Aquelarre Económico
Jul 19, 2006
Manuel Suárez Mier

Terrorismo verbal

¿Se acuerda usted de quién es Camacho Solís? Ahora es líder en el basurero de la chatarra política de México, y ahí lo tenemos, profiriendo amenazas y manipulando a incautos reporteros internacionales que publican sin chistar sus necedades.

Manuel Camacho, lugarteniente clave del demagogo López Obrador, ha estado repitiendo a todo el que quiera oírlo, pero con especial éxito a diarios foráneos que se han vuelto sus dóciles propagandistas, que ellos van a incendiar al país si no se cede a sus caprichos.

 

Parece inverosímil que medios como el New York Times y el Financial Times publiquen sin chistar los dichos de Camacho que “México está en crisis, el Presidente y el candidato de la derecha tienen que poner los pies en la tierra y reconocer que no serán capaces de gobernar si insisten en ignorar la voluntad de la gente.”

 

¿A qué gente se refiere Camacho? ¿Quién ha delegado en él la representación y vocería del pueblo? Si bien Camacho es diputado federal por el PRD, se trata de una de esas diputaciones plurinominales en las que no votan por la persona los ciudadanos sino el líder del partido.

 

Camacho lleva meses repitiendo que “la gente está muy enojada” e intimando que “no nos vamos a dejar.” Como se puede apreciar, este apasionado demócrata junto con su amo el demagogo, creen en los votos siempre y cuando ellos ganen y jamás si el resultado les resulta adverso.

 

Es bien conocido que Camacho fue el operador del candidato victorioso del PRI, Carlos Salinas, en la elección de 1988 en la que el sistema de cómputo “se cayó” en perjuicio de Cuauhtémoc Cárdenas, el aspirante de las organizaciones de izquierda que habrían de convertirse en el PRD.

 

A diferencia de ahora, en aquella ocasión la prudencia de Cárdenas y las negociaciones de Salinas y Camacho con el PAN, ofreciéndole victorias electorales estatales y locales a cambio de que no descalificaran la elección presidencial, impidió que las protestas callejeras causaran problemas serios.

 

Es fácil probar, y Camacho lo sabe bien, que las condiciones institucionales de la elección de 1988 no tienen nada que ver con las de ahora, salvo cuando uno escucha las mentiras del caudillo derrotado y sus secuaces mansamente reproducidas por la prensa extranjera, donde parecería que nada ha cambiado.

 

Una pregunta más interesante es, ¿cómo pasó Camacho de ser socio cercano y amigo íntimo de Salinas, el archienemigo “innombrable” de López Obrador, a ser el brazo derecho de éste y convertirse en el principal operador de sus redes ciudadanas y de la campaña de desprestigio de la elección?

 

La respuesta es simple, Camacho padece de una ambición personal sin límite. Este acrisolado demócrata, que rechaza el resultado de una elección impecable, aunque él diga lo contrario, estaba seguro que el dedazo salinista lo favorecería en 1993 para ser el candidato y seguro Presidente en el sexenio 1994-2000.

 

Cuando Salinas escogió a Luis Donaldo Colosio, Camacho, que era alcalde de la ciudad de México por nombramiento presidencial, hizo un monumental berrinche, renunció a su cargo sólo para aceptar la secretaría de Relaciones Exteriores por breve tiempo, y convencer a Salinas que él debiera ser el “negociador de la paz” con el entonces recién levantado subcomediante Marcos.

 

Sabemos el resultado de su negociación. El tema del EZLN sigue sin resolverse doce años después. Camacho eventualmente renunció al PRI que no le ofrecía un futuro y creó, a expensas del pueblo, su Partido del Centro Democrático. Se presentó como candidato presidencial en las elecciones del 2000 y obtuvo el 0.3% del voto total, menos que lo que hoy separa a Calderón de AMLO.

 

Por gravedad cayó en el PRD, convertido con López Obrador como líder en el basurero de la chatarra política de México, y ahí lo tenemos, profiriendo amenazas y manipulando a incautos reporteros internacionales que publican sin chistar sus necedades. ¿Toleraremos pasivamente que Camacho, el demócrata, contribuya a incendiar nuestro país con impunidad?



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Los dos enemigos del pueblo son los criminales y el gobierno. Atemos al segundo con las cadenas de la Constitución para que no se convierta en la versión legalizada del primero.

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