Por así decirlo
Abr 15, 2020
José Torra

¡Pobres personas!

Maldito neoliberalismo que les enseñó a trabajar y no a ser solidarios.

Hace poco menos de una semana leí el comentario de una mujer que visitó un poblado del Estado de México. Ella describió un lugar en el que parece que las noticias no llegan: la gente seguía saliendo de casa y congregándose en los mercados para hacer compras y convivir. La mujer dijo sentirse muy extraña: ella llevaba mascarilla, guantes y una botella de gel desinfectante para arriesgarse lo menos posible. Su preocupación, expresada con una mezcla de indignación y lástima, era el destino de esas personas; le alarmaba que hubiera gente que no se cuidara del virus pero, dentro de su visión, eso se debía a la falta de información. Nadie le dijo a estas pobres personas que su vida corría peligro si salían a la calle más de lo estrictamente necesario.

La pregunta que hizo fue: “¿Qué va a pasar con éstas personas?”; las respuestas de sus seguidores eran todas fatalistas y a veces innecesariamente crueles contra las personas. “Esos serán los primeros que mueran y van a llenar nuestros hospitales”, “Que gente más irresponsable, no ven que ponen en riesgo la vida de todos”.

La mujer que publicó eso, quien se identificó a sí misma como activista por los derechos humanos, realmente estaba preocupada por esa “pobre gente”. Ella, tan cuidadosa, nunca se infectará, pero esas pobres personas sí corren el riesgo de morir por ese terrible virus.

Ella los pensó como “pobres personas” y no como “personas pobres” y me aventuro a hacer una hipótesis al respecto: es posible que ella crea que, por desinformación e ignorancia, ellos no han aprendido tanto como ella en las últimas semanas acerca de epidemiología, pandemias, transmisión del virus, aplanamiento de la curva, etc. Y eso, quizá, la lleva también a pensar  que, al no saber, están corriendo un alto riesgo. Desde luego, esta situación está provocada por completo por el pánico y probablemente por no saber contar: no solo la mortalidad es baja en los casos confirmados, sino que es posible que una gran mayoría de los casos nunca sean detectados, pues el 80% no presenta ni presentará síntomas.

Ella es activista social y como buen activista social solo puede defender una causa a la vez. Hace seis meses fue el cambio climático; en febrero los derechos de las mujeres y, en este momento, el “quédate en casa”. Los activistas sociales tienden a pensarse como defensores del inocente, a veces incluso de ellos mismos. En este caso, ella, con su responsabilidad, está salvando a toda la población. Si fueran sus vecinos los que estuvieran en la calle rompiendo con la cuarentena los acusaría de irresponsables e insolidarios, pero como son “personas en condición de no vivir en la ciudad” lo más probable es que ignoren y por esa sencilla razón no pueden ser culpables: serán víctimas de la ignorancia por culpa del gobierno y de los medios, quienes no les enseñaron bien.

Ese doble estándar es extraño y debería ser evidenciado como ofensivo si lo que se busca es ser políticamente correcto. Se iguala a las “pobres personas” a niños o animales que no pueden seguir indicaciones porque no tienen la capacidad de entender lo que es mejor o peor para ellos. Necesitan alguien mayor, o en este caso, ilustrado para guiarlos y, mientras tanto, no puede hacérseles responsables por nada de lo que hagan. La culpa es de quien no los educó, de quien no les dio la información, de quien les negó el acceso a twitter para que pudieran ver las últimas conferencias de prensa de Hugo López-Gatell.[1]

En su escrito la mujer lo puso en estos términos: dijo que sus amigos y ella estaban en casa desde antes que el gobierno lo sugiriera, salían solo lo necesario y cargaban con gel desinfectante a la calle y todos los días intercambiaban ideas sobre las últimas declaraciones de Gatell (sic.). No contó con que en otra latitud lejos de la Ciudad de México había personas que se levantaban por la mañana y salían a vender; ellos no tienen un grupo de whatsapp para compartir memes sobre la falta de capacidad del gobierno, no tienen alertas de noticias para conocer diariamente el número de infectados nuevos en el mundo, no tienen sesiones de apoyo psicológico por Zoom cada tercer día. No. Se levantan en la mañana y salen a vender como lo hacen cada día sin saber que, por culpa de ellos, no lograremos aplanar la curva. Maldito neoliberalismo que les enseñó a trabajar y no a ser solidarios. ¡Pobres personas!

