MIÉRCOLES, 23 DE AGOSTO DE 2006
La calle de la amargura

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“A ver, ahora ¿cuál es la idea?, ¿proclamarse el rey de la calle?”


“Los cambios más importantes en México nunca han venido de la política convencional sino más bien de las calles… México necesita una revolución”. Estas declaraciones pasmosas de Andrés López Obrador al diario Financial Times no dejan lugar a dudas sobre la ignorancia e irresponsabilidad de quien las emitió.

 

De hecho, ningún cambio importante y benéfico para México ha venido “de las calles”. La Independencia se consumó con artes de política convencional; la Reforma fue minuciosa, esforzada tarea política de esos hombres que “parecían gigantes” (al decir de Antonio Caso); la revolución mexicana dejó de ser una yuxtaposición de revueltas inconexas y sangrientas –un caos, un sin sentido- cuando mediante la política convencional se plasmó en leyes e instituciones. Plutarco Elías Calles no impulsó la consolidación del México moderno con asonadas callejeras sino mediante la política.

 

El respeto al sufragio individual, libre y secreto, no se alcanzó en las calles sino haciendo política convencional. Las instituciones que preservan las libertades de los mexicanos se consolidaron gracias al arte de la política no como resultado de gritos y sombrerazos en la vía pública.

 

Los derechos más importantes de la humanidad no se alcanzaron en algaradas callejeras sino gracias a la política convencional, que López tanto desprecia –la desprecia, sospecho, en la misma medida que es incompetente para actuar en ese terreno.

 

No valdría la pena ocuparse de declaraciones tan estúpidas de no ser que quien las emite todavía es visto por centenares o miles de seguidores, en México, como una especie de hombre providencial que podría solucionar –por arte de magia, al solo influjo de su palabra- el abultado catálogo de problemas nacionales.

 

López Obrador ha ido subiendo el tono y el contenido de sus mensajes disruptivos conforme se han ido desvaneciendo sus sueños de hacerse del poder omnímodo por vías institucionales; vías y formas, que –hoy lo vemos- desprecia profundamente. Los millones de votos que obtuvo en las elecciones del dos de julio son hoy basura para López Obrador. Lo que cuenta es la calle, los torpes remedos de votación a mano alzada en la plaza, los desatinos cotidianos, las irrupciones grotescas en los espacios públicos o, incluso, en los espacios reservados a lo sagrado. Sus partidarios deberían reclamarle haber sido usados y desechados. Los votos que con tanto fervor emitieron y defendieron son una baratija inservible para López Obrador.

 

Esta deslealtad hacia la democracia y hacia las instituciones que la garantizan no es nueva en López. Su carrera por la Presidencia del país, arropado por leyes y organismos, fue una farsa. Algo en lo que nunca creyó.

 

Ahora se proclama rey de la calle. Adelantado de la calle de la amargura por la que nos quiere llevar. “Traer por la calle de la amargura” enseña el diccionario,  es padecer una prolongada situación angustiosa. ¿Hasta cuándo?, ¿hasta que los daños sean irreparables?


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