Sólo para sus ojos
Sep 11, 2006
Juan Pablo Roiz

Señor Secretario “Dios mediante...”

La ley en una república, como los mandamientos en la ley de Dios, no es optativa. Digo, de veras, con todo respeto.

Lejos de mí, señor Secretario, hacer burla de las creencias religiosas –auténticamente religiosas, en una divinidad trascendente al mundo– de los demás. Por el contrario, admiro a las personas, como usted, que sostienen, contra viento y marea, y contra la dictadura de lo “bien visto socialmente”, sus creencias y que, al mismo tiempo, manifiestan tolerancia y respeto por las creencias o descreimientos que podamos tener los demás. Todo eso está muy bien.

 

No pocos intolerantes criticaron en su momento que usted haya sido designado Secretario de Gobernación alegando que era un impedimento para ejercer ese puesto, en una república laica, su catolicismo militante o los antecedentes de su padre, don Salvador Abascal, uno de los líderes más esforzados de esa pacífica milicia secular (todo un retruécano) –mezcla inopinada de Acción Católica y Falange– que fue el sinarquismo. Tales intolerantes se equivocaban por partida doble: Una república laica no es sinónimo de cruzada antirreligiosa y el sinarquismo, según entiendo, ha pasado hace muchos años a la historia y cada cual hará su balance de pérdidas y ganancias. Algún amigo, buen hombre, inteligente, y desde luego católico, se indignaba ante esas críticas de los intolerantes argumentando que la mayoría de los mexicanos somos católicos, así sea de nombre. No estuve de acuerdo con su argumento, porque lo mismo podría ser un excelente secretario de Gobernación un ateo, un judío o un musulmán, dado el caso, siempre y cuando entendiera y cumpliera los valores básicos de la democracia liberal: separación rigurosa de la vida pública y de la vida privada, libertad religiosa -o de no religiosidad- sin cortapisas, separación tajante de iglesias y Estado, tolerancia y, last but not least,  respeto irrestricto a la ley.

 

Y mire usted, señor Secretario, por dónde andamos flaqueando. No hay queja, al menos de mi parte, porque usted en el ámbito privado y respetabilísimo de su conciencia abomine, considerándolas profundamente inmorales, tales o cuales costumbres o prácticas (digamos, el homosexualismo) porque ha tenido buen cuidado de que sus convicciones personales, en materia de la moral de la vida privada de las personas, no contaminen su función pública. No, no va por ahí la incomodidad y el reclamo. Lo que anda fallando, señor Secretario, es el último de los requisitos mencionados, pero de ninguna manera el menos importante: Respeto a la ley.

 

Sospecho, y esto sea dicho con todo respeto (y lo digo en serio, no como lo dice el populista fundamentalista de Tabasco antes de soltar alguno de sus improperios o injurias), que usted peca (¡ay!) de providencialismo. A tal grado que ya se le empieza a conocer, señor Carlos Abascal Carranza, como el “Secretario Dios mediante”.

 

Que alguien pregunta cuándo, por fin, los sufridos habitantes de Oaxaca podrán recobrar sus derechos expropiados por una banda de pelafustanes exaltados y se les contesta en su Secretaría de ¡Gobernación!: “Dios mediante, y mesas de interminables diálogos de sordos, el conflicto se arreglará”. Sí, don Carlos, entendemos que el gobernador no ha cumplido su trabajo, obsesionado por rendirle buenas cuentas a su padrino y antecesor (un borrachín que quiso ser cacique sempiterno de Oaxaca), entendemos ese asunto –tan conveniente para no meterse en asuntos peliagudos- de la pretendida “soberanía estatal”, pero el caso ya rebasó hace mucho los límites. Y Oaxaca, hasta donde sé, todavía pertenece a la República Mexicana, a la Federación. No, don Carlos, no se vale aventarle a la Divina Providencia –eso quiere decir “Dios mediante”- la gobernación de un país. No se vale que se les imponga a la mayoría de los oaxaqueños, que son pacíficos, trabajadores, cumplidores con la ley, la suspensión de hecho de sus derechos y garantías individuales. No me diga, por favor, señor Secretario, que goza plenamente de sus derechos quien tiene que cuidarse de no perturbar el ánimo quisquilloso de los exaltados para no ser golpeado, humillado, privado de su libertad, exhibido como enemigo popular…

 

Que alguien pregunta cuándo, por fin, serán desalojados, como lo manda la ley y el sentido común, los feligreses (algunos a sueldo, algunos presa del fanatismo de las sectas) que impiden el libre tránsito y la libre convivencia en el Centro de la Ciudad de México y en el Paseo de la Reforma y se le contesta en su dependencia, señor Abascal: “Es algo que Dios mediante se arreglará”.

 

Repase, se lo digo de veras con todo respeto, en sus libros de teología (estoy seguro de que los tiene en su biblioteca particular) lo que es el “providencialismo”. Esa desviación moral que consiste en esperar que Dios haga lo que nos corresponde hacer a nosotros.

 

Gobernar, señor Secretario, implica cumplir y hacer cumplir la ley, aún con el recurso de la fuerza pública y ejerciendo el monopolio de –¡ay!- la violencia que la corresponde al Estado para proteger a los ciudadanos y sus derechos. Y la ley en una república, como los mandamientos en la ley de Dios, no es optativa. Digo, de veras, con todo respeto.



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