MARTES, 7 DE NOVIEMBRE DE 2006
El consenso de la clase media

¿Usted considera un triunfo para México el acuerdo al que llegó con Estados Unidos para evitar la imposición de aranceles?
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“Incluso si la ausencia de gobierno realmente significara anarquía en un sentido negativo y desordenado, que está lejos de ser el caso, incluso entonces, ningún trastorno anárquico podría ser peor que la posición a la que el gobierno ha dirigido a la humanidad.”
Leon Tolstoy

Carlos Ramírez-Fuentes







“Fortalecer, a través de políticas públicas de calidad, al segmento de las clases medias es la única vacuna que han encontrado las democracias contra el virus del populismo.”


Un factor poco explorado en la literatura del desarrollo económico es el papel que juegan las clases medias en la prosperidad de las naciones. En sociedades con una alta densidad de ingresos medios, suelen crearse incentivos para que este segmento actúe como un bloque unido y sirva para estabilizar las demandas “clasistas”, sean éstas propuestas radicales de redistribución o instintos depredadores de las elites –políticas o económicas-, y por tanto, su rol resulta determinante para la creación de la infraestructura institucional que permite a las naciones crecer y desarrollarse.

 

William Easterly, el siempre inquieto economista del desarrollo, confirma con evidencia empírica que sociedades con una polarización excesiva –riqueza, capital humano, capital físico, étnica-, terminan por privilegiar políticas redistributivas, por encima de políticas detonantes de la riqueza. Por el contrario, sociedades más igualitarias suelen alcanzar consensos sobre el nivel óptimo de bienes públicos, lo que favorece alcanzar mayores niveles de capital humano.

 

Adicionalmente, las sociedades que carecen de una clase media por lo general tienden a observar elites depredadoras, que subinvierten en capital físico (infraestructura) y humano (educación  y salud) por el temor que representa el surgimiento de grupos suficientemente amplios que pongan en riesgo el status quo, lo que inevitablemente daña las posibilidades del crecimiento económico.

 

La historia económica latinoamericana se ajusta a la perfección a la evidencia de Easterly. La penosa distribución del ingreso que sufre América Latina, con la visible carencia de una clase media estable y poderosa, no sólo ha dañado seriamente la potencialidad económica de nuestra región (ver informe del Banco Mundial, “Círculos Virtuosos”), sino simultáneamente se ha convertido en la semilla ideal del populismo.

 

La inexistencia de una clase media favorece el surgimiento del populismo, al alentar que líderes políticos, habilidosos y sin escrúpulos, encuentren la veta ideal de su proyecto personal exacerbando la polarización, al situar los problemas del país como un simple –e ingenuo- concurso de clases, los pobres vs los ricos, los favorecidos vs los desfavorecidos, los de arriba vs los de abajo, dicotomía que suele tener eco en amplios segmentos de la población.

 

Muchas son las razones que explican la mala distribución del ingreso en nuestro país: bajos y desiguales niveles de capital humano, un sistema legal ineficiente y corrupto, elevados niveles de corrupción, limitado y desigual acceso a capital financiero, regulación excesiva y ventajosa para algunos grupos, inestabilidad macroeconómica etc. En general, un entorno poco propicio de libertad económica que inhibe al emprendedor y castiga al innovador, y, por el contrario, alienta al buscador de rentas.

 

No obstante, hay algunas señales de que el país, por primera vez en 40 años, está colocando los cimientos para la consolidación de una clase media estable y con voz. A pesar de todas las críticas vertidas en contra de la administración saliente, la realidad es que se lograron avances –insuficientes, pero no insignificantes- en la distribución del ingreso. Se han enumerado los avances que se lograron en materia de disminución de la pobreza, pero poca atención se ha puesto en la expansión  que observó la clase media y el efecto que ésta jugó en el resultado electoral del 2 del julio.

 

Según las Encuestas Ingreso-Gasto del 2000 y 2005, la clase media, identificada como la población ubicada entre el cuarto y octavo decíl de ingreso del país, pasó de tener 37.6% de la riqueza nacional, a tener 39.1%. Ello se logró a pesar del bajo nivel de crecimiento económico observado durante los últimos seis años.

 

La combinación de estabilidad macroeconómica –bajos niveles inflacionarios que permitieron una lenta, pero gradual recuperación del salario real, junto con los menores niveles de tasas de interés en una generación, lo que alentó la expansión del crédito-, los exitosos programas de vivienda y microcréditos, así como la menor carga regulatoria a nivel federal y en algunos estados, contribuyeron al crecimiento –modesto- de la clase media.

 

Bajo esta lógica no resulta del todo sorprendente, por tanto, el veto que observó el proyecto “alternativo de nación”, por un importante segmento de la población. La radicalización del discurso perredista, no la campaña del miedo, fue lo que llevó a millones de mexicanos a optar por seguir el camino reformista, uno que privilegia la construcción de un país más equitativo no desde la manipulación del blanco o negro, sino desde la trinchera de la moderación.

 

Felipe Calderón tiene que seguir en el camino de fortalecer, a través de políticas públicas de calidad, al segmento de las clases medias pues hasta ahora, es la única vacuna que han encontrado las democracias –imperfectas como son- para limitar y vetar los instintos populistas de los siempre presentes iluminados latinoamericanos. Seis años pueden hacer toda la diferencia.


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