Asuntos Políticos
Sep 18, 2006
Cristina Massa

La oportunidad de gobernar

El discurso contra la desigualdad es atractivo pero la realidad siempre se impone. México es desigual pero ciertamente ha avanzado en el combate a la pobreza. Calderón tiene en la realidad el aliado que AMLO sólo posee en el discurso: allí su gran oportunidad de gobernar.

Con la colaboración de Edgar Moreno

 

Los regímenes democráticos reducen las distancias entre las élites políticas y la ciudadanía. México tiene una corta historia democrática pero ya puede verse esa consecuencia. La división política del país no es sino aquélla de los electores. Lo demás, la convención, el grito, es impresionismo. El electorado mexicano eligió el 2 de julio de 2000 las políticas públicas y candidato que prefería. Premió a quienes consideró pertinente y castigó a los que creyó necesario.

 

Los procesos electorales se caracterizan por el conflicto. Los competidores que ven oportunidad en la queja la utilizan, los que identifican mayor rédito en la propuesta la ocupan. En cualquier caso todos los candidatos presidenciales recurrieron en sus campañas a ambas estrategias: la defensa de sus propuestas y sus logros y el combate a los de sus contrincantes. No hay nada malo en esto. Al final, se buscaba que el electorado con la mayor información disponible definiera el sentido de su voto.

 

Contra la equidad de la contienda se arguye que el Consejo Coordinador Empresarial compró espacios para favorecer a Calderón, que el Presidente Fox lo defendió como el mejor candidato. Del mismo modo se ha hecho público que los monitoreos de medios concluyen que López Obrador tuvo mayor cobertura mediática. Aunque lo niegue, AMLO no sólo estuvo más tiempo en medios sino con menos comentarios negativos; incluso recibió en su coalición más dinero que el PAN. En cualquier caso, la intervención de Fox a favor de Calderón le sumo y le restó votos. El tiempo en medios de AMLO fue mayor pero todos llegaron a conocer a Calderón y sus propuestas.

 

La elección ya terminó. El punto a debatir ahora es la construcción de un nuevo gobierno. Pero del mismo modo en que los electores decidieron quién sería el futuro presidente, decidirán sus posibilidades de gobernar. Si el buen AMLO decide que él no permitirá que se gobierne y su disminuido partido lo apoya, estarán rechazando el mandato recibido en julio para impulsar una agenda de izquierda, trasnochada o no. Del mismo modo, si los panistas se enfrascan en la descalificación de las huestes perredistas, estarán renunciando a sus obligaciones. Caso claro el de Manuel Espino y su declarada “flojera” para discutir los actos de la Coalición. Como líder de un partido, es inadmisible su renuncia al diálogo y el análisis.

 

En última instancia debe pensarse también en qué podemos esperar de nuestros nuevos legisladores y el futuro presidente. En realidad debemos preguntarnos hasta dónde el mal AMLO podrá imponer en su partido el objetivo de la parálisis y en qué medida podrán Calderón y el PAN superarla.

 

La consecuencia del encono es que mientras se sostiene el liderazgo de AMLO, se arrebatan los avances del PRD; mientras se perjudica la popularidad de Calderón, se fortalecen los legisladores panistas aún más a la derecha. Al final, la Coalición por el Bien de Todos ha alejado de sí misma sus propias propuestas de izquierda y nada lo pone más patentemente en la mesa que la reciente carta de Cuauhtémoc Cárdenas a Elena Poniatowska. Los perredistas lograron que se agendaran los problemas que proponían resolver pero, como van, no conseguirán beneficiarse si en efecto se resuelven. Más bien parece un momento idóneo para que nuevas alternativas retomen con congruencia buena parte una agenda de reformas derivada del nicho descubierto por la Coalición: Alternativa y el PRI son grandes candidatos.

 

Si bien el PRD fue en la contienda un simple medio para sostener la candidatura de AMLO, como perdedor es ahora su último recurso. Esa dupla de oro que algunos comentaristas leen en la posibilidad del PRD para movilizar en las calles y oponerse en el Congreso, es a todas luces inviable. Las contradicciones entre el discurso renovador de la calle y la naturaleza reformadora del Congreso llevarían al PRD a una futura colisión electoral.

 

Por otro lado se asume cuando se piensa en este poder que el gobierno será materialmente anulado, cuando apenas será duramente criticado. No se sugiere aquí que no exista un conflicto, sólo se quieren dimensionar sus posibles consecuencias. La asignación del gasto, entre regiones y materias, jugará a favor de Calderón para ganar aquellos apoyos que hoy dudan. La radicalización de AMLO llevará al quiebre de su movimiento o al del PRD.

 

Todos han decidido aceptar, al unísono, que López Obrador representa a los pobres. La evidencia dice otra cosa. López Obrador recibió millones de votos de capitalinos que no son los pobres de México. Felipe Calderón construyó una coalición de votantes que es heterogénea en su composición por ingreso. Incluso fue Madrazo quien resultó triunfador en los municipios más pobres. El electorado que votó el 2 de julio, lo hizo por políticas públicas o candidatos y no por resentimientos sociales.

 

Los electores mexicanos no se han dividido como parecen estar divididas las élites de nuestro país. La comentocracia, como la llama Castañeda y siguiendo aquí su argumento, se ha quedado con el festín del espectáculo y no ha atendido las razones de la discusión política ni de las oportunidades futuras para el nuevo gobierno. Más aún se han olvidado de los ciudadanos. El discurso contra la desigualdad es atractivo pero la realidad siempre se impone. México es desigual pero ciertamente ha avanzado en el combate a la pobreza. Calderón tiene en la realidad el aliado que AMLO sólo posee en el discurso: allí su gran oportunidad de gobernar.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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