LUNES, 27 DE NOVIEMBRE DE 2006
La ineficiencia de los mercados en México

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“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


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“Si México quiere ser un país de primer nivel, entonces debemos empezar por dejar que los mercados funcionen libremente.”


¿Qué tienen en común bienes el azúcar, el gas natural, la gasolina, el diesel, la electricidad, el combustóleo, los productos petroquímicos, las comisiones bancarias y de las Afores, la leche Liconsa, el transporte público, las telecomunicaciones, la caña de azúcar, el maíz, la educación, los servicios médicos, el trabajo, la investigación científica, la ganadería, los árboles, la pesca y el agua? Que en la economía mexicana la formación de precios en los mercados de los bienes mencionados está distorsionada por la intervención intensa del gobierno, lo que es la causa de su mal funcionamiento.

 

Cómo queremos un azúcar barato (como está en los mercados internacionales) si los legisladores impusieron toda una serie de impuestos internos y aranceles para proteger a los ineficientes productores de este bien a costa de expoliar al consumidor. Cómo queremos comisiones bancarias bajas si la regulación gubernamental es costosa e implica fuertes barreras a la entrada de nuevos participantes y además el gobierno sigue siendo el principal prestatario de los recursos financieros de los bancos. Cómo queremos leche baja para todos los mexicanos si existen programas populistas como Liconsa que, además de distorsionar los precios, sólo beneficia a los productores de leche que le surten a este organismo, productores que además están protegidos de la competencia de productores externos de leche por aranceles impuestos también por el gobierno (más beneficiaria a los pobres y enriquecería a la economía en general terminar con este subsidio y dejar que los productores nacionales compitan libremente con los productores extranjeros-adelantarse a la liberación arancelaria del 2008- para ganarse al consumidor con precios bajos; se liberarían además recursos destinados al subsidio y se cancelaría la erogación que significa sostener a los poco más de 4 mil burócratas empleados en Liconsa y que podrían dedicarse a emplearse en mercados más productivos, lo que implicaría mayor formación de riqueza para la economía). Cómo queremos comisiones bajas y rendimientos de las Afores, si hasta hace poco sólo se les permitía adquirir para sus clientes bonos de deuda del gobierno, y últimamente a las Siefore no se les deja escoger libremente sus portafolios de inversión, sino sólo ciertos instrumentos privados indexados y escogidos por el gobierno. Cómo queremos que la economía mexicana forme el número de empleos necesario para la población si el gobierno se ha entrometido y obliga a las empresas a hacer pagos que no existen en otras partes del mundo (aguinaldo y reparto de utilidades), además de una serie de leyes que por la vía sindical estorban la contratación y el despido de trabajadores. Cómo queremos precios competitivos en bienes energéticos y petroquímicos si sólo el gobierno tiene el monopolio de producirlos y además año con año demanda recursos del contribuyente para mantener a la asfixiante burocracia que maneja a las paraestatales energéticas. Cómo queremos servicios médicos eficientes y a bajo costo para los usuarios si el gobierno obliga a las empresas a contratar única y exclusivamente los servicios de salud producidos por el Estado. Cómo queremos servicios de telecomunicaciones eficientes y baratos si el gobierno a incentivado mediante regulaciones complejas (y a veces mediante funcionarios capturados y comprados) un mercado con pocos participantes donde empresas como Telmex, Televisa y TV Azteca imponen las tarifas que quieren. Cómo queremos una educación e investigación eficiente si el gobierno se ha convertido en el principal oferente de estos bienes y si además los sindicatos y burócratas educativos (y los incrustados en organismos como CONACYT) chupan año con año gigantescas sumas de dinero para mantener sus privilegios. Cómo queremos suficiente oferta de agua si el gobierno la subsidia y sólo beneficia a los más ricos (que son los que más usan agua). Cómo queremos bienes agrícolas buenos y a precios competitivos si el gobierno distorsiona los precios por la vía del subsidio aciertos grupos de productores disfrazados de pobres. Cómo queremos una pesca y sector alimentario eficiente si ya el nuevo secretario del ramo del régimen calderonista está hablando de subsidios, y ”ayudas” a los productores de estos sectores; claro, a nuestros políticos les gusta ganar eficiencia no por la vía de la competencia sino a través del bolsillo del contribuyente. Cómo queremos un gobierno eficiente si se la pasa distorsionando los precios metiendo las narices en los mercados de bienes privados y expoliando el bolsillo de los contribuyentes.

