JUEVES, 20 DE JULIO DE 2006
La tragedia de Isaac Abravanel y miles de judíos más

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“¿Por qué los reyes católicos, Fernando e Isabel, fueron liberales y tolerantes con los musulmanes de Granada e intolerantes y cerriles con los judíos españoles?, ¿antisemitismo?, ¿cálculo político?”


Isaac Abravanel pertenecía a una familia de judíos castellanos que había salido huyendo de Portugal después de las persecuciones de 1391. Abravanel era, en marzo de 1492, un próspero recolector de impuestos al servicio del Duque del Infantado, cabeza de la poderosa familia de los Mendoza. Además, había prestado fuertes sumas de dinero a los reyes católicos, Isabel y Fernando, destinadas a la lucha para la rendición o reconquista de Granada; lucha que culminó felizmente en noviembre de 1491 con la firma de las llamadas “Capitulaciones”, que son todo un ejemplo de paz generosa, tolerante y civilizada entre españoles y musulmanes.

 

Las Capitulaciones, que recobraron para España el territorio de Granada, mediante la rendición de la hermosa fortaleza de la Alhambra, permitían a los musulmanes conservar sus propiedades y mezquitas, ser juzgados por sus propias leyes y, lo más importante, practicar su religión sin ser molestados. Ningún musulmán fue forzado, mediante las Capitulaciones, a convertirse en cristiano ni a salir de España.

 

Con ese antecedente, es fácil imaginar la conmoción que causó entre los judíos españoles tan sólo cuatro meses después, en marzo de 1492, el decreto real mediante el cual se les obligaba a convertirse al cristianismo o ser expulsados de España.

 

Según el espléndido relato de Hugo Thomas (Rivers of Gold. The Rise of the Spanish Empire from Columbus to Magellan”, Random House 2005), hubo tres prominentes judíos que, ante el duro e intransigente decreto, se acercaron a los monarcas para persuadirlos de la inconveniencia e injusticia que tal orden entrañaba, con la esperanza de que el famoso decreto fuese derogado. Esos judíos fueron Isaac Abravanel, Abraham Señor y el yerno de éste último Meir Mehamed.

 

Fueron inútiles los razonamientos porque tanto Isabel como Fernando, cada cual por su parte, fueron inflexibles con la aplicación del decreto, probablemente redactado por el inquisidor Torquemada, quien habría calculado que –rendidos los musulmanes en la península- había llegado el momento de no tolerar más infieles en el reino español. Además, se atribuía a los judíos ser una influencia nociva sobre los judíos conversos, a muchos de los cuales se acusaba de haberse convertido falsamente al cristianismo, conservando en lo secreto las creencias y prácticas judías.

 

Mal que bien –de las conciencias sólo sabe Dios- Abraham Señor y su yerno se convirtieron al cristianismo (se llamaron a partir de entonces Fernán Núñez Coronado y Fernán Pérez Coronel) y los mismos reyes fueron sus padrinos de bautismo. Abravanel, en cambio, eligió mantener la fe de sus ancestros y tuvo que emigrar a Nápoles.

 

El mismo destino de Abravanel, el exilio, eligieron miles de judíos que no renunciaron a su fe.

 

Como católico este episodio de la historia de España me avergüenza y me subleva. Esas sí son “deudas históricas”.


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