Sólo para sus ojos
Ene 16, 2007
Juan Pablo Roiz

Estoy extrañando a Vicente Fox

Vicente Fox, que yo recuerde, nunca ordenó a sus secretarios de Estado que evitaran que el precio de un bien subiese o bajase. Tampoco recuerdo que Fox haya dicho esa sonsera de que México es más latinoamericano que norteamericano.

Para variar, voy a ser políticamente incorrecto y diré que he echado en falta, en estas primeras semanas de gobierno de Felipe Calderón, a su antecesor, Vicente Fox.

 

No extraño las gracejadas en público, ni las equivocaciones y excesos verbales. Tampoco extraño las pesadas, abrumadoras y molestas, intromisiones de doña Marta, ni la verborrea jesuítica del vocero Aguilar. No, por favor, no me malentiendan. Extraño al silvestre demócrata espontáneo que era Vicente Fox porque estoy encontrando a Felipe Calderón -¿quién lo diría?- pesadito, solemne, retórico, con aromas y modos del rancio PRI, con ciertos reflejos de “típico político mexicano” que lo mismo hace fe de latino-americanismo vacuo, que se lanza a decir que los precios del maíz y de la tortilla los estabilizará a voluntad.

 

Esos dos ejemplos –el del voluntarismo maicero y el del sueño bolivariano, desempolvado tras sacarlo del arcón de las nostalgias- me acabaron de abrir los ojos: No me gusta, hasta ahora, el estilo calderoniano de gobernar.

 

Sí, ya se. Me van a decir que es parte del oficio político, que hay que tragar algunos sapitos, que hay que soltar algunas mentirillas políticamente correctas para no alborotar al gallinero, que hay que complacer a la vieja clase política –a los Manlios, a los Gamboas, a los Jackson, a las Paredes, a las Gordillos- y a los periodistas avezados, y a los negociantes enchufados, que se formaron como soldaditos del PRI y a quienes siempre se les atravesó Fox, ese impertinente sincerote y un tanto atrabancado que –según las capacidades de su saber y de su entender- se la jugó por la democracia y por superar, de una vez por todas, esa  parafernalia solemne, soberbia, leve o desdeñosamente autoritaria, del “Señor Presidente” infalible e intocable.

 

De acuerdo, Calderón aprendió de los errores de Fox mucho de lo que NO se debe hacer, pero ese inevitable deslinde respecto del antecesor, esa ruptura con el pasado inmediato, nos está arrojando –cada vez con mayor frecuencia- a un panista tricolor en la Presidencia, con alguna agravante añadida que  alarma, como esa de un Secretario de Salud tan confesional, tan ortodoxamente católico en público, que amenaza con entrometerse en la personalísima e inalienable conciencia de cada cual.

 

No es cierto que seamos, aunque ofenda nuestras creencias supersticiosas y mágicas, más latinoamericanos que norteamericanos; esa es retórica añeja para consumo popular, que no se compadece con la realidad concreta y cotidiana de nuestra inexorable integración en y con Norteamérica. Como dijo muy bien Luis González de Alba: la gente en México huye hacia el Norte en busca de mejor suerte y trabajo, nunca –que se sepa- sueña con asentarse en el Sur bolivariano.

 

Tampoco es razonable que el Presidente –en pleno siglo XXI y cuando se supone que ya aprendimos dolorosamente los males que causa el voluntarismo populista- “ordene” a sus empleados, que son los Secretarios de Estado, que bajen tal precio o suban tal otro, a voluntad.

 

¿Nadie le informó al Presidente que detrás del alza en los precios del maíz hay fenómenos específicos de mercado, oferta y demanda, para los cuales no hay otra respuesta que volvernos más productivos y menos retóricos?

 

¿Ya calculó Calderón, al hacer su profesión de fe latinoamericanista, la contundente integración, para bien o para mal, de la economía mexicana con la de Estados Unidos?, ¿estimó, antes de echarle un lazo al impresentable Daniel Ortega, que los mexicanos en Estados Unidos ya suman más que todos los mexicanos en la Ciudad de México?

 

Otras cositas incómodas van desde el abrazo reverente –como si fuese la esencia de la patria– al águila del escudo nacional que diseñó el PRI de los años sesenta (el autor original del águila “completa”, dicen mis fuentes, fue el arquitecto Pedro Moctezuma) con tal de tirar a la basura apresuradamente el águila estilizada y moderna (cuestión de gustos, dirán), hasta la vuelta a la fotografía oficial del Señor Presidente –a colgarse en toda oficina gubernamental de cierto nivel- solemne, acartonada, con mirada de estatua vaciada en bronce. Pasando, también, por la desagradecida indiferencia (o secreta complacencia) con la que el gobierno calderoniano ha dejado que la jauría de los resentidos se cebe en contra del buen nombre del mejor Secretario de Hacienda que hemos tenido en el México moderno.

 

Uno de los tantos yerros de Fox, por ejemplo, fue conservar esos dos restos del uniformismo priísta que son la Hora Nacional y la agencia Notimex. Por ahora, ni soñar que Calderón se deshaga de esos vestigios de la unanimidad por decreto.

 

Ojalá me equivoque. Ojalá lo que yo veo como recargadas pinceladas del más rancio y solemne PRI de antaño sean meras ilusiones ópticas de un provinciano despistado, como yo, que ya necesita anteojos. De veras. Ojalá.

• Populismo


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