MIÉRCOLES, 1 DE NOVIEMBRE DE 2006
Competitividad y reformas

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Manuel Suárez Mier







“Se ha avanzado en el camino de las reformas necesarias para elevar la competitividad Latinoamérica pero que no han llegado lo suficientemente lejos para consolidar un éxito indudable, salvo en el caso de Chile.”


Asistí anteayer a una interesante conferencia organizada por el Centro para una Política Hemisférica (CPH) de la Universidad de Miami, con un grupo interdisciplinario de académicos reunidos para discutir el tema Competitividad y Democracia en América Latina.

 

Participé en la sesión titulada Elevando la Competitividad Global: Lecciones de Brasil, Centroamérica y México. Las presentaciones estuvieron a cargo de Roberto Artavia, rector del INCAE, magnífica escuela de negocios en Costa Rica que realiza una fructífera labor desde 1964; Mario Marconini, distinguido ex-funcionario brasileño y académico visitante en el CPH; y quien esto escribe.

 

Los oradores coincidimos en que se había avanzado en el camino de las reformas necesarias para elevar la competitividad Latinoamérica pero que no habían llegado lo suficientemente lejos para consolidar un éxito indudable, salvo en el caso de Chile.

 

Respecto a México, relaté cómo en los años del desarrollo hacia adentro que culminaron en la crisis de la deuda en 1982, la productividad de la mano de obra en el sector manufacturero creció en forma muy modesta hasta que las primeras reformas empezaron a fructificar.

 

Cuando Miguel de la Madrid se percató que la economía mexicana no tenía salida sin reformas de fondo que la obligaran a ser más eficiente, inició los primeros cambios estructurales al tiempo que trataba de limpiar el desastre fiscal que había dejado atrás el derroche populista previo.

 

Así se inició la apertura de la economía y se cerraron o privatizaron un buen número de las casi 1,200 empresas que manejaba el sector público, la mayor parte de las cuáles eran de una ineficiencia notable y aportaban a las finanzas públicas un déficit superior al 15% del PIB.

 

En cuanto estas reformas tuvieron sus primeros resultados tangibles se observa que la productividad de la mano de obra empieza a crecer con rapidez, proceso que se acelera conforme se amplía y profundiza la ruta reformista en el gobierno de Carlos Salinas, culminando con la firma del TLCAN.

 

Para 1994 la productividad de los trabajadores en el sector industrial está ya creciendo arriba del 8% anual. Por desgracia, la crisis de diciembre de ese año pone punto final al proceso reformista, lo que bien pronto se empezó a reflejar en un menor dinamismo en el rendimiento laboral.

 

Hoy tenemos aumentos mediocres de la productividad de la mano de obra, de entre 3% y 4%, que nos ponen en clara desventaja frente a los países que han hecho bien su tarea, como China, India y Chile, para citar sólo algunos, y aún con Estados Unidos cuya productividad laboral crece por encima de la nuestra, lo que es ilógico considerando la madurez relativa de ambas economías.

 

Lo anterior acredita la ingente necesidad de acelerar el paso en las indispensables reformas pendientes lo que, a mi juicio, será más factible en el gobierno de Felipe Calderón de lo que fue en el de Vicente Fox por tres razones:

 

1.      La opción populista sufrió un tremendo desprestigio desde que López Obrador reveló su verdadero talante golpista, antidemocrático y autoritario.

 

2.      Calderón tiene las prioridades claras y oficio político, virtudes que le permitirán formular un camino reformista coherente y persuasivo a nivel popular y construir las coaliciones necesarias en el Congreso.

 

3.      A diferencia de lo que ocurrió en el actual sexenio, hoy el PRI y sus legisladores tienen los incentivos para actuar constructivamente, sobre todo si el Presidente de la República se abstiene de enderezarles los tan reiterados como inútiles ataques que les hizo Fox.

 

Es urgente que México gane estas batallas pues de otra naturaleza seguirá en una ruta mediocre que le continuará cerrando oportunidades de crecimiento y progreso, lo que impedirá enfrentar exitosamente los grandes problemas nacionales.


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