Nostalgia del porvenir
Mar 16, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (I). Otra historia

Maximiliano y Juárez, y cuanto significan y simbolizan, parecen marcar el pulso diario de la patria y el camino sin fin de sus resentimientos

Maximiliano y Juárez, y cuanto significan y simbolizan, parecen marcar el pulso diario de la patria y el camino sin fin de sus resentimientos. Pocos ayudarán tan poderosamente a entender ese fenómeno de la historia de México como don Armando Fuentes Aguirre, el cotidianamente indispensable Catón.

 

Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño (Diana, 2006) recuerda cómo la historia de México es viaje perpetuo y redondo entre extremos y contradicciones: fanáticos acusando a intolerantes de ser buenos y de ser pésimos en grado tan puro, que no es posible acuerdo alguno. La extrema perversidad ajena excluye toda legitimidad a la existencia del otro.

 

No es muy exagerada esa caracterización de maniquea caricatura. Ya entrado el siglo XXI sigue concitando adeptos quien manda a “nuestros adversarios” al basurero de la historia y cree que todo acuerdo o autocrítica es traición. Hay partidos cuyos legisladores sólo a ellos representan, bien encaminados y dispuestos a desperdiciar otro sexenio y otra legislatura antes que poner a México encima de sus cortas miras, llegar a acuerdos con sus oponentes y desembolsar lo último admisible: un costo político.

 

La antigua y autodestructiva psique del mexicano fue horneada a medias en una independencia prematura, impuesta a un pueblo que no estaba listo para gobernarse solo. México nació a su independencia con el pie izquierdo; y además, cojo. (No dice eso Catón sino yo.) Es forzosa tal conclusión si una nación que venía de un siglo de oro en que fue indiscutiblemente la más rica y culta de América, se enfrasca en 11 años de guerra civil antes de independizarse en 1821 y logra perder medio territorio en apenas 27 años más; y accedió a tanto, en parte, para evitar que siguiera ondeando para siempre la bandera gringa en el Palacio Nacional. Todo a cambio de arruinarse mientras el resto del mundo crecía, se enriquecía e industrializaba, en un siglo de inmenso progreso.

 

El México del XIX se debatió de dictadura en dictadura (Santa Anna, Juárez, Díaz), de cuartelazo a asonada a golpe de estado, de guerra a guerra, de invasión a invasión, de discordias sin fin entre patriotas que se enviaban mutuamente al basurero de la historia, al cementerio o al camposanto y estaban convencidos de que, haciéndolo, salvaban a la patria. Pero el ganón fue y sigue siendo Estados Unidos.

 

En su largo relato muestra Catón a pasto, y en ambos bandos, historias notables, cartas magníficas, heroísmos y sacrificios, gente grande y valiosísima que perdió su existencia y posibilidades para salvar un México en que ganaron los traidores, los dictadores y los demagogos. Nada de nuevo; México reestrena esa película todos los días en sus editoriales, en las cámaras legislativas, en sus políticos, en sus partidos, en sus estados de ánimo.

 

Nuestra clase política y periodística fusila diariamente a Miramón y a Maximiliano y cotidianamente se santigua con la efigie de bronce de Benito Juárez mientras echa lodo a los enemigos que no acaban de morirse y quedar enterrados en la Rotonda de los Traidores Inmundos. El pasado resucita día a día, y pocos han entendido como Catón que la historia no es un relato sino un testimonio de nuestra alma más profunda; que si no conocemos, seguiremos clausurando nuestro futuro.

 

El tema es interminable y lo iré tratando en una miniserie. Vale la pena; es una magnífica inversión de tiempo leer despacio las 714 páginas de este best seller de un hijo predilecto de Saltillo.

 

 



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