Ideas al vuelo
May 14, 2007
Ricardo Medina

Productividad: “Échale la culpa a la idiosincrasia”

¿Para qué seguimos discutiendo sobre la incompetencia de muchas empresas mexicanas? Ya tenemos la respuesta: Es una condición fatal –dice un ilustre industrial del calzado- producto de la idiosincrasia del mexicano ¡al que no le gusta trabajar! Pobrecitos empresarios, ¿y así quieren que compitan en un mundo global?

El pavor que muchos negociantes mexicanos le tienen a la libre competencia daría para escribir una antología de pretextos disparatados para justificar la incompetencia, el despojo a los consumidores, la protección y el apapacho gubernamental hacia las “empresas nacionales” y hasta el fatalismo sobre la condición del “trabajador mexicano” como un ser holgazán incapacitado genética o racialmente para la productividad.

 

Cualquier pretexto es bueno para oponerse a la competencia global: Los costos de los insumos, los impuestos, los derechos adquiridos históricamente sobre un territorio (como si se tratase de un coto de caza restringido a una manada específica de predadores) y hasta “la idiosincrasia del mexicano” que, por ejemplo, según dice nada menos que el Presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Calzado, Guillermo Márquez, detesta el trabajo. En sus propias palabras –entrecomilladas por el periódico “Reforma” del sábado pasado, página 17- “No es lo mismo la idiosincrasia de la gente que quiere trabajar a la del mexicano que ve el trabajo como un castigo y no como una labor que enaltece”.

 

Supongo que el señor Márquez explicará que millones de trabajadores mexicanos son altamente productivos en Estados Unidos porque, al cruzar la frontera, sufrieron una maravillosa y súbita transformación genética, racial o cultural que los despojó de esa lamentable “idiosincrasia” holgazana. Supongo, también, que el señor Márquez dirá que cientos de miles de trabajadores mexicanos en México –en industrias competitivas internacionalmente, como ensambladoras de automóviles, de computadoras, de aparatos electrodomésticos, en agroindustrias que exportan tomate, espárragos, pepinos y varios cultivos más, por mencionar unos cuantos casos- perdieron su holgazana idiosincrasia mediante algún artilugio misterioso que aplican los dueños de esas empresas a sus trabajadores: ¿lavado cerebral?, ¿transplante de órganos?, ¿terapia de electrochoques?

 

El catálogo de excusas para la incompetencia –incluido el agravio a los propios trabajadores- funciona como “argumento” para pedir al gobierno protección y apapachos; para exigir –en realidad- que nadie toque su territorio exclusivo de caza.

 

Mañana: Un recuento de lo que exigen los predadores territoriales.



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Una tendencia lamentable en el desarrollo de la ciencia económica en las últimas décadas ha sido el considerar al Estado y no al emprendedor como el actor principal del proceso económico.

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