Reflexiones libertarias
Jul 8, 2020
Ricardo Valenzuela

El saqueo más grande de la humanidad (I)

Con la primera guerra mundial desaparecían algunas monarquías, pero, a través de sus organizaciones financieras, renacerían creando una red que, como las enredaderas, se expande hasta cubrir el todo. Se juramentaban recuperar los espacios perdidos.

Si alguien se da a leer la autobiografía de David Rockefeller, Memorias, las primeras páginas le provocarán que rueden sus lágrimas de forma incontrolable. Describe la riqueza de su familia utilizada para alimentar un mundo hambriento, educar al pobre, construir infraestructura en naciones pobres, pero no toca el aspecto negro de su linaje—su esfuerzo constante para destruir EU como nación independiente y establecer el bien común, Nuevo Orden Mundial (NOM).

Sin enemigos a sus puertas, ninguna nación asentiría perder sus derechos individuales ni su libertad. El Bilderberg, el Council of Foreign Relations (CFR) y la Comisión Trilateral (CT) tenían que crear un producto para seducir a la gente, el NOM. Hablan de compartir responsabilidades de liderazgo, cooperación más cercana y entendimiento mutuo. Sin embargo, eran mensajes subliminales que muy pocos entendieron, pero eran presagio de sus letales intenciones.

Cuando reclutaban un grupo de sabios para establecer la CT, ya trabajaban en una iniciativa del CFR llamada “Proyecto 1980”: El objetivo era detectar “cómo se podrían conducir las tendencias mundiales hacia los resultados que ellos pretendían”. El futuro que habían dibujado era una desintegración de la economía mundial para construir la de ellos. El editor de “El Economista” de Londres, Fred Hirsch, en su obra “Alternativas hacia el desorden Monetario”, explicaba cómo se podría llevar a cabo:

“La desintegración controlada de la economía mundial es un objetivo legítimo para la década de los 80 y es lo más realista para lograr un orden económico internacional. Un problema central para el orden económico internacional en los próximos años es cómo asegurar que esa desintegración ocurra de forma controlada y no una espiral que dañe esa forma de bozal. El problema no es minimizar la politización en la intervención política ni en el resultado de los mercados; sino crear un esquema capaz de contener el nivel de crecimiento de esa politización que de forma natural emerge del cambio de balance en economías domésticas y el sistema internacional”.

Traducción. El objetivo clave era impedir, a toda costa, la reemergencia del nacionalismo en todas sus manifestaciones—industrial, económico, tecnológico y científico. Pero ¿Por qué los Rockefeller y todos sus grupos querían desmantelar el poder industrial de los EU? Para entenderlo acudimos a la historia económica de los siglos 19 y 20.

El Imperio Británico perdía la supremacía industrial en las últimas décadas del siglo 19. Ante ello EU, Japón, Francia, Alemania aspiraban esa vacante. Britania se preocupaba del avance de esos países que finalmente habían abrazado cierta forma Laissez-Faire, se sumaban a la revolución industrial y emergían como poderosos competidores.

En Francia, Napoleón III, devoto del libre comercio, pedía a Michel Chevalier negociar con Richard Cobden un acuerdo con el Reino Unido. Firmado en 1860, fue calificado como “golpe de estado comercial” por los industriales franceses que temían a la competencia de la economía británica; sin embargo, el acuerdo provocó la multiplicación de otros entre las naciones europeas creando la primera era de verdadero libre comercio en el continente, acompañado de crecimiento y Francia progresaba.

El milagro económico de Japón se inició con los principios establecidos aquel Enero de 1868 de la revolución Meiji, y profundas reformas iniciando una compulsiva educación universal, modernización, la promoción del capitalismo y sus mercados al estilo tradicional de economistas americanos. Esas reformas cincelaron su modernización industrial anterior a la Segunda Guerra mundial y, en la post guerra con la ayuda de McArthur, a construir el “milagro japonés” que se consolidaba en los 50s y 60s.

En Alemania, con la derrota de la Francia del II Imperio y la creación del Imperio Alemán en 1871, la industrialización se estimulaba. La reacción a las conquistas de Napoleón I de los estados alemanes durante la época de la Revolución Francesa producía importantes reformas institucionales: la supresión de las restricciones feudales sobre la venta de latifundios, la reducción del poder de los gremios en las ciudades, y la introducción de una nueva ley comercial más liberal. No obstante, por todos los rincones del mundo empezaban a fluir los vientos del nacionalismo.

La oligarquía británica entendía que, para sobrevivir, debía destruir el sistema nacionalista de Hamilton con el que se coqueteaba pretendiendo ser económicamente independientes y autosuficientes, imponiendo tarifas selectivas para proteger la industria y mantener lejos los productos británicos. Inversión gubernamental en infraestructura para crear desarrollo interno. Bancos nacionales para promover el desarrollo de empresas productivas. Fue cuando se iniciara lo que ahora atestiguamos, la lucha de oligarcas y monarquías contra un nuevo nacionalismo creado por Trump, diferente al de Hamilton.

Al final de la segunda guerra mundial el liderazgo Angloamericano enfrentaba ese reto. Pero Britania se anticipaba con su economista (Keynes) para responder a las aspiraciones nacionalistas de Alemania, Francia y disidentes en EU, que pedían una nueva orientación a favor de revivir el desarrollo industrial. Pero, con los acuerdos de Bretton Woods, les mojaban su pólvora y convertían los sistemas establecidos en una mezcla de diferentes teorías que de forma genial creara Lord Keynes con sus objetivos pro Britania.

El desarrollo económico para los oligarcas era enfrentar competencia de otras naciones y debían matarlo en su cuna. Desde su visión, era una gran ventaja hacer negocios de la forma establecida: Intercambio económico con naciones débiles como herramienta de control político con boicots, sobornos, manipulación de incentivos y monedas. Estas relaciones cincelarían las fundaciones económico-políticas del débil que se podrían controlar a base de comercio y finanzas para encadenarlo. El país débil se convertía en un participante dócil, bloqueado y dependiente del fuerte.

Y el saqueo, con el esquema moderno, se podría ejecutar en dos avenidas. Robando recursos financieros a los países como lo hicieron en Rusia en 1990 con sus programas de succión operados por el Fed, o en sociedades pestilentes como la de China, permitiendo que saquearan los recursos financieros y las patentes tecnológicas de EU y, en su momento, el hijo de Biden recibía $1.8 billones de dólares del Banco de China. Algo similar sucedería con Ucrania cuando el vicepresidente chantajeara a su gobierno para cubrir las operaciones de su hijo.  

Con la primera guerra mundial desaparecían algunas monarquías, pero, a través de sus organizaciones financieras, renacerían creando una red que, como las enredaderas, se expande hasta cubrir el todo. Se juramentaban recuperar los espacios perdidos. Pero, ahora la guerra sería usando sus armas silenciosas para controlar gobiernos y, especialmente, la mente colectiva de la humanidad. Y lo más grave, sin que ellos se dieran cuenta.



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