Sólo para sus ojos
Sep 17, 2005
Juan Pablo Roiz

López y sus dinamiteros

López y sus dinamiteros son expertos en agitación y propaganda. Una de sus primeras tareas es la desinformación y uno de sus primeros objetivos es, precisamente, dinamitar las instituciones que le pueden dar confiabilidad a las elecciones de 2006.

Podría ser el atractivo nombre de una banda de música norteña o ranchera que amenice fiestas, quince años y bodas, pero en realidad es la mejor denominación que le podemos dar al equipo de campaña de Andrés Manuel López Obrador: Toda una banda especialista en agitación y propaganda que confía llevar al milagroso AMLO a vivir cual Alteza Serenísima en el semihundido y sufrido Palacio Nacional.

 

            Un análisis superficial nos indicaría que López se ha rodeado, en la conformación de sus llevadas y traídas “redes ciudadanas”, de un grupo de incompetentes; eso podríamos pensar al ver la trayectoria de Manuel Camacho Solís –quien desde que el dedo de Carlos Salinas de Gortari no le cumplió su anhelo ha deambulado a trancas y barrancas en la política mexicana- o la carrera del señor Federico Arreola, mal economista, peor periodista e inefable político que ha vivido de la explotación menesterosa de su condición de huérfano de Colosio. Pero no es así. Podrán ser fracasados –en el sentido tradicional del término: aquél que falla en lo que se propone– pero NO son incompetentes. Son personajes que ni mandados a hacer para los deseos de López. Son una garantía, para López, de que si no lo reconocen como triunfador indiscutible de las elecciones presidenciales del 2006 tendremos un gran escándalo, desgarramientos de vestiduras, plañideras y gritos estentóreos de “¡Fraude!, ¡fraude!”.

 

            Además la banda de López, en un sentido amplio, también la conforman varios simpatizantes externos bien incrustados en los medios de comunicación y para quienes la perspectiva de un escándalo alrededor de un presunto fraude cometido en contra de un ídolo de la presunta izquierda les hace salivar de gusto.

 

            López y sus dinamiteros son expertos muy competentes NO para gobernar, NO para conducir un partido político serio y democrático, NO para hacer propuestas sensatas para el país o NO para dirigir un periódico o un jardín de niños. Nada de eso. Son expertos en agitación y propaganda. Una de sus primeras tareas es la desinformación y uno de sus primeros objetivos es, precisamente, dinamitar las instituciones que le pueden dar confiabilidad a las elecciones de 2006.

 

            Desinformar: Primero hacen un tango porque, según ellos, el IFE les prohibió usar un número telefónico para recaudar aportaciones de los simpatizantes de López. Mentira: El IFE le indicó al señor Arreola que para cumplir con la ley las aportaciones no podían ser anónimas y tendrían que expedirse recibos foliados por ellas. Después hacen creer que “convencieron” a los malvados del IFE –a quienes Arreola, más susceptible que una adolescente quisquillosa en la edad de la punzada, llamó sin empacho “árbitros vendidos”- y que siempre sí tendrán su línea telefónica para recolectar dinero. Nueva mentira.

 

Camacho anunció que, a menos que los malvados del IFE lo impidieran alegando “legalismos”, el héroe López daría “el grito” patriótico en Los Ángeles, California, aclamado y acompañado por numerosísimos “paisanos” que ven en él –en López, por supuesto- al Mesías reencarnado. Después avisó que se cancelaba el viaje porque las opiniones que habían recabado del IFE les hicieron pensar que, otra vez esos malvados que se interponen entre el héroe de Macuspana y los anhelos de millones de mexicanos, objetarían  la legalidad de ese acto de campaña en el extranjero. Mentira. Cancelan el viaje por una razón más simple y terrenal: López carece de visa para entrar a Estados Unidos.

 

            El objetivo de minar la confianza en la ley y las instituciones está cuidadosamente calculado. Se diría que el sueño de estos paladines del travestismo político no es que López gane una elección democrática y competida, sino que sea elevado a los altares de una Presidencia omnímoda y autoritaria por aclamación unánime, mientras los escépticos y malquerientes (que creemos en monsergas tales como el Estado de Derecho, la fuerza de la ley, los derechos de las minorías, la libertad individual y la prioridad de la persona sobre el Estado), somos arrojados al infierno, donde sólo reinan el llanto y el crujir de dientes.

 

            No exagero. Más vale un aviso a tiempo.

 



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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