El civismo al rescate.

La pandemia ha traído grandes problemas por todos los frentes y uno de ellos es la validación de la que ha provisto a los Supercívicos.[2] Escuchaba el otro día decir a Alberto Mingardi, del Instituto Bruno Leoni en Italia, que la gente obediente no es necesariamente responsable. Estos supercívicos a quienes me refiero son gente cuya realización en la vida es seguir las reglas y que, además, se le reconozca por ello. Para ellos, si la ley ordenara el asesinato a tu primogénito, sería un orgullo exhibir el cadáver. Supongo que de niños los premiaban por obedecer, no por hacer lo correcto.

Esta crisis los legitima. Ninguno está cuestionando el encierro: se encierran y son felices de encerrarse, y sienten la necesidad de denunciar a todo aquél que no lo haga. No se detienen a pensar en los motivos que puede tener una persona para salir. Espero no se malentienda, me parece muy irresponsable que la gente se reúna a festejar, pero me parece aún peor que exista una línea telefónica donde se pueda denunciarlos.

Estos personajes están por todo el espectro político, uno podría pensar que serían las izquierdas quienes estarían más dispuestos a someterse a la autoridad, pero en muchas derechas la obediencia es un valor fundamental y ellos también abrazan esa forma de pensar: la ley por sobre todo, incluso sobre la justicia.

Claro que en el caso del cual hablamos el atenuante a la acusación es que se trata de gente que no sabe: niños, animales, o salvajes no merecen ser denunciados. Y, no obstante, no hay duda de que estén haciendo mal, estén poniendo en riesgo a todos y a sí mismos. ¡Pobres personas!

¿Y si no se enteran?

Para la narradora de nuestra historia fue un motivo de verdadera preocupación ver a estas pobres personas exponiéndose al virus cuando había que quedarse en casa. La desinformación de nuestros ciudadanos más informados es también extraña, pues creen que al quedarse en casa para no contagiarse el virus eventualmente dejará de existir. Hablan de aplanar la curva y no entienden que esa idea implica que todos estaremos contagiados eventualmente y que, por la disponibilidad de las unidades de terapia intensiva, es mejor que eso pase más lentamente. Si supieran esto, probablemente entrarían en un pánico peor. No les digan, mejor volvamos al tema.

La preocupación es que la gente se contagie y muera. “¿Qué va a pasar con esta gente que ni se ha enterado?” Decía nuestra activista social. La respuesta es sencilla aunque no simple.

Asumiendo que toda esa población se contagie pero nunca se entere de la crisis, la mayoría vivirá para contarlo. De ellos, los más viejos, los más gordos, los fumadores, los hipertensos, los desnutridos, los cardiacos y los diabéticos probablemente fallecerán al igual que uno o dos de los jóvenes sanos. Un porcentaje grande se contagiará, no exhibirá síntomas y nunca se enterará de que tuvo algo. En este escenario, muchos de los muertos perecerían en casa, sin saturar ningún sistema de salud municipal. Otros si irían a las clínicas, les recetarían descanso, tomar muchos líquidos y reducirse la fiebre con paracetamol, lo usual para una gripa.

La mayoría seguiría levantándose para trabajar diario, venderían sus productos y tendrían un día más de ingresos, y una razón para seguirse levantando. Algunos estarían preocupados porque el tío tiene gripa, otros tristes porque el abuelo murió de que se le cruzó un catarro fuerte con la diabetes. Después de un rato la gripa se iría y las muertes cesarían. Y la gente seguiría levantándose a trabajar. “La gripa estuvo muy dura este año, Dios quiera que no vuelva a ser así” pensarían. Nadie entraría en pánico, nadie denunciaría a sus vecinos, nadie se creería superior a otro. Nadie estaría más preocupado de lo normal.

Y si alguno de ellos visitara la ciudad, recorriera las calles semi-vacías, sintiera el aire de desolación que se respira y viera a la gente vuelta una contra otra por ver quién es el más obediente, probablemente pensaría “¡Pobres personas!”


[1] Futuro candidato a gobernador del Estado de México. Estoy tomando apuestas al respecto, escríbame en twitter @pepetorra.

[2] Haciendo referencia a esa infame serie online sobre idiotas obligando a otros, a veces de modo violento, a cumplir la ley sin importar si la ley tenía sentido o no.



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