LUNES, 3 DE JULIO DE 2006
Los retos del próximo Presidente

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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
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“Quien sea que gane, del color que sea, se enfrentará a los siguientes problemas.”


Oficialmente todavía no hay un ganador de las elecciones para Presidente de los Estados Unidos Mexicanos por los próximos 6 años. Además, esperamos, claro, que no haya conflictos pos-electorales.

 

Es importante que quien gane se ponga a trabajar cuanto antes, aún cuando no asuma el poder de inmediato. Se debe olvidar de contiendas, de crear “nuevos” modelos económicos (si es el caso), y dejar en general de tratar de descubrir el hilo negro. La economía se encuentra, en términos de estabilidad macroeconómica y financiera, en una situación inmejorable. Hay que mantenerla.

 

Quien sea que gane, del color que sea, se enfrentará a los siguientes problemas:

 

Sistema político arcaico. El actual sistema político mexicano es vetusto, anacrónico. Es un sistema que no incentiva la cooperación entre los distintos partidos políticos. Aquí sí sería bueno cambiar al actual modelo político. Es necesario hacer reformas que mejoren la competencia y los incentivos a cooperar de los políticos. Es necesario introducir figuras que no existen hoy en el infuncional sistema político. Reelección (que incentive que los políticos estén mejor preparados), segunda vuelta (¡el hoy presidente sólo habrá ganado con el voto de una quinta parte de los mexicanos!), elecciones primarias (que incentiven a los políticos a rendir cuentas a los electores y no a la cúpula de sus partidos), eliminación de los puestos plurinominales (puestos repartidos en el Congreso no ganados por la voluntad de los electores), etc,. Estas medidas le darían un nuevo respiro al aparto político mexicano. No llevar a cabo estos cambios, podría implicar nuevamente una guerra para obstaculizar las reformas estructurales que necesita la economía mexicana.

 

Finanzas públicas bajo presión. El nuevo presidente se encontrará con un reducido margen de maniobra en materia de gasto público. En números redondos, el tamaño del presupuesto destinado a gasto público es de alrededor de 2 billones (2 millones de millones) de pesos. Esta cifra parece impresionante. No lo es. Cerca del 90% de este gasto ya está comprometido para gasto social, de inversión y corriente (salarios de la burocracia). De ganar el candidato que ha prometido mayores salarios por decreto, francamente no vemos cómo le haga para cumplir. No habría de otra, más que aumentar el endeudamiento, pero eso en una economía cuya cuenta de capital está abierta al mundo, significarían menores flujos de inversión extranjera directa, dada las presiones fuertes en materia de riesgo país.

 

Por otro lado, las finanzas públicas están altamente petrolizadas (los ingresos del gobierno dependen en un 40% de las entradas por la venta de petróleo), por lo que una caída repentina en el precio del crudo (ya ha ocurrido antes, sólo hay que revisar el historial de volatilidad que tiene el llamado oro negro), podría causar severos dolores de cabeza. Será importante preparar un plan agresivo de recorte del gasto en caso de que esto suceda. Lo peor sería que no se hiciera dicho ajuste, tal como ocurrió en 1982. La debacle financiera sería inevitable.

 

En materia de deuda contingente, las presiones también son altas y el próximo presidente no tendrá más de 2 años para hacer frente al problema. En particular el problema se centra en las pensiones del sector público. A valor presente, los huecos financieros de IMSS, ISSSTE, PEMEX y en general de las instancias del gobierno, superan en proporción al producto interno bruto. No hay de otra, el próximo presidente debe de hacer una buena negociación para que haya una reforma fiscal. Por supuesto, no hay pie a despilfarros. Repetimos, en un contexto de economía abierta sería un suicidio.

 

Reformas estructurales de segunda generación. El presidente Fox fracasó en la negociación política para lograr las reformas estructurales urgentes como la laboral, fiscal y energética. Claro, los partidos de oposición vieron lo propio y obstaculizaron sistemáticamente cualquier intento de reforma. México sigue perdiendo competitividad año con año, así que el nuevo presidente debe proseguir e insistir en la necesidad de reformas. Es necesario también realizar cambios constitucionales, especialmente a aquellos artículos que protegen a los monopolios ineficientes del gobierno (PEMEX, CFE, Compañía de Luz, etc). Es necesario modificar la constitución para que se mejore el régimen de inversión que es lo que realmente detona la creación de riqueza en una economía. Asimismo, es necesario realizar reformas al aparato judicial para que los derechos de propiedad de los ciudadanos estén mejor protegidos. Hoy eso deja mucho que desear. No hacer lo anterior, implicará menores tasas de crecimiento para la economía, por lo que el desempleo y la pobreza seguirían siendo el talón de Aquiles de la economía mexicana.

