, que llevaba años de ser una de las economías peor manejadas de Latinoamérica, fase que culminó con la debacle del gobierno socialista de Salvador Allende en 1973, saliera de sus cenizas como el Ave Fénix que paradójicamente está plasmada en el escudo de la Universidad de Chicago.

 

Las aportaciones de Fontaine para el cambio radical en la trayectoria de la economía chilena son numerosas. Si bien él no participó en la redacción de “El Ladrillo,” que fue la guía de la reforma económica emprendida en 1974, fue uno de los autores de los Lineamientos para Alcanzar Mayor Empleo y Crecimiento en Latinoamérica que fue una aportación fundamental de la OEA para el desarrollo futuro de la región.

 

Los economistas a cargo de las reformas tenían un arduo trabajo por delante pues la economía chilena estaba en un estado terminal de caos. El desabastecimiento de todo era generalizado. Fontaine, que estaba trabajando en Washington entonces, describe, con su gran sentido del humor, sus experiencias de una visita que hizo a su país:

 

“Trajimos jabón, pasta de dientes, arroz, aceite, papel higiénico, cigarrillos y otros ‘lujos’ para amigos y familiares; mis hijos, de diez años la mayor, se entretenían colocándose en cuanta cola podían encontrar…”

 

Como el mecanismo de precios no funciona cuando éstos son fijados por orden del gobierno, las “colas” sirven como dispositivo alterno de asignación de recursos, y es señal invariable que una economía se halla en una etapa de desabastecimiento álgida cuando se multiplican las colas para obtener lo poco disponible.

 

Además del vasto número de precios congelados, había que lidiar con un complejo sistema de paridades múltiples, enorme cantidad de empresas expropiadas que ya no producían por falta de materias primas, y un déficit público descomunal financiado con crédito del banco central, lo que llevó la inflación arriba de 400%.

 

Lo notable de las reformas económicas chilenas es que sobrevivieron en lo fundamental la transición a la democracia, al entregársele el poder a una coalición de centro-izquierda en 1989, lo que Fontaine atribuye al triunfo de “la economía como ciencia y los economistas como profesionales,” lo que resultó posible por la calidad de la educación en economía, en la PUC y en otra muchas universidades.

 

A juicio de Alito Harberger, en el prólogo del último libro de Fontaine Mi Visión, su “coronación profesional” fueron los cursos en evaluación de proyectos que entrenaron literalmente a miles de profesionales en esta disciplina, y que el gobierno chileno adoptara esta técnica para analizar la rentabilidad de sus obras.

 

Que un gobierno tenga un sistema institucional de análisis del costo-beneficio social para determinar sus políticas públicas y sus prioridades de inversión, transforma el uso del gasto público de un capricho político, como suele ocurrir en muchos países, a un ejercicio profesional que asigna mejor los recursos escasos.

 

La labor de Fontaine en concebir los cursos, escribir los textos, supervisar su calidad y en vender las bondades del sistema para asignar el gasto público al margen de presiones políticas, fueron verdaderamente labores y logros notables de un economista lúcido, honesto y comprometido con las mejores causas de su país.

 

Como el propio Fontaine reconoce, el éxito más notable alcanzado por el sólidomontón de buenos economistas chilenos –que no se limitan a Chicago como en un principio, sino a las mejores universidades del mundo- es el sólido consenso social “establecido en cuáles deben ser los pilares de una sana política pública.”

 

Querido Ernesto, ¡te extrañaremos mucho!

 

• América Latina

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