LUNES, 29 DE ENERO DE 2007
Sobran “buenos”, faltan “egoístas” en competencia

A un año del comienzo del gobierno de López Obrador, usted cree que hemos mejorado en...
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“A veces pienso que deberíamos tener menos gente oficialmente “buena” y más gente sanamente egoísta que haga su trabajo buscando su propio beneficio.”


Uno de los objetivos más importantes en mi vida es ganar dinero. No voy a decir que el objeto de mis desvelos es el bienestar de México o del mundo. Supongo que ya hay tantos preocupados y ocupados en las nobles tareas de terminar con la pobreza en África y en Oaxaca, salvar al planeta del calentamiento global, rescatar o terminar de matar al PRI y otras encomiendas igualmente altruistas y nobles, que algunos cuantos, como yo, podemos dedicarnos a las rupestres tareas de ganarnos la vida, preocuparnos de nuestra familia y ver por nuestro bienestar material y espiritual.

 

A veces pienso que deberíamos tener menos gente oficialmente “buena” –los periódicos, los noticiarios de televisión, el Congreso, las oficinas de gobierno y hasta las salas de consejo de muchas corporaciones privadas parecen estar repletas de ese tipo de gente- y más gente sanamente egoísta que haga su trabajo buscando su propio beneficio y de paso resuelva la mayor parte de nuestras necesidades y de nuestros problemas, en un marco de leyes iguales para todos, que proteja con eficacia los derechos de propiedad de cada cual.

 

El otro día, que visité a un buen amigo que vive en la Ciudad de México, lo volví a descubrir cuando leí un vistoso anuncio a la entrada de un supermercado: Tortilla de maíz, a $3.90 pesos el kilo (Supermercado “Chedraui”). Algún despistado podría pensar que los dueños de ese comercio de pronto se habían convertido en benefactores de la humanidad –una mezcla entre Bono y el senador Ricardo Monreal– y a despecho de la despiadada ley de la oferta y de la demanda estaban literalmente regalando las tortillas. Por lo menos, le comenté a mi amigo (que me escuchaba con paciencia), estos tipos no han leído los periódicos: El precio semi-oficial de la tortilla es de $8.50 pesos el kilo y es sabido –para toda gente medianamente informada que atiende los oráculos de López Dóriga, Alatorre, Loret de Mola y demás- que de hecho la tortilla alcanza precios tan estratosféricos como de $15 pesos el kilo en algunos lugares del país.

 

(Nota: Todo esto lo dije porque desde mi centro de operaciones, Apizaco, Tlaxcala, México, donde el precio de la tortilla por cierto está en $6 pesos el kilo en la tortillería “El Progreso” en Juárez 907, me precio de estar conectado con el mundo entero y al tanto de lo que nos dicen esos dechados de sabiduría que mencioné).

 

Terminada mi perorata, mi amigo sonrió y se limitó a citar nada menos que a Adam Smith para refutarme: “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de la que espero obtener mi beneficio, sino de que cada uno de ellos busque su propio interés”. Y añadió, cáustico: “Deberías leer más a Adam Smith y apagar de vez en cuando el radio y la televisión”.

 

No, los dueños de ese supermercado no se han convertido en filántropos de la tortilla, ni dedujeron –tras una lectura fervorosa del “Popol Vuh”-, que la salvación de su alma inmortal dependía de vender barato ese alimento tan venerado por la ancestral cultura de los mexicanos. Nada de eso. Los señores están en lo que se supone que deben estar: Haciendo su negocio y ganando dinero. Lo más probable es que, ajustando costos aquí y allá (productividad), apretándole tuercas a los proveedores, estén vendiendo al costo (“su costo”, el que paga el supermercado) el kilo de tortilla y, a cambio de esa estrategia más o menos audaz, están ganando clientes, participación en el mercado.

 

Esa es la “mano invisible” de la que hablaba Adam Smith. La gente normal –no esos dechados de desprendimiento y generosidad que son los personajes políticos y los funcionarios públicos- busca su propio bienestar. Como necesita de los demás para lograrlo, suele buscar la mejor forma de satisfacer las necesidades y deseos de los demás –sus clientes- para por ese medio enriquecerse o, cuando menos, sacar para vivir honradamente.

 

Por supuesto, la gente puede optar por otros caminos disponibles para enriquecerse. Y muchas veces lo hace. Por ejemplo, presionar a los políticos y al gobierno para que les otorguen privilegios: barreras arancelarias que impidan la entrada a productos o servicios que compitan con los que ellos venden, tratos tributarios especiales argumentando sentidas y lacrimosas razones de “interés nacional” o popular o cultural o moral y muchos otros caminos…

 

La mayoría de estos caminos alternos al libre mercado y a la competencia pareja, salvo aquellos abiertamente delictivos, se escudan en lacrimosos, cursis, tiernos, grandilocuentes, políticamente correctos, apocalípticos alegatos.

 

Ejemplos:

 

“Proteger a los productores –o a los consumidores- de maíz es un asunto de seguridad nacional; no podemos dejar librado este asunto de vida o muerte a las impersonales y despiadadas fuerzas del mercado”

 

“Los refrescos forman parte de la dieta diaria de las familias pobres. No podemos permitir que ese precioso producto sea gravado con algún impuesto”

 

“Hay que apoyar con recursos del Estado al cine nacional; la soberanía está en riesgo si permitimos que nos sigan avasallando las producciones de Hollywood”.

 

“Los funcionarios públicos no trabajan para enriquecerse sino para servir a la Nación viviendo en la honesta medianía”

 

“El transporte terrestre es uno de los pilares del desarrollo de México. Tenemos que protegerlo de la competencia desleal, apoyarlo con tasas impositivas preferenciales, darle subsidios para que se fortalezca”

 

Tan valiosos resultan estos alegatos, en la arena política de dádivas y prebendas, que gran parte de los medios de comunicación han encontrado que su camino para enriquecerse es, justamente, proporcionar, alentar y difundir estos alegatos como si fuesen la verdad revelada. Están en el negocio de proporcionar las justificaciones para que los cazadores de rentas se apropien de los recursos de consumidores y contribuyentes. Ellos mismos, como es obvio, son también ávidos cazadores de rentas que no les corresponden.

 

Cada vez que se elijen estos caminos alternos a la libre competencia –para que alguien se enriquezca, pero eso sí “con lágrimas en los ojos y con la mano en el corazón”- los consumidores perdemos y los contribuyentes también.

 

Cada vez que alguien elije –y lo dejan, ¡por Dios!- competir para beneficiarse en una cancha pareja de juego, los demás también nos beneficiamos.

 

Por eso, ojalá cada vez hubiese menos personajes oficial y oficiosamente “buenos” y cada vez hubiese más gente honradamente egoísta dispuesta a competir. Ojalá tuviésemos más cerveceros, panaderos y carniceros inteligentemente egoístas hoy compitiendo. Nos iría mejor a todos.

• Liberalismo • Tortilla • Libertad económica

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