 

Una gigantesca economía informal. Este punto está conectado con el anterior. La tasa de crecimiento de la economía informal es impresionante, que de no hacerse nada, en unos pocos años podría ser del tamaño e incluso superar a la economía formal. Es obvio, el aparato productivo mexicano (que es el que crea los empleos formales) está enfermo y necesita una cirugía mayor. Pero eso no se logrará “cambiando el modelo económico”. No, el nuevo presidente debe realizar cambios en materia fiscal profundos. Debe hacer que el pago de impuestos sea sencillo y basado en tasas más pequeñas y parejas (flat tax). Sólo las reformas estructurales acompañados de una simplificación fiscal que incentive la inversión privada es que se detendrá el crecimiento de la economía informal.

 

Próximo ajuste en la economía de EU. La actual administración ha reducido el endeudamiento externo, por lo que ha disminuido el costo del servicio de la deuda externa ante los cambios en las tasas de interés en EU. Pero, esto por desgracia, no opera para la actividad económica del país. Ante las presiones inflacionarias de EU, el riesgo es que sigan subiendo las tasas de interés en una magnitud que metan en recesión a dicha economía. En el pasado reciente, EU ha vivido una euforia monetaria y fiscal. Ha llegado el momento del ajuste (esperamos que sea de manera suave). Desde el 2001 y hasta el año pasado, la política monetaria y fiscal en EU fue ampliamente expansiva, lo que significó un “boom” en bienes raíces (una política monetaria expansiva significa llenar de liquidez a la economía, provocando una caída en las tasas de interés, lo que obviamente también impacta a la baja a los réditos que se pagan por los créditos hipotecarios). En un contexto de un fuerte ajuste a las tasas de interés, el consumo en EU podría caer muy fuertemente, alentado por una caída en la compra de bienes raíces (se encarece el crédito hipotecario y los consumidores pierden poder de compra, por lo que ajustan su gasto), lo que le pegaría también notablemente a las exportaciones mexicanas. Esto ya sucedió, cuando el presidente Fox asumió el poder y se vio acentuado con los ataques terroristas a EU. Ante este choque externo, el presidente Fox optó por la prudencia y ajustó el gasto público. Esto le costó muchas críticas, pues no se cumplió la promesa de comenzar creciendo al 7%. Sin embargo, insistimos, la prudencia es parte de un buen estadista. Lo de menos habría sido soltar el gasto público (apoyado por un precio del barril del petróleo alto), para cumplir con la promesa de creación de empleos, pero eso hubiera significado una crisis similar a la de 1982. Un estadista sabe distinguir entre los costos políticos propios y los costos sociales de no ser prudente. El ajuste en EU, podría tener secuelas negativas sobre el crecimiento económico de México. El ajuste en ese país además podría ser más severo sobre las tasas de interés (con impactos negativos sobre la economía norteamericana y mexicana) si el resto del mundo decide dejarle de prestar al gobierno gringo (sobre todo los países asiáticos que han sostenido la expansión fiscal de EU). Ya veremos si el sucesor de Fox está a la altura de este ajuste que se viene. Por el bien del país esperamos que así sea.

 

Sindicatos corruptos e ineficientes. Esta es una herencia maldita del viejo corporativismo priísta. Las estructuras sindicales mexicanas, en su abrumadora mayoría, son antidemocráticas y poco transparentes. Hay toda una fauna de líderes sindicales corruptos y mafiosos, que viven parasitariamente, a costa de sus agremiados. Están presentes en todo el sector público, desde el sector energético hasta el educativo. De hecho, hoy el conflicto minero y magisterial en Oaxaca, es sólo una pequeña demostración de cómo los mexicanos somos rehenes de estas mafias. Lo ideal sería desaparecer a estas agrupaciones, pero sabemos, es políticamente inviable, así que un medida inicial positiva, será comenzar por democratizar a dichas organizaciones, siempre insistiendo en que la contratación laboral sea individual y no corporativa (de hecho esto ya lo aprobó la Suprema Corte). No manejar hábilmente la relación con los sindicatos, se puede convertir en un verdadero dolor de cabeza que impida realizar las reformas estructurales que México necesita. El próximo presidente debe ser un buen político, pero siempre con la ley en la mano.

 

El próximo presidente tendrá otros retos. Pero estos son, creemos, los principales. Ya veremos si nos gobierna un populista ó un estadista. Esperamos por el bien de México sea lo segundo.


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