MIÉRCOLES, 16 DE AGOSTO DE 2006
Violencia, educación y pobreza

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El punto sobre la i
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“No se ha demostrado ninguna relación causa-efecto entre la pobreza y los bajos niveles de instrucción o educación formal, y el terrorismo, en particular, o el uso de la violencia como arma política, en general. El mito de la violencia por falta de oportunidades se desmorona.”


Una muy bien documentada investigación del otoño de 2003 –Education, Poverty and Terrorism: Is There a Causal Connection?- demostró fuera de toda duda que no hay un vínculo de causa y efecto entre la pobreza y/o los bajos niveles de instrucción y el surgimiento y actividad de movimientos terroristas o de políticas de odio que proclaman y usan la violencia para obtener posiciones políticas.

 

La investigación fue realizada por Alan B. Krueger y Jitka Malecková y puede leerse en http://www.krueger.princeton.edu/terrorism2.pdf.

 

Esto derriba un mito muy común entre los políticos y estudiosos de izquierda que, en forma vicaria, trasladan la responsabilidad de los actos violentos y criminales de sus verdaderos autores (por ejemplo, los terroristas) a causas más o menos abstractas de “injusticia social”, “falta de oportunidades”, “reparto inicuo de la riqueza”.

 

Por el contrario, basta analizar objetivamente la biografía de muchos terroristas, así como de multitud de violentos “con causa”, para detectar que sí hay una correlación causal entre determinas cosmovisiones e ideas y el uso de la violencia para lograr objetivos políticos o económicos.

 

El caso de la violencia política, desde sus manifestaciones de baja intensidad (como el obstruccionismo de vías públicas para chantajear a los gobiernos o la toma de instalaciones con el mismo propósito) hasta las de alta intensidad, como el terrorismo, va más allá de las meras motivaciones de utilidad económica y apunta, más bien, a cosmovisiones que legitiman la violencia (islamismo radical, marxismo militante, ciertas vertientes del populismo justiciero) y que desechan las formas de competencia política, acotadas por la ley, propias de una democracia liberal.

 

Así las cosas, no es el nivel educativo –entendido como un grado que se ha obtenido en la estructura formal del sistema establecido- sino el contenido de la educación, desde la educación básica hasta la superior, el que incide en la promoción de la violencia.

 

No es, por tanto, la falta de instrucción formal lo que explica que una señora que fue diputada federal (Clara Brugada, del PRD, de 1997 a 2000) y que hoy es senadora suplente electa, insulte a un anónimo policía federal preventivo -"¡soy diputada (sic), hijo de la chingada!"- y lo empuje buscando provocar una respuesta igualmente violenta. Tampoco es la pobreza de la ex diputada (cuya dieta era más de 12 veces superior al salario del policía al que insultó) lo que explica su proceder violento. No. Es la cosmovisión de la señora -más ducha para estos envites callejeros que para legislar, según los registros de la cámara- lo que explica su intransigencia.

 

Una cosmovisión, podemos apostarlo, que se le inoculó mediante el sistema de educación pública que usted y yo –nadie sabe para quién trabaja- pagamos con nuestros impuestos.


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