Nostalgia del porvenir
Abr 9, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (4): De rodillas ante los gringos

Es la historia olvidada de México, la que más se acerca a la verdad de lo que sucedía en aquellos olvidados días, protagonizado por patriotas también olvidados, a quienes repugnaba la manera como Juárez se arrodillaba ante “nuestro constante enemigo”, que resultó el más ganancioso de nuestras interminables querellas en el siglo XIX

Benito Juárez vendió por un plato de lentejas la soberanía nacional a Estados Unidos en diciembre de 1859. Con anuencia suya, su ministro Melchor Ocampo firmó con el embajador Robert McLane un infame tratado que inmortaliza en el lodo sus apellidos.

 

El Tratado McLane-Ocampo cedía a perpetuidad a Estados Unidos tres franjas de territorio: de Guaymas a Nogales (Arizona); de Mazatlán hasta Matamoros en el Golfo de México, pasando por Monterrey; y a través del istmo de Tehuantepec.

 

México partía su territorio sin siquiera derecho a cobrar peaje a tropas y transportes gringos, además de que se obligaba a construir puertos y almacenes, y hasta a cuidar con tropas. Todo a cambio de 4 millones de dólares de los que sólo la mitad darían en efectivo al gobierno de Juárez. Y reconocían diplomáticamente su presidencia.

 

Pone los pelos de punta imaginarnos a México si el senado del país del norte no hubiera estado a punto de una guerra civil, y hubiese ratificado ese tratado, que nos ponía de rodillas ante ellos. ¿Cómo sería México hoy? ¿Existiría, o de plano ya nos habrían engullido?

 

Más bien lo último. Los liberales que se hacían llamar “puros” (Juárez, Degollado, Ocampo, etcétera) querían llevar adelante sus ideas aunque se perdiera el país. Se parecían a los radicales marxistas del siglo XX, que obedecían consignas soviéticas y poco les importaba poner la soberanía nacional a merced de una potencia extranjera, con tal de dar vigencia a sus ideales de dictadura del proletariado. (Y llegar al poder.)

 

Estableció así Juárez una non sancta alianza con sus patrones del norte, que resultaron más intervencionistas de lo que jamás fueron los conservadores, incluyendo entre ellos al emperador Maximiliano con sus dudosos (y finalmente, traicioneros) aliados franceses. Juárez se puso, literalmente, de rodillas ante Estados Unidos.

 

El paciente lector de Catón aprende paso a paso cómo se fue quedando México a merced de dicha potencia. Su invasión militar a Matamoros en 1867 motivó a un general republicano, Hermenegildo Carrillo, a denunciar cómo las fuerzas a las que había servido (las republicanas) habían permitido tal traición:

 

“Los hombres a quienes creíamos acérrimos defensores de nuestras libertades, guardianes de nuestros intereses y de la integridad del territorio, han llamado a los enemigos en su apoyo… Ya sabéis que el pabellón de las estrellas ha ondeado en ese puerto [Matamoros]… Quieren la extinción de nuestra raza para luego apoderarse de nuestra patria. El Norte, nuestro constante enemigo, desea bajo cualquier pretexto penetrar en ella para no abandonarla jamás… Habiendo cesado la intervención extranjera, ha concluido la causa que nos separó del gobierno imperial. Nuestro deber nos llama hoy alrededor de la bandera que ha empuñado Su Majestad el Emperador, que es la que sostiene la independencia.”

 

Es la historia olvidada de México, la que más se acerca a la verdad de lo que sucedía en aquellos olvidados días, protagonizado por patriotas también olvidados, a quienes repugnaba la manera como Juárez se arrodillaba ante “nuestro constante enemigo”, que resultó el más ganancioso de nuestras interminables querellas en el siglo XIX.

 



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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