JUEVES, 10 DE AGOSTO DE 2006
Trampas de pobreza y nuestro -deficiente- marco institucional

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“Pareciera que es ahí, en nuestro andamiaje institucional, donde se esconden los verdaderos obstáculos de nuestro despegue económico, nuestra verdadera trampa de pobreza.”


Decíamos en nuestra anterior colaboración que un entorno político-económico que reproduce la pobreza y desigualdad y que persiste por largos periodos de tiempo a pesar de su evidente inferioridad productiva, es lo que Samuel Bowles (2004) denomina una trampa de pobreza.

 

¿Está México inmerso en una trampa de pobreza?

 

Por décadas, los economistas del desarrollo atribuyeron las divergencias en el desempeño económico a los factores de la producción “puros”: a la educación y a la inversión física. De esta visión derivaron las grandes teorías económicas de los 60 y 70´s –la del “gran empuje” o la de la “brecha de financiamiento”, con el Estado como el gran actor del desarrollo- que marcaron la pauta de las decisiones de política económica de los gobiernos de la época, particularmente en la región latinoamericana.

 

Sin embargo, la investigación reciente de diversos economistas, particularmente de William Easterly, han cimbrado los cimientos de la economía del desarrollo al mostrar empíricamente que, si bien relevantes, tanto la inversión física como el gasto en educación, por sí solos, no son determinantes para explicar las diferencias en bienestar a escala internacional.

 

La riqueza de largo plazo, por lo visto, se explica por otros factores. Es así como poco a poco se perfila un consenso en la ciencia económica: en el mediano y largo plazo, el factor esencial para alcanzar convergencia con los niveles de productividad –e ingreso- de los países desarrollados, se vincula directamente con su andamiaje institucional.

 

De acuerdo a Douglass North, el marco institucional es la estructura de incentivos –para hacer y para no hacer- que enfrentan los agentes económicos a la hora de tomar sus decisiones más importantes: cuánto consumir, cuánto producir, cuánto ahorrar, cuánto invertir -en educación y salud- y cómo innovar.

 

North señala, “la clave del crecimiento económico, es contar con un entorno institucional que induzca a comportamientos socialmente deseables de los agentes económicos tales que permitan converger los intereses individuales con los intereses colectivos”.

 

Por su parte, Mancur Olsen señala que si las estructuras institucionales son ineficientes –los incentivos son más poderosos a “tomar” y no a “hacer”- se abren las puertas para las conductas oportunistas y depredadoras de los agentes económicos con la consecuente creación de mercados débiles e incompletos, y la aplicación de políticas públicas ineficientes que determinarán y reproducirán la pobreza y la desigualdad.

 

Es bajo esta óptica que resulta pertinente preguntarse respecto a la eficacia del marco institucional que nos hemos dado los mexicanos para convivir y los incentivos que procura éste para la productividad.

 

Pareciera que es ahí, en nuestro andamiaje institucional, donde se esconden los verdaderos obstáculos de nuestro despegue económico, nuestra verdadera trampa de pobreza. ¿Cuestión de modelos económicos? ¿Neoliberalismo? ¿No será nuestro marco institucional, estúpido?

 

El problema es que aún con el diagnóstico correcto, transformar ese marco de reglas, construidas a lo largo de años, resulta un problema de la mayor envergadura. Por lo general, cuando se plantea una reforma institucional se subestima la tenacidad de los intereses creados, la enormidad del problema de acción colectiva que conlleva un cambio de esta naturaleza, y las diferencias abismales que existen entre distintos grupos para coordinar y movilizarse.

 

Analizaré algunos de estos obstáculos en una posterior colaboración.


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