 

Cuando los gobiernos no distorsionan los precios, entonces los mercados funcionan adecuadamente y emiten las señales e incentivos adecuados a los agentes económicos lo que garantiza que la asignación de los recursos escasos será la óptima. Un precio es una señal de qué tan escaso ó abundante es un bien. Así, si un bien es escaso (como lo es un diamante), su precio será alto. Obvio, a mayor escasez, mayor precio. Viceversa, cuando hay abundancia de un bien (como podría ser el agua), su precio puede ser relativamente bajo. Ojo, los precios no me dicen si un bien es más valioso que otro (es obvio que el agua es más importante para la supervivencia humana que un diamante), sólo me indican la disposición a pagar de los consumidores dada la oferta y la demanda de millones de compradores y vendedores en el mercado. Así las cosas, los precios constituyen una señal esencial para productores y consumidores sobre qué tanto cuidar los bienes escasos ó qué métodos productivos menos costosos adquirir para producir dichos bienes. Cuando los mercados funcionan libremente, los consumidores se acostumbran a ver alzas y bajas en los precios. Si los precios son bajos, entonces se benefician. Si los precios son altos, entonces el consumidor puede decidir, ó bien reducir su consumo, ó bien buscar bienes sustitutos. Sin querer, con esa conducta, el consumidor incentiva que los precios nuevamente bajen.

 

Recientemente el gobierno federal decidió subir el precio de algunos combustibles. La decisión es económicamente correcta, pues en los últimos meses el alza en el petróleo-insumo esencial para obtener otros energéticos- ha ocasionado que el costo de producir combustibles como la gasolina y el diesel suban. Esto implicaba que se estaba dando una especie de subsidio a los usuarios de gasolina y diesel, brecha presupuestal que además se agrandaba por que México importa aproximadamente el 30% de combustibles como el gas y gasolina. Pero, ¿Por qué esto molestó a los consumidores? Por dos razones. La primera es que el consumidor mexicano de combustibles no tiene forma de escaparse del alza, pues Pemex es el único y omnipresente monopolio que produce productos energéticos. La segunda, cuando los precios del petróleo bajan, el consumidor no ve ningún beneficio en su cartera, pues el monopolio de Pemex ya no ajusta sus precios a la baja, como si lo haría en un mercado libre. Ojo, precios altos del petróleo benefician al gobierno, no a los consumidores. Además los ajustes en los precios lo realizan burócratas no en el momento económico adecuado (como se haría en un mercado eficiente), sino en el momento político adecuado, lo que origina ajustes abruptos que molestan y hacen desconfiar a los consumidores.

 

Es el mecanismo de precios el que, cuando funciona eficientemente, constituye la mano invisible que ya el gran economista liberal Adam Smith, vislumbró como el sistema que coordinaba a millones de personas que, sin conocerse, diariamente realizan transacciones en los mercados.

 

En México debemos entender que sólo el funcionamiento adecuado de los precios hará que los mercados funcionen adecuadamente. La intervención gubernamental sólo acaba empeorando la asignación de los recursos. No se confunda amigo lector. No se deje llevar por rollo de políticos ignorantes. La ineficiencia de los mercados arriba señalados no es culpa del “capitalismo salvaje”, ó del “neoliberalismo”, ó de la “globalización”, ó del “imperialismo yanqui” y tonterías como esas que a los políticos mexicanos les gusta repetir como pericos. Sólo son pretextos para revivir al viejo modelo estatista que tanto ha costado a México y que aún no se acaba de extirpar. No, la causa de que los mercados no funcionen bien es la intromisión del gobierno en los millones de decisiones que diariamente tomamos los consumidores por la vía de los precios.

 

Son los precios formados libremente los que coordinan de manera eficiente a los millones de consumidores. Este mecanismo siempre será superior a los precios que arbitrariamente fije un burócrata. Esta lección ya nos la dieron gigantes como Milton Friedman, Friedrich Hayek y Von Mises. Ojalá no la olvidemos. Si fuera cierto que el gobierno debe intervenir todos los mercados, entonces el socialismo no se habría derrumbado y sería hoy el sistema económico que generaría más riqueza. Si México quiere ser un país de primer nivel, entonces debemos empezar por dejar que los mercados funcionen libremente. No hacerlo, implicará mercados deficientes que asignan mal los recursos escasos y por supuesto, millones de consumidores y contribuyentes más pobres a costa de pequeños grupos de productores enriquecidos.


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