Ideas al vuelo
Sep 13, 2006
Ricardo Medina

Empleo: Primeras aproximaciones

El eje, sin duda, debe ser la generación de empleos productivos –subrayemos lo de “productivos”-, pero no se trata de un asunto sencillo que se resuelva sólo con una reforma laboral. Al mismo tiempo, y en todos los frentes posibles, hay que remover obstáculos a la competencia y establecer sólidos incentivos para la productividad.

Con gran tino Manuel Suárez Mier señaló ayer que para lograr el ambicioso objetivo de propiciar la generación de empleos productivos que le urgen al país, la estrategia debe consistir en la remoción de obstáculos al empleo y en la promoción de incentivos.

 

Esto significa ir mucho más allá de los consabidos programas oficiales de empleo, tantas veces fracasados en el pasado, y marcar en todas –sí, en todas– las políticas públicas del gobierno el imperativo de que debe impulsarse todo lo que aumente la productividad del país y debe combatirse, sin titubeos ni concesiones, todo lo que estorba la productividad.

 

¿Por qué centrarse en la productividad si, aparentemente, sólo se trata de generar un mayor número de empleos? Porque si tales “puestos de trabajo” no son de alta productividad estarán condenados a subsistir como meros paliativos en el mejor de los casos y, tarde o temprano, serán causa de malestar y desencanto, rezagando aún más a México en la carrera de la competencia global por los mercados y por el bienestar.

 

Por eso insisto en la idea que expresé hace unos días: El preámbulo necesario para una reforma laboral de fondo, los cimientos, deben ser dos reformas cruciales: 1. La renovación del acuerdo liberal, que refuerce los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos y 2. La reforma fiscal que restaure el imperativo de la equidad y la proporcionalidad (impuestos bajos y parejos) y sepa eludir la falacia de que todo pasa por aumentar la recaudación de recursos para los gobiernos.

 

Desechemos de entrada la simplista concepción –fruto de un keynesianismo trasnochado que ha probado reiteradamente su fracaso- de que el gasto gubernamental pueda o deba ser factor decisivo en la creación de los empleos. Hay que reiterarlo: Los empleos generados a partir del gasto público (sea directamente en el gobierno, sea en el terreno de la oferta  gubernamental de educación y salud) son por sí mismos improductivos, contraproducentes.

 

El exceso de gasto público sustrae los recursos y los incentivos que requiere la sociedad para generar los empleos de veras productivos. No es el gobierno el que cura; lo hacen los médicos y las enfermeras. No es el gobierno quien educa; lo hacen maestros y padres de familia. No es el gobierno quien construye viviendas o carreteras; lo hacen los trabajadores de la construcción. No es el gobierno el que investiga e inventa; lo hacen científicos y creadores; no a sueldo del gobierno, sino conectados con los mercados en competencia. Mercados que son el mejor indicador de las necesidades reales.

 

Habremos de seguir con el asunto.



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Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

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