MARTES, 10 DE OCTUBRE DE 2006
Competitividad estancada ¿hay que preocuparnos?

¿Ud. está de acuerdo en que el gobierno mexicano regale 100 millones de dólares a gobiernos centroamericanos para frenar la inmigración?
No
No sé



“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Carlos Ramírez-Fuentes







“La prosperidad requiere mercados, instituciones y políticas públicas de calidad. Por eso, el voluntarismo y la prosperidad no se llevan, se lastiman.”


La prosperidad de las naciones es un fenómeno incomprendido en la región latinoamericana. A pesar de la evidencia histórica de los múltiples países exitosos en el mundo y de la mediocre experiencia económica de América Latina, el armado del rompecabezas del desarrollo económico sigue siendo asignatura pendiente.

 

La prosperidad emana de la capacidad que tienen los países para estructurar una red de incentivos capaz de motivar entre los agentes económicos la necesidad de invertir en elevar su capital humano y físico y en adaptar las mejores tecnologías a los procesos productivos. País rico es sinónimo de país productivo y viceversa. Acostumbrados como estamos en nuestra región a pelear con fantasmas, este virtual axioma, es todavía combatido por aquellos que suponen que la prosperidad es cuestión de modelos económicos.

 

A los ludistas de la época, hay que ganarles la batalla intelectual con ideas claras. Afortunadamente, México con todos sus problemas, ganó un poco de tiempo el pasado 2 de julio para seguir en su proceso de construcción del andamiaje institucional que le permita detonar un mayor crecimiento económico. A Venezuela y Bolivia se les agotó el tiempo.

 

Sin embargo, no basta con tener claro el axioma de la prosperidad, pues ello no resuelve el rompecabezas inicial: seguimos sin tener claros los ingredientes que permiten elevar la productividad. ¿Cuáles son dichos ingredientes?

 

Como uno más de los términos que adquiere notoriedad en la discusión pública, el término competitividad irrumpió con fuerza en la arena pública hace poco más de una década. Hoy es un término utilizado con cierta indisciplina –una especie de lugar común-  y, particularmente, sin un entendimiento cabal de su significado e importancia.

 

El Foro Económico de Davos define a la competitividad como el conjunto de factores, políticas e instituciones que determinan el nivel de productividad de un país. Afortunadamente dicha organización, a través de un trabajo con un alto rigor metodológico y técnico, publica anualmente el Índice de Competitividad. A través del Índice es posible conocer, con un alto nivel de detalle, los distintos factores que componen la competitividad de las naciones y, por ende, conocer a detalle los ingredientes que forman parte del rompecabezas de la prosperidad.

 

La más reciente edición de este trabajo fue presentado hace dos semanas. México, sin que resulte sorpresa para nadie, se mantiene estancado en las posiciones medias de la tabla, sin avances claros, aunque tampoco en franco proceso de deterioro (como es el caso argentino y venezolano) como sugieren los siempre presentes agoreros del desastre.

 

Con enorme precisión el Índice nos muestra las zonas disfuncionales de nuestra competitividad que contribuyen a detener el avance de nuestra productividad y explican nuestro relativo estancamiento. Por ejemplo, de inmediato salta al a vista el hecho que el país ocupe la posición 58 al nivel global, al tiempo que ocupa la posición 69, 64 y 71 respectivamente en materia de calidad de instituciones, infraestructura y educación superior.

 

Algo debemos estar haciendo relativamente mal para persistir en este desesperante estancamiento en el que se encuentran la mayor parte de los indicadores que componen el índice, pero algo debemos estar haciendo muy mal en las áreas donde México califica muy por debajo de su promedio global.

 

Chile, por su parte, país que es sistemáticamente olvidado –misteriosamente- por los críticos del mal denominado “neoliberalismo” y/o “Consenso de Washington” ocupa hoy la posición número 27 del mundo en materia competitiva y es, por mucho, el más avanzado de la región latinoamericana. Su posición actual le augura un futuro de crecimiento sostenido, producto de su potencial productivo; más aún, en caso que Chile lograse abatir las distorsiones que están frenando su incursión a fronteras productivas aún superiores (educación y salud), en pocos años pasaría a formar parte del selecto grupo de los países desarrollados.

 

La publicación del Índice de Competitividad sirve como recordatorio de que el camino a la prosperidad no ocurre de manera espontánea. No existen atajos para alcanzarla. Es un proceso largo, que requiere el concurso de múltiples actores de la sociedad y que plantea el enorme reto de vencer los problemas de acción colectiva que conlleva el proceso de hacer converger los muchos intereses individuales con los intereses colectivos.

 

La prosperidad requiere mercados, instituciones y políticas públicas de calidad. Los Mesías, tropicales o no, son meros espejismos. El voluntarismo y la prosperidad no se llevan, se lastiman. Nuestro lugar en materia de competitividad sirve como claro recordatorio de ello.


 Comentarios al artículo...
Comments powered by Disqus