JUEVES, 21 DE SEPTIEMBRE DE 2006
La vanidad y el precio único

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“La vanidad de los autores es legendaria. Por caminos enrevesados pero no misteriosos la propuesta del precio único para los libros alimenta la vanidad de los autores.”


Los autores, aun los de efímeros artículos periodísticos, somos insufriblemente vanidosos. Quienes no nos pueden sufrir son quienes nos rodean y el común de los mortales, esa entelequia despreciable que es la masa del público, esos sujetos insensibles e incultos, adocenados, que compran en las tiendas de los aeropuertos novelitas para pasar el rato. Los autores cultos –y de culto- parecen insufribles y se les acusa de escucharse sólo a sí mismos, pero es que no los entienden: Las margaritas no se hicieron para los cerdos.

 

Por eso, por la vanidad, ciertos autores adoran al editor que accede a publicarles porque, desafiando la barbarie de la cultura de masas, el editor reconoce su talento excepcional. Por eso, porque se saben –con esa sabiduría que sólo otorga la fe reservada a unos cuantos- excepcionales e imprescindibles en la historia, poseedores de hallazgos únicos, tales autores reconocen incondicionalmente a quien, contra viento y marea, les ha reconocido a ellos; no el público, sino su editor.

 

Uno de los autores mexicanos que más ferozmente ha defendido la ocurrencia del precio único para los libros es Alberto Ruy Sánchez. Además de autor, reconocido o favorecido –según quiera verse- por la editorial Alfaguara, que le ha editado varios de sus libros, Ruy Sánchez es editor de la revista Artes de México. Ni sus libros, ni la revista que edita pueden considerarse productos de consumo popular. No se sabe que ante la noticia de la aparición de un nuevo libro de Ruy Sánchez los lectores se agolpen a las puertas de las librerías para ser los felices poseedores de alguno de los primeros ejemplares. Los autores cultos y de culto –esos seres excepcionales- dejan esas frivolidades del éxito masivo para la inglesa esa, ¿cómo se llama?, en fin para la mujer ésa que inventó Harry Potter y que -¡odiosa!- se ha forrado de dinero con sus fábulas tontas para niñatos.

 

Hace años un amigo y yo entrevistamos, para una efímera revista universitaria, a Salvador Elizondo. Nos dijo con su voz aguda e inolvidable que él seguiría escribiendo aún en una isla desierta porque no escribía para los lectores, sino llamado por la urgencia de la creación artística. Nos confesó, en fin, que se le hizo insoportable ver a un anónimo lector de “Farabeuf” ¡en un camión de la línea urbana Coyoacán-Colonia del Valle!

 

Para no tener que mendigar el favor de los lectores –esos salvajes semianalfabetos- los autores cultos y de culto rinden pleitesía a los editores.

 

La estratagema mercantilista del precio único que promueven los editores –como el dueño de Alfaguara, Jesus (de) Polanco Gutiérrez- la compran de inmediato: Gracias a tal estratagema queda garantizado que se pueden publicar incluso los libros de esos genios incomprendidos, aunque tales libros no los compre, y menos los lea, (casi) nadie.


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