JUEVES, 1 DE MARZO DE 2007
El fin de una época

El PIB en todo 2019 se contrajo -0.1%. Dado que la política económica de este gobierno no cambiará, ¿cuál es su pronóstico para 2020?
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“Hay seres tan raros, especiales y verdaderamente irrepetibles, que no puede haber más que uno. Aquellos que personalizan una época y se la llevan consigo son muy pocos. Tan pocos, que sólo he conocido a uno. Se fue ayer.”


Hay personas que pasan por el mundo y no se notan. Hay otras que dejan una huella muy honda. Otras simbolizan una época.

 

De una u otra manera, para bien o para no tan bien, todos somos diferentes, únicos e irrepetibles; pero como todo en esta viña del señor, hay unos más irrepetibles que otros. Hay personas especialísimas y singulares a tal nivel, que son singulares unitarios: no hay más que uno. Los hay que son, literalmente, one of a kind.

 

Hay quien no pertenece al siglo en que nació, sino a uno o hasta dos anteriores; pero sin embargo, vivió ese siglo entero: cuando vino al mundo, Einstein trabajaba en un escritorio; la entrevista Díaz-Creelman estaba fresca en la tinta y era noticia reciente; cuatro años antes del naufragio del Titanic; seis y medio antes de que se encendiera en Europa el fuego asesino de la Gran Guerra.

 

Vio ese singular personaje el siglo XX entero, pleno como ningún otro de su generación, desde la atalaya social en que nació y que le permitió ser su insignia a los más altos niveles. Casi lo cargó en brazos en el Castillo de Chapultepec un cercano amigo de la familia —el presidente Madero—; luchó clandestinamente por la libertad religiosa, peleó a cielo abierto por la autonomía universitaria, y fue educado férreamente en la ciencia positiva por uno de sus más señeros representantes. La frialdad del conocimiento científico y el rigor objetivo, cartesiano, irrefutable de la razón, fue su más duradera influencia en sus 36,112 días de vida.

 

Su formación le hizo ver como valor absoluto a la permanencia; la tradición escolástica enseñaba que la perfección reside en lo inmutable. Y eso, aprendido de su maestro en aquellos años mozos, le quedó fundido en acero sobre placas de granito. No había necesidad alguna de cambiarlo; ¿para qué? Los valores universales son eso: universales; las verdades aprendidas por algo fueron aprendidas, y tan bien aprendidas, que su lugar no puede ser reemplazado.

 

¿Es frío eso? Desde luego; y claro que el granito es rígido, tanto que se puede quebrar pero jamás doblar. Y quebrarse es lo que ocurre y llega a ocurrir cuando el frágil cuerpo (víctima de un enemigo implacable, el tiempo) pasa factura y vence a todo esfuerzo, ingente y sobrehumano, por seguir vivo y manteniendo vigente aquél aprendizaje en un repositorio finito, corporal, hecho de células quebradizas e irreemplazables.

 

Sin embargo el cuerpo, víctima final y fatal de ese rival, es dominado temporalmente por la mente y la razón; en el cerebro, dicen algunos (no sé si sea cierto) anida la mente. Pero el cerebro es material y corporal, perecedero órgano sujeto a las leyes de la física y de la duración, por más que se instale sobre un cuerpo privilegiado en su salud perfecta, en su complexión delgada pero atlética, en su buena facha; porque este personaje fue bien parecido, elegante como pocos en sus tiempos mozos, y atento como nadie a las formas, a la etiqueta, a los modales finos, al trato social preciso. Y a las jerarquías, obviamente; consciente de un papel social que se sabía superior por haber nacido en la crème de la crème de su tiempo y circunstancia.

 

Pocos habrá habido, en todos los sentidos, tan privilegiados, desde este lado del Río Bravo y hasta más allá de los Cuchumatanes, en la amada Guatemala de la mitad de su linaje; pocos tan favoritos por la fortuna material, la fortuna económica, la fortuna corporal, la fortuna estética, la fortuna intelectual, la fortuna de su consciencia sobre sus ancestros y raíces antiguas a las que siempre, como buen supérstite de siglos idos, acudió para afirmar lo especial de su condición.

 

Claro que era especial. Único tras ser concebido con tanto trabajo, que lo llamaron literalmente “regalo de Dios” y no tuvo hermanos. Único hijo, casi único sobrino, único ahijado. Claro que fue único. Y privilegiado como nadie más.

 

Y viajado también, aunque sólo le gustó frecuentar la otra mitad de su estirpe: la vieja Europa de sus ancestros y sus querencias, con sede biológica en Bélgica, corazón en España e intelecto en París, cuya lengua musical aprendió con el castellano, y que hablaba mejor aún. No menos de treinta veces cruzó ese gran charco, la primera a los cuatro años. Prefería el mar abierto antes que los dominios para él incomprensibles e injustificables del Tío Sam, depredador de nuestras tierras y riquezas. Y acaso también por su antipatía a la potencia del norte y por su cercanía con patriotas activos que sufrieron cárcel por andar en la política no triunfadora, fue mexicano hasta las cachas.

 

Mexicano, mexicanísimo al estilo de los enormes patriotas conservadores, vituperados por la historia que escribieron sus vencedores; enemigo jurado de la masonería y admirador ferviente de hombres grandísimos como Cortés y Miramón; partidario ferviente del Primer Imperio de Iturbide y del Segundo Imperio, aunque muy crítico del exacerbado liberalismo de Maximiliano; admirador prudente de Porfirio Díaz. Antirrevolucionario y antijuarista, queda de más decirlo; y jamás pragmático ni convenenciero, ni práctico tampoco. Sus lealtades siempre militaron en el bando equivocado, y se sentía mucho más cómodo cabalgando a contrapelo. Y a la usanza charra, por más que sus amigos prefirieran el albardón.

 

Con el andar del tiempo, la rigidez de sus prácticas y educación fueron haciendo mella; pero jamás, ni en los extremos cercanísimos y visibles de la prueba definitiva, se apartó un milímetro de su ética aprendida con su antiguo maestro, ni de sus creencias profundas, ni de su catolicismo devocional, ni de aversión a todo dictado de la moda vestuaria, la moda intelectual o la moda política; no importaba que el mundo abandonara la chistera, el bombín y las polainas. Su época seguía viva, y si los demás lo criticaban, tanto peor para ellos. La opinión pública carece de importancia para quien navega al estilo de los salmones.

 

De su maestro no aprendió las buenas artes y ciencias de la empresa, la inversión, las ventas y los negocios, que sí practicó a cabalidad el hijo de ese antiguo mentor, un hombre moderno que admiraba los Estados Unidos, entrañable con sus nietos y competente en sus empeños financieros. Ese empresario lo prohijó y atendió, pero los gustos de su entenado corrían por otros cauces, siguiendo los afluentes del pasado: los datos históricos, las familias y dinastías, las artes plásticas, la ópera; la pintura francesa de la corte de los Luises, especialmente. De haber reencarnación, allí vivió antes.

 

Finalmente, quien vive en tan altas soledades acaba consiguiendo una gran soledad, sobre todo si es más longevo que sus amigos y no sabe carburar los vientos que trae con frescura el tiempo nuevo y que impone con inclemencia la realidad real. Y a pesar del aferramiento a la vida, de la práctica de una gran disciplina de congruencia con lo que se cree y se piensa, y del dominio espartano de su gran enemigo declarado –el cuerpo— con una fuerza de voluntad digna de mejor causa, el desenlace de la guerra acaba contradiciendo las mil y una batallas ganadas. Triunfa inexorablemente el tiempo, con su aliada inmisericorde: la muerte.

 

Una pérdida así invita a manifestar las más rotundas expresiones. El agradecimiento, la primera de ellas: la presencia cercana de quien mantiene a cabalidad y a consciencia un estamento moral riguroso, ofrece materia prima para formar un criterio propio de gran solidez ética, que invita a sentir un amor profundo pero difícil de comprender y de expresar.  El perdón, también; irremediablemente un ser así no queda a salvo de haber provocado daños, chicos y grandes. Pero sólo el perdón abre el camino a la paz, y al futuro.

 

Al ceder así uno de sus mejores representantes se cierra una parte del pasado, un ciclo; desaparece el último de los mejicanos aquellos, y una era de grandeza y de vivos valores que para muchos ya no existen. Se va un ser difícil incluso para sí mismo, que sufrió como estoico el dolor de una voluntad aplicada a empeños que no valían tal esfuerzo; hace mutis para siempre una manifestación viva de la más racionalista tradición; un ser con una personalidad tan inconcebible que podemos declarar que jamás se repetirá. Una presencia viva de algo que –quizá para pérdida del mundo— ya no vive.

 

Hay seres tan raros, especiales y verdaderamente irrepetibles, que no puede haber más que uno. Aquellos que personalizan una época y se la llevan consigo son muy pocos. Tan pocos, que sólo he conocido a uno. Se fue ayer